Me ha llamado mi primo Pepe, que vive en Doñarrisa. A su pueblo este nombre le viene como anillo al dedo, y es que aquello es el paradigma de la España negra.
Mi primo me ha trasladado el tímido malestar que se está viviendo esta semana en el pueblo a cuenta de un asunto relacionado con el deporte.
Parece ser que el miércoles el Barcelona de fútbol ha ganado un campeonato de esos importantes. Y un simpático, nada más finalizar el partido, se puso a tirar cohetes. Debió lanzar una centena y media. De uno en uno, oigan.
Me dice Pepe que el individuo es uno de esos personajes influyentes pero reservados a la hora de manifestar su opinión públicamente; de esa tipología que aún bandean por los pueblos de la España profunda y angosta.
El tipo tiene un comercio, de ahí su preeminencia popular, y es forofo del Barcelona futbolero —las otras secciones del club no debe saber ni que existen. Se ha gastado un dineral en viajes y en coleccionables del Barça. Y eso que de catalán no entiende ni papa. Pero en estas cosas del fútbol eso no tiene nada que ver.
A uno le sale la vena catalana deportiva y acaba sumándose por empatía a estatutos tripartitos sin tener ni repajolera idea de lo que se cuece. Son cosas del alma que uno no puede evitar. Los colores son los colores. Y cuando salen, pues salieron y no hay por qué ocultarlos, no señor.
Volviendo al meollo —que se me va la pinza— se ve que al hombre nada más acabar el partido le fue imposible reprimir la necesidad de compartir su alegría con todo bicho viviente. Y comenzó a lanzar cohetes. Estuvo hora y media el tío dándole que te pego a la mecha y al Farias —y es que los cohetes se prenden con el puro, ¡leche!.
Cuando acabó con el arsenal… —¿habré hecho un chiste?—; bueno, quería decir que cuando se le acabó la munición era casi medianoche.
Así es que los vecinos están que trinan con el pájaro. Pero, como ocurre en nuestros pueblos de la España negra y cenicienta —del que Doñarrisa es testimonio fiel—, nadie pondrá la pertinente denuncia.
Y eso que hay materia, ¿eh? Veamos. Número uno, el forofo fundamentalista éste no tiene licencia para lanzar fuegos de artificio. En segundo lugar, no había pedido permiso al ayuntamiento para lanzarlos. Un tercer punto nos habla de alteración del descanso de la vecindad. Por último, el almacenaje de ciento cincuenta cohetes debería estar supervisado por la Benemérita. Mucha pólvora junta…
Y aún se puede añadir como quinto el agravante de premeditación, pues nadie adquiere semejante cantidad de cohetes sin un motivo final.
Ya le he dicho a mi primo Pepe que se calme; que no haga cábalas; que no va a haber nadie que dé el primer paso y denuncie a un vecino tan de pro como el vivales éste. Ni los de ese otro equipo vestido eternamente de primera comunión.
Éstos menos aún, que el año que viene a buen seguro que tienen pensada una descarga aún mayor, porque eso sí, en nuestra España negra zaina hay mala baba y las cosas se guardan de un año para el lustro siguiente si hace falta.
Los vecinos no van a denunciar, no lo hará la Guardia Civil de oficio, ni menos aún la Policía Local que, haciendo buena la finalidad para la que fue creada, estaba esa noche tan cerca del ciudadano que hasta le sujetaban el puro entre calada y calada para que le pegara unos lingotazos al aguardiente —coñac, whisky, vodka…
Y ésta es la sexta —no, no es publicidad—, el acaudalado de pro manejaba la pólvora en evidente estado de embriaguez. Lo dicho, esto sólo pasa en esta España torticera que hemos hecho entre todos.
Cuentan que le preguntaron a la joya ésta de ciudadano pudiente que tienen en el pueblo de mi primo por lo que pensarían los vecinos que estaban durmiendo a esa hora. “Me la pela; sólo se gana una vez al año…”, cuentan que respondió.
Así de jeta es el perla. No quiso pensar en el bebé del primero que se despertó llorando al primer estallido. Tampoco quiso reparar en la abuela del tercero que está la mujer más para allá que para acá. Y mucho menos quiso acordarse del chaval del quinto primera que se levanta a las cuatro porque entra a trabajar a las cinco de la mañana.
No estaban las cosas tampoco como para recordarle al panoli que en el segundo vive doña María, una mujer enferma a la que le cuesta coger el sueño y que en el momento del primer estruendo despertó sobresaltada y ya no pudo volver a dormir con el descanso reparador al que tiene derecho todo hijo de vecino.
Y así, señores extranjeros, así de insolidario es este país mío al que hemos dado en llamar España. A los de casa, a los españoles, seguro que esta historia no les coge de sorpresa.
19 de mayo de 2006
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(Jean Dolent)













Tal como apunto satíricamente en mi blog en el día de hoy, estoy empezando a pensar que en este exceso y desmadre del fútbol (donde ya se llora a moco tendido con las derrotas y… con las victorias) cada vez abunda más lo paranormal. Ver al mismísimo Rey de España y al Principe junto con toda la Corte sevillano-andaluza y barcelonesa-catalana bajar al terreno de juego y estar en el césped rodeados de guardaespaldas durante cinco minutos para felicitar y recibir los abrazos de los futbolistas, demuestra que estamos pasando del simple deporte a la burricie de la política y viceversa. Aquí se está produciendo una metamorfosis en la que un montón de capullos pretenden pasar por atractivas mariposas a cuento del fútbol, ese deporte de masas gracias entre otras cosas a que sus reglas de juego son más simples que el mecanismo de un chupete. Como decía mi abuelo viendo a las chicas en minifalda, no sé a donde vamos a parar…
Como muy bien apuntas, tal vez estemos asistiendo a un cambio de paradigma en torno al deporte, pero básicamente en torno al fútbol. No he visto las imágenes que comentas, pero lo que dices me ha hecho pensar que esta familia de los Borbones pueden empezar a estar necesitados de publicidad y propaganda. Ellos sabrán lo que hacen, porque por mí como si se las piran. Ahora bien, no me parece que esas imágenes hablen al mundo de España como un país del primer mundo. Más bien de un país dos puestos más atrás.
Las celebraciones de los éxitos futboleros suponen una catarsis infantil o/y tercermundista. Que miles y miles se tiren a la calle porque unos millonarios en pantaloncitos, que no les conocen de nada y a los que no conocen de nada, ganen en un juego deportivo supone un campo abonado para los estudios sobre la manipulación de las masas.