Profesionales

3
 http://www.agujadebitacora.com/2006/05/profesionales/trackback/

Colaboración especial para Voz Editorial

Este año 2006 puede estarse perfilando como el punto álgido del deporte profesional. Una actividad ligada a la competición y al dinero, un cóctel explosivo desde el principio de los días.

A comienzos de la nueva era deportiva, cuando el deporte comenzaba a postularse como la actividad económica que actualmente es, las críticas al profesionalismo deportivo arreciaron con vehemencia.

Ya a finales del siglo XIX hubo gentes que trataron de desligar el profesionalismo en el deporte de la filosofía que debía envolver el movimiento deportivo. Bien es verdad que existían motivos clasistas para arremeter contra aquellas personas que cobraban por su actividad competitiva, como nos recuerdan los cronistas, pero a día de hoy no podemos dejar de reconocer que razón no les faltaba a aquellos críticos en sus exposiciones.

La facilidad de hacer trampas que brinda el deporte, o dicho de una manera más elegante, la posibilidad de adulterar una competición mercantilizada, centraba la mayor parte de las críticas sobre el profesionalismo en el deporte. Resultaba evidente que nadie podría garantizar que quien cobra por competir no deseara cobrar prestándose a manipular la competición. Y la única forma de garantizarse el éxito en las apuestas es que uno de los contendientes se deje ganar.

Pudiera parecer que la humillación de una derrota eliminase cualquier atisbo de corrupción, pero el vil metal todo lo puede y doblega ante él férreas voluntades. Quien quiera amañar un encuentro, si el deportista no cede, puede comprar la colaboración de los árbitros. Y por qué no comprar ambas partes para asegurarse las ganancias en las apuestas…

Existe una segunda fórmula para influir en la balanza que supone una apuesta por la victoria si no es posible comprar la voluntad de un pelotón de rivales. Pero garantizar, lo que se dice garantizar la victoria económica, no es posible habida cuenta de que el rival puede también utilizar el mismo método en beneficio propio.

Poco podían imaginar nuestros abuelos, en los albores del siglo XX, que incluso llegaría a haber gentes que pusieran en peligro su salud y su vida por ganar ingiriendo sustancias que son nocivas a medio y largo plazo para el propio organismo.

Al lector avisado no creo que le hagan falta más explicaciones. Me estoy refiriendo a las tramas de dopaje que recientemente se han saldado en España con un buen puñado de detenciones. Y me estoy refiriendo también a las tramas de corrupción que se han destapado por Europa y Sudamérica en torno al fútbol.

Podemos comprobar que no se trata de casos aislados —es posible que de haber sido casos aislados nunca se hubieran detectado—, sino de auténticas tramas en torno a intereses económicos. El aparato organizativo de estos grupos funciona como verdaderas mafias.

La extorsión, el tráfico de influencias, la omertá, el chantaje y toda una retahíla de modalidades delictivas más van asociadas a los casos de fraude en el mundo del deporte profesional.

Ha llegado el momento de sentarse y establecer unas nuevas reglas del juego en el que esta actividad mercantilizada se mueve. No es posible mantener por más tiempo los conceptos decimonónicos sobre los que se asienta una actividad que mueve más dinero que otros sectores de mayor arraigo en las economías de las naciones.

La imagen del deportista íntegro, del héroe que promueve los valores nobles del deporte con su esfuerzo diario, ha dejado de ser una leyenda y comienza a perderse en los terrenos del mito. Un futuro poco esperanzador nos advierte de que hay personas decididas a todo con tal de hacerse con una parte del pastel crematístico o también con la guinda que supone la gloria que otorga la victoria en la arena deportiva.

El desolador panorama que se nos presenta a medio plazo debe hacer reflexionar a las partes involucradas, que no son pocas. Es posible que el descrédito que se cierne sobre el deporte profesional haga reaccionar a ciertos estamentos. El espaldarazo que el COI ha dado a finales del siglo XX al deporte profesional puede convertirse en una navaja de doble filo.

En la época dorada del boxeo, cuando los hampones compraban a los púgiles bajo amenazas personales, se puso coto a esta sinrazón. Pero me temo que en la actualidad no es un único deporte el que se ve afectado. ¿Quién nos garantiza que no existe conexión entre la compra de encuentros en el fútbol y la venta de sustancias dopantes para ciclistas y otros fenómenos? ¿Quién se atreve a asegurar que las mafias que apañan los resultados en el fútbol no lo están haciendo ya en otras modalidades deportivas?

Al fin y al cabo, quien compite por dinero lo que quiere es dinero. Y ya sabemos cuál es la fórmula para asegurarse ese dinero.

La carne es débil, que dijo alguien.

