En 1818 se organizó en París, en los jardines de Luxemburgo, la que se considera la primera carrera ciclista de la historia. Desde entonces el ciclismo se fue extendiendo por las ciudades francesas.

En 1869 se corrió la París-Rouen, en un esfuerzo por demostrar que la bicicleta podía cubrir distancias más largas. Después, en la última década del siglo XIX, llegarían la Burdeos-Paris y la París-Brest-París.

Todas estas carreras discurrían por caminos y carreteras que eran poco transitadas por vehículos habida cuenta del incipiente parque móvil.

Durante el siglo XX el ciclismo en ruta se ha popularizado a la par que lo hacía Le Tour de France. Pero el crecimiento de este deporte ha sido paralelo al aumento del tráfico en las mismas carreteras que ocupan las grandes y pequeñas vueltas ciclistas, carreteras que han alcanzado la trascendencia que hoy día tiene la red viaria en cualquier Estado industrializado.

Anteponiéndome estas premisas, un conocido que sabe de mi interés por el deporte me ha planteado lo que sigue.

Hace unas semanas un hombre viajaba por la Cornisa Cantábrica en dirección este-oeste. Debía presentarse ante cierto juzgado con una escritura. Había sido requerido por vía de apremio para hacerlo en el plazo de diez días hábiles.

Sus quehaceres diarios le habían impedido presentarse ante el juez durante los nueve primeros días, por lo que había aplazado para el último día el cumplir con su obligación de ciudadano.

Había planificado cuidadosamente el día. El desplazamiento le suponía más de una hora de viaje. Se disponía a dejar su domicilio con antelación suficiente cuando un imprevisto inaplazable le retrasaría por espacio de dos horas más. Hizo sus cálculos y aún disponía de tiempo para llegar antes del cierre de las oficinas del juzgado.

El trayecto lo conocía de sobra. Lo habría recorrido cien veces en los últimos años. Si todo transcurría con normalidad, conduciendo con prudencia todavía llegaría con media hora de antelación.

Hacia la mitad del recorrido, estando en la circunvalación de una localidad, se encontró con una caravana inesperada. Los vehículos estaban detenidos en la carretera. ¿Un accidente? Tal vez, pues no recordaba haber leído que esa vía estuviera en obras.

Desde donde estaba alcanzaba a ver un kilómetro de caravana. La vista se le perdía en un cambio de rasante, justo en el lugar desde donde partía el desvío para el pueblo que la carretera evitaba atravesar. Pero desde aquel punto hasta el siguiente pueblo la carretera era sólo una.

Tras veinte minutos de espera averiguó el motivo de la detención. Una carrera ciclista. El pelotón iba estirado y fracturado, por lo que la eufemística serpiente multicolor todavía tardó quince minutos en entrar al pueblo.

Ni qué decir tiene que nuestro hombre no llegó a tiempo a los juzgados. En la retención había camiones y autobuses a los que le fue muy dificultoso adelantar. Es complicado que tras un parón en la carretera la circulación recobre la normalidad en pocos minutos.

El resultado fue que además de perder la mañana a este señor el juzgado le impuso una multa por no comparecer. Pero también la no presentación de la escritura en tiempo y forma supuso la apertura de un juicio al que tiene que hacer frente, con los consiguientes gastos.

¿A quién debe reclamar este buen hombre por el perjuicio que una carrera ciclista le ha ocasionado?

Mi amigo piensa que las vías públicas son para el uso de todos los ciudadanos, sin que se pueda hacer de ellas un uso privativo para que unos deportistas satisfagan sus delirios de heroicidad a la vez que unos magnates —mangantes en algunos casos— hagan su agosto publicitario con la connivencia de los poderes públicos —la Dirección Provincial de Tráfico correspondiente a la cabeza.

Mi interlocutor me informó igualmente de que en esa retención se encontraba también un padre de familia en paro que llegó quince minutos tarde a una oposición para una plaza de personal laboral en determinado ayuntamiento de la zona, lo que le acarreó la exclusión de la misma y la imposibilidad de optar a un puesto de trabajo para el que se había preparado a conciencia.

Por toda respuesta guardé silencio, aunque fui consciente de que enarqué las cejas y apreté los labios.

27 de junio de 2006
¡Felicidades, Koldo!