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 Suvenires

Viernes, 26 de Mayo de 2006  |   la aguja  |   Hay 2 comentarios

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Hace ya muchos años —¡caramba!, cómo pasa el tiempo—, cuando servidor era un mozalbete con ganas de colaborar en la organización de eventos deportivos, me vi involucrado muy activamente en la puesta en escena de un Campeonato Ibérico de cierta modalidad deportiva individual.

La entidad con la que colaboraba había obtenido la representación para la Península Ibérica de una federación europea de, a la sazón, reciente constitución habida cuenta de lo novedoso de nuestro deporte —permítaseme obviar groseramente datos concretos.

Tuvimos todo a punto tras muchos desvelos. Como quiera que las cosas se habían hecho bien, nos vimos un día antes del evento un tanto desocupados. Y como estando el diablo ocioso se mete a chismoso, alguien dijo que faltaba un detalle.

En dos lugares concretos, de especial relevancia en la escenificación de nuestra modalidad, la tradición mandaba que se dispusiera el anagrama y el logotipo del organismo deportivo europeo que representábamos.

Ni corto ni perezoso me ofrecí a confeccionarlo. En cuestión de unas horas me vi dibujando el logo. Compramos un pantógrafo escolar que me sirvió para aumentar el emblema hasta el tamaño deseado. Y con una plantilla saqué a gran tamaño las cuatro siglas. Faltaban unas estrellas de cinco puntas que pude dibujar con la ayuda de un compás.

Una sábana vieja —y limpia— y un adhesivo plástico que se comercializa en láminas fueron todo lo que se necesitaba para ultimar el detalle. Con su presencia podemos decir que aquel logotipo vestía al evento. Pero si no hubiera estado presente, su ausencia hubiera pasado desapercibida.

Orgulloso de mi capacidad de resolución coloqué en la mañana del primer día del evento las dos fundas en sus respectivos lugares con las insignias en rojo a un lado y en azul al otro.

En una de las categorías resultó vencedor un joven portugués. Quiso el futuro que este deportista fuera posteriormente campeón europeo profesional, pero ello no es relevante para esta historia.

El caso es que el equipo portugués estaba eufórico; en su primera comparecencia en un campeonato fuera de sus fronteras habían cosechado un oro en una de las categorías más importantes.

En la despedida se acercaron al organizador; yo me encontraba a su lado. Nos dijeron con mucha reverencia que querían pedirnos un favor. Querían llevarse como recuerdo del campeonato una de las fundas, concretamente la que había correspondido al nuevo campeón ibérico en su última actuación.

El organizador, con una gran sonrisa, dijo que aquellas fundas eran mías, y que a mí me correspondía decidirlo. Por supuesto dije que sí, y que al año siguiente ya me encargaría de confeccionar otras fundas.

Mi sorpresa fue que alguien diera valor a aquello que yo había hecho a toda prisa, aunque —eso sí— con gran mimo. Reparé en que para aquella persona aquel objeto en aquel momento había adquirido el rango de icono.

Él era el campeón y deseaba guardar un recuerdo de aquel día. Años después hablamos de aquel trozo de sábana y me dijo que aún lo guardaba entre sus tesoros más preciados.

Esto que relato hoy es algo que puedo entender perfectamente. Pero no entiendo a todos esos memos que llevados de no sé qué exaltación paranoica se arrojan a un campo de fútbol para llevarse un trozo de red, un trozo de césped, un banderín de córner… O a una cancha de baloncesto para cortar la redecilla que cuelga del aro, o arrancan pegatinas de un bólido…

No entiendo esos actos de pillaje porque a ellos la victoria no les pertenece. No entiendo ese empeño por saltar a un circuito de gran velocidad o por encaramarse hasta derribar unas porterías de fútbol, o por cualquier otra majadería semejante. Insisto en que ni el recuerdo ni el objeto mutilado les pertenece, y aventuro que acabará en la basura en menos de un año.

También me niego a entender a esta juventud canalla que amparándose en el tumulto —algunos también en la oscuridad de la noche— se dedican a destrozar farolas, quemar contenedores plásticos o romper señales de tráfico en una suerte de rali de la locura.

Un día paré a uno de estos descerebrados y le llamé la atención por su proceder. Me dijo que estaba “hasta los cojones de pagar al Estado; ahora será el Estado quien pague estos desperfectos”.

Desestimé decirle que en última instancia éramos sus padres y yo mismo quienes pagábamos sus desmanes. Tan sólo le dije: “Si quieres hacer gastar dinero al Estado quémate a lo bonzo, córtate el vientre o machácate un testículo con un martillo; como la Sanidad es gratuita, te atenderán y así harás gastar mucho más dinero al Estado del que vale esa papelera”.

Por mucho que les extrañe a ustedes, el chaval sonrió contento y respondió: “¡Ahí va!, pues no lo había pensado…”.

26 de mayo de 2006



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Comentario de Juan Puñetas

A ver cuando alguien con posibles se dedica a escribir un libro sobre las psicopatologías del deporte, en un triple ámbito: participantes, organizadores y público. Algunos, con tal de llevarse algo, serían capaz de coleccionar cagarrutas de los principales ases del balón, sea a pie, a cesto o a mano. Si es que estamos peor que cien mil cabras mochales. Lo extraño es que estas cosas tan elementales sean puestas blanco sobre negro en unas sencillas bitácoras como las nuestras y no en los medios de comunicación, programas de humor y tal.

 
Comentario de la_aguja

@ Juan Puñetas
Deja tranquilos a los medios de comunicación, que no dan abasto con el mundial futbolero. Además, estas fruslerías nuestras no pueden ser rentabilizadas. ¿A quién le importa la salud mental de la población? Pues eso…

 
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