30 de mayo de 2006    buzón de alcance

“Toda palabra dicha despierta una idea contraria” (Goethe)
Deja tu opinión

 Suvenires

2
 http://www.agujadebitacora.com/2006/05/suvenires/trackback/

Hace ya muchos años —¡caramba!, cómo pasa el tiempo—, cuando servidor era un mozalbete con ganas de colaborar en la organización de eventos deportivos, me vi involucrado muy activamente en la puesta en escena de un Campeonato Ibérico de cierta modalidad deportiva individual.

La entidad con la que colaboraba había obtenido la representación para la Península Ibérica de una federación europea de, a la sazón, reciente constitución habida cuenta de lo novedoso de nuestro deporte —permítaseme obviar groseramente datos concretos.

Tuvimos todo a punto tras muchos desvelos. Como quiera que las cosas se habían hecho bien, nos vimos un día antes del evento un tanto desocupados. Y como estando el diablo ocioso se mete a chismoso, alguien dijo que faltaba un detalle.

En dos lugares concretos, de especial relevancia en la escenificación de nuestra modalidad, la tradición mandaba que se dispusiera el anagrama y el logotipo del organismo deportivo europeo que representábamos.

Ni corto ni perezoso me ofrecí a confeccionarlo. En cuestión de unas horas me vi dibujando el logo. Compramos un pantógrafo escolar que me sirvió para aumentar el emblema hasta el tamaño deseado. Y con una plantilla saqué a gran tamaño las cuatro siglas. Faltaban unas estrellas de cinco puntas que pude dibujar con la ayuda de un compás.

Una sábana vieja —y limpia— y un adhesivo plástico que se comercializa en láminas fueron todo lo que se necesitaba para ultimar el detalle. Con su presencia podemos decir que aquel logotipo vestía al evento. Pero si no hubiera estado presente, su ausencia hubiera pasado desapercibida.

Orgulloso de mi capacidad de resolución coloqué en la mañana del primer día del evento las dos fundas en sus respectivos lugares con las insignias en rojo a un lado y en azul al otro.

En una de las categorías resultó vencedor un joven portugués. Quiso el futuro que este deportista fuera posteriormente campeón europeo profesional, pero ello no es relevante para esta historia.

El caso es que el equipo portugués estaba eufórico; en su primera comparecencia en un campeonato fuera de sus fronteras habían cosechado un oro en una de las categorías más importantes.

En la despedida se acercaron al organizador; yo me encontraba a su lado. Nos dijeron con mucha reverencia que querían pedirnos un favor. Querían llevarse como recuerdo del campeonato una de las fundas, concretamente la que había correspondido al nuevo campeón ibérico en su última actuación.

El organizador, con una gran sonrisa, dijo que aquellas fundas eran mías, y que a mí me correspondía decidirlo. Por supuesto dije que sí, y que al año siguiente ya me encargaría de confeccionar otras fundas.

Mi sorpresa fue que alguien diera valor a aquello que yo había hecho a toda prisa, aunque —eso sí— con gran mimo. Reparé en que para aquella persona aquel objeto en aquel momento había adquirido el rango de icono.

Él era el campeón y deseaba guardar un recuerdo de aquel día. Años después hablamos de aquel trozo de sábana y me dijo que aún lo guardaba entre sus tesoros más preciados.

Esto que relato hoy es algo que puedo entender perfectamente. Pero no entiendo a todos esos memos que llevados de no sé qué exaltación paranoica se arrojan a un campo de fútbol para llevarse un trozo de red, un trozo de césped, un banderín de córner… O a una cancha de baloncesto para cortar la redecilla que cuelga del aro, o arrancan pegatinas de un bólido…

No entiendo esos actos de pillaje porque a ellos la victoria no les pertenece. No entiendo ese empeño por saltar a un circuito de gran velocidad o por encaramarse hasta derribar unas porterías de fútbol, o por cualquier otra majadería semejante. Insisto en que ni el recuerdo ni el objeto mutilado les pertenece, y aventuro que acabará en la basura en menos de un año.

También me niego a entender a esta juventud canalla que amparándose en el tumulto —algunos también en la oscuridad de la noche— se dedican a destrozar farolas, quemar contenedores plásticos o romper señales de tráfico en una suerte de rali de la locura.

Un día paré a uno de estos descerebrados y le llamé la atención por su proceder. Me dijo que estaba “hasta los cojones de pagar al Estado; ahora será el Estado quien pague estos desperfectos”.

Desestimé decirle que en última instancia éramos sus padres y yo mismo quienes pagábamos sus desmanes. Tan sólo le dije: “Si quieres hacer gastar dinero al Estado quémate a lo bonzo, córtate el vientre o machácate un testículo con un martillo; como la Sanidad es gratuita, te atenderán y así harás gastar mucho más dinero al Estado del que vale esa papelera”.

Por mucho que les extrañe a ustedes, el chaval sonrió contento y respondió: “¡Ahí va!, pues no lo había pensado…”.

26 de mayo de 2006

“Toda palabra dicha despierta una idea contraria” (Goethe)
Deja tu opinión


México 1968

Sudáfrica 1995

ADHESIONES
 Mejor con Firefox