Un acontecimiento como el mundial de fútbol permite hacer gran variedad de lecturas. Algunos de esos nuevos enfoques son en realidad pequeños cambios en la forma de ver las cosas. Hay opiniones que, andando el tiempo, llegan a promover un verdadero cambio de paradigma.

Me gusta prestar atención a este tipo de nimiedades. Un cambio de tendencia que pasa inadvertido puede convertirse en todo un fenómeno revolucionario en el futuro. El efecto mariposa, parece que le llaman.

La semana pasada me encontraba visionando un partido del mundial del que ahora no voy a hacer memoria por no venir a cuento, cuando uno de los jugadores cayó lesionado fuera del terreno de juego. El otro equipo siguió jugando y el público acogió la acción con una estruendosa pita. Llegado un momento los jugadores pararon, con el balón a los pies, y miraron al árbitro. Éste evidenció con un gesto que el juego debía proseguir.

Se estableció una breve discusión entre dos de los comentaristas, Julio Salinas y Andrés Montes, sobre si los cánones de la deportividad exigían enviar la pelota fuera.

Julio Salinas matizó que no era preciso enviar el balón fuera de los límites del terreno de juego puesto que el jugador ya se encontraba fuera del campo y podía ser atendido.

Andrés Montes fue un bárbaro. No compartía esta visión de echar la pelota a la banda, alegando que si un equipo quedaba con diez jugadores tenía que asumir esa circunstancia. Dijo literalmente: “hay que acabar con esas prácticas” refiriéndose a la actitud deportiva. No explicó los motivos de este parecer, pero parecía como si le preocupase más el espectáculo y el juego.

Salinas trató de explicar que lanzando el balón fuera se permitía que las asistencias atendieran al jugador lesionado, ya que podría tratarse de un percance grave.

Y efectivamente, no sólo pueden ocurrir lesiones musculares, ni tampoco producirse éstas únicamente como consecuencia de un golpe. Bien puede tratarse de una lesión medular, cerebral, cardiaca…

Andrés Montes se obstinó en defender su planteamiento.

Me parece grave, muy grave, que el señor Montes, un locutor que arrastra cierto prestigio, dijera por televisión que había que acabar con esas prácticas de deportividad. El ejemplo que ha dado a la juventud es pésimo, muy pésimo. Desconozco si en posteriores retransmisiones el señor Montes, tras haber meditado, ha sabido rectificar —lo que volvería a elevarle un tanto en mi estima particular.

Este asunto me ha llevado a hacer una reflexión personal. Lo que Julio Salinas no atinó a decir es que en el caso de haber un jugador tendido en el suelo dentro del terreno de juego, echar el balón fuera para que pueda ser atendido es cuestión de HUMANIDAD; mi estimado Julio, con el que comparto patria chica, confundió deportividad con humanidad. Estos conceptos se han mezclado en algún punto de la historia reciente del deporte, y a día de hoy ya nadie diferencia uno de otro.

DEPORTIVIDAD sería renunciar a continuar el encuentro mientras el otro equipo se viera obligado a jugar con diez, y aguardar a proseguir el choque once contra once, en igualdad de condiciones. Antaño, si un jugador se lesionaba y tenía que abandonar el juego —no existían los cambios— el otro equipo, voluntariamente, prescindía de uno de los suyos.

Deportividad es echar el balón fuera al lanzar un penalti que te han señalado a favor injustamente. Quizá para el lector joven con esta afirmación me convierta en un heresiarca, pero lo cierto es que durante las primeras décadas del siglo XX era algo corriente. Pero claro, en aquella época tampoco nadie se tiraba en el área fingiendo una falta.

Deportividad sería dejarse marcar un gol cuando tu equipo acaba de conseguir un tanto de forma antirreglamentaria, y que ha sido validado en un error del árbitro. Sí, supongo que para los jóvenes a estas alturas seré ya una especie de anticristo deportivo.

El caso es que hace tres o cuatro años en la División de Honor del fútbol sala español se dio esta circunstancia. El entrenador mandó a su equipo no moverse tras la consecución del gol y los rivales anotaron fácilmente. Estas acciones existen también en el fútbol de hoy día, y en la Copa de Holanda se dio un caso similar el año pasado.

Gestos así —así de deportivos— ya no abundan. En el circo deportivo profesional ya no manda el deporte, sino que ahora manda el dinero. Mientras se permita que los condicionantes crematísticos sean los que impongan sus criterios, el fútbol y el deporte en general seguirán siendo víctimas de esta alienación.

Y entre tanto, a estos estirados de la FIFA se les llena la boca con palabras como “fair play“ sin que conozcan su verdadero significado.

20 de junio de 2006
¡Felicidades, Irene!