Hace unos meses fui invitado a un “vino español” de esos que se han puesto tan de moda. Es hora de que por fin salgamos de lo xenófilo y de lo cutre y alardeemos sin complejos de algo propio y con clase.

En estos actos de sociedad uno camina en torno a una mesa degustando ora un vinito, ora unas olivitas… El invento está bien montado porque un pelma sentado a tu lado te agua la ceremonia, mientras que en estas recepciones uno puede caminar a su gusto y cambiar de contertulios cuando dé por finalizada la conversación o/y cuando el interlocutor sea un plomo.

Pero quiso el destino que en esta ocasión yo anduviera convaleciente de una operación y tuviera limitadas mis facultades de desplazamiento.

Viendo que no había ni una silla en el salón, me acomodé en un mueble para observar las revueltas de los tertulianos —unos en pos de otros—, hasta que frente a mí se colocó una señora más cuajada que yogur que inició una ajada exposición.

Que si me conocía, que si tenía referencias de mi trabajo, que si patatín, que si patatán. Como uno no sabe ser mal educado, entablé conversación. Craso error por mi parte. La señora era una enteradilla del mundo del deporte y se dispuso a iluminarme sobre deporte infantil.

Tenía un hijito de cinco años que practicaba uno de esas modalidades individuales en las que la competición se resuelve por anotaciones subjetivas de los jueces.

Por lo visto la señora juzgaba que su pequeño hijo tenía talento. Cometí mi segundo error al apuntar que con cinco años era temprano para adivinar en el párvulo talento deportivo alguno.

Trataba de ayudarla despejándole un brumoso horizonte, pero no debí hacerlo. Mientras ella iniciaba su perorata no pude evitar preguntarme: “¿si no le vale mi