Tierra quemada

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En mi Cantábrico hay del orden de quince ciudades importantes; tal vez alguna más a juzgar por su volumen de población y su importancia económica en nuestro entorno. Intercambiando impresiones en cierta ocasión con uno de los concejales de deportes de estas más de quince importantes ciudades me llamó la atención el grado de conocimiento que tenía sobre métodos de trabajo de las asociaciones deportivas locales.

Lo que captó mi interés fue la explicación detallada que daba del proceso de degradación por el cual los clubes deportivos de la ciudad acababan espantando a los patrocinadores locales.

Estoy convencido de que la enseñanza es extrapolable a cualquier ciudad de España y a cualquier club deportivo no ya modesto, sino de un cierto nivel que dejaremos en “medio” para con ello poder abarcar un amplio espectro que excluya a los clubes que pueden permitirse contratar a un Relaciones Públicas profesional.

Mi interlocutor me explicaba que después de haber conseguido desde su concejalía interesantes aportaciones económicas de capital privado destinadas a insuflar aire a las maltrechas arcas de los clubes con importante repercusión en el panorama deportivo regional había comprobado que esos patrocinadores, al finalizar la temporada, no volvían a cooperar con el deporte de la ciudad.

No sólo no quedaban con ganas de aportar más dinero —de su dinero— al club con el que habían colaborado, sino que la experiencia había sido tan negativa que no tenían interés en volver a involucrarse en patrocinio deportivo alguno.

Los motivos no eran otros que el trato recibido por los directivos y gestores del club. En el mejor de los casos este trato era tildado de frío y distante. La queja generalizada era que tras la percepción económica los responsables del club se habían distanciado de la empresa hasta el punto de perder totalmente el contacto.

El responsable político con el que hablaba —comprenderán que no quiera dar seña alguna de su identidad, por mínima que pudiera ser— me decía que en algunos casos se había llegado al enfrentamiento verbal cuando el dueño de la empresa había insistido en tener conocimiento de la marcha deportiva de la entidad deportiva.

Me informaba de que en ese caso concreto únicamente se había tratado de recuperar una relación que se había ido diluyendo a lo largo de la temporada. Al gerente de la empresa, al paganini, dicho sea con el mayor de los respetos, se le había acusado de pretender inmiscuirse en asuntos que no eran de su incumbencia.

Mi atribulado concejal definía la experiencia de estas empresas, muchas de las cuales habían sido reclutadas personalmente dada su vinculación —incluso familiar— con personas allegadas al color político predominante en esos momentos en el ayuntamiento, como insatisfactoria con el deporte de la ciudad.

Y agregó muy sabiamente: “estos clubes van dejando tierra quemada; la empresa juzga que todo el mundo del deporte es así de ingrato, y no vuelven a prestarse a patrocinios deportivos; son dueños de invertir su dinero donde les traten mejor”.

Agregaba que en un alto porcentaje de ocasiones —felizmente no todos los clubes se comportaban de igual forma; lo aterrador es que los que se comportaron conforme a lo esperado eran menos de un diez por ciento— los clubes, una vez que habían percibido el dinero en su cuenta corriente, se desentendían paulatinamente de su patrocinador hasta la temporada entrante.

En alguna entrevista con los responsables deportivos de esos clubes receptores de patrocinios le llegaron a decir a mi concejal de deportes que no alcanzaban a saber qué es lo que la empresa pretendía de ellos.

Este concejal de deportes continuaba relatándome toda una serie de acciones, muy sencillas, que se esperaba que los directivos deportivos hubieran puesto en práctica para mantener contento al patrocinador.

Y observen que digo “mantener contento”, porque tampoco se puede hacer mucho más. Los patrocinadores eran conscientes de que los éxitos deportivos del club nunca podrían ser garantizados.

A buen seguro que quien me lea tiene en su mente un abanico de acciones destinadas al patrocinador —yo me guardaré las mías para mejor ocasión—, desde la notificación semanal y puntual de los resultados del equipo al envío de entradas VIP, pasando por tratar con mimo la publicidad estática de la empresa patrocinadora.

Curiosamente éste era uno de los puntos de mayor desencanto. La publicidad del patrocinador principal no era convenientemente destacada en los encuentros, en favor de otra publicidad de patrocinadores menores pero más cercanos al club.

Así pues, no nos quejemos del escaso apoyo al deporte modesto por parte de los empresarios locales. La Administración estatal, e incluso la autonómica —como hace tiempo ha puesto en práctica la Comunidad Foral de Navarra— podrían favorecer fiscalmente la aportación de capital privado a actividades deportivas.

Pero de nada servirá si desde el mundo del deporte vamos dejando tierra quemada en torno a los patrocinadores deportivos.

16 de mayo de 2006

“Toda palabra dicha despierta una idea contraria” (Goethe)
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 Majaderías olímpicas

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¿Alguien ha oído hablar de la “Tregua Olímpica”? Sí, hombre sí. A nada que hagamos memoria… Pero sólo quienes tenemos añitos como para haber acudido a aquellos colegios o escuelas en los que los maestros tenían tiempo para dedicárselo a los alumnos en lugar de utilizarlo en andar politiqueando por las salas de profesores.

A nada que hagamos memoria recordaremos que nos decían que en los antiguos Juegos Olímpicos se instauraba un acuerdo por el que durante la celebración de los mismos estaba en vigor un pacto de no-agresión entre los diferentes pueblos del Mediterráneo.

Pues el COI ni corto ni perezoso se ha propuesto rescatar semejante idea de hace treinta siglos y extrapolarla a la actualidad.

¿El motivo? Pues no sé qué decirles… Supongo que un poco de esnobismo, un bastante de afán de protagonismo, y un mucho de intereses ocultos. ¿Que cuáles? Pues no sé…, si están ocultos…

A estas alturas de la película ya sabemos que ninguna brizna de hierba del huerto del manduqueo se mueve si no sopla un viento apropiado…

¿Pero por qué este tono de mofa por algo tan loable como la instauración de una paz olímpica? Pues porque mi vena escéptica se vuelve suspicacia en asuntos de este calado.

Desde hace unos años el COI se ha empeñado en algo que no es más que una utopía. Y le están secundando la ONU y la UNESCO. Según nos cuentan en esta nota de prensa, hay mucha gente apoyando semejante idea. Nos dicen que han suscrito manifiestos en esta línea neopacifista más de 10.000 personas de todo el mundo.

Pero me asalta una duda ingenua: ¿cuántas son las personalidades que aún faltan por firmar este tipo de manifiestos?

Y se me ocurre otra cuestión más. En caso de que durante la tregua un país no-firmante agreda a un país firmante, ¿este último pondrá la otra mejilla o se quedará de brazos cruzados?

Creo recordar que la “Tregua Olímpica” la observaba una parte muy pequeña del mundo; concretamente un sector del mundo mediterráneo. Trataban de no ser objeto de maldiciones, como el mosqueo que el dios Zeus se cogería con quienes no respetasen el pacto. ¿Por qué iban a mantenerla otros pueblos a los que la fiesta con Zeus ni les iba ni les venía? Se trataba de una paz interna, no de una tregua universal.

Si pensamos en el mundo actual, ¿por qué iba nadie a dejar para otro día la oportunidad de bombardear a su semejante? ¿Por un ideal? ¿Y esperar a que el vecino se rearme o encuentre alianzas? ¡Quia!

Y ya que el COI se está volviendo tan político aventurándose más allá del mero deporte —que es lo único a lo que debería dedicar sus esfuerzos esta organización— les lanzo dos nuevas preguntas: puesto que han otorgado a los chinos la celebración de los próximos JJOO, ¿les exigirán que dejen de ejecutar a sus compatriotas mientras duren los fastos olímpicos de Pekín 2008? ¿La tregua alcanzará a la ocupación de China en el Tíbet?

Hablando de la vis política que está adquiriendo el COI, aquí tienen ustedes uno de esos intereses inciertos de los que les hablaba al principio: el COI como potencia mundial supra-Estados. Sumemos a ello el arribo que están haciendo a este organismo los ociosos de sangre azul que están viendo mermado su poder influyente y tendremos un cóctel para beber despacito.

La majadería que supone hablar de una paz mundial a cuenta de los JJOO no destila ya tanto altruismo y filantropía si sopesamos que nos pueden estar vendiendo un burro viejo como si fuera uno joven. Tan viejo como el caballo de Troya, pero los pobres mortales, alejados del Olimpo que son los círculos de influencias, nos dejaremos engatusar una y otra vez por la misma celada.

¡Qué idea tan bonita esto de la “Tregua Olímpica”! ¡Los pueblos del mundo por la paz! Imagino que saltará en breve alguna ONG de iluminados vistiendo blancas túnicas vendiéndonos pegatinas con un lema y un emblema muy pacíficos. Y ya está; todos a darnos besos y abrazos y a decirnos que nos queremos durante los JJOO ¿Bonito verdad?

Pero lamentablemente el mundo ya no gira así, si es que alguna vez lo ha hecho. Porque si fuera posible una tregua durante la celebración de los JJOO, ¿por que no extenderla a todo el año olímpico? Y una vez hecho, ¿por que no prorrogarla indefinidamente año tras año?

Por eso, por lo utópico e irrealizable de la idea, a mí me da que aquí hay gato encerrado… o burro viejo. Y es que no se mueve una sola brizna de hierba sin un viento que la sople.

Pero si usted, lector, no es de mi parecer, puede suscribirse a la Tregua Olímpica online en los enlaces de aquí abajo:

12 de mayo de 2006

“Toda palabra dicha despierta una idea contraria” (Goethe)
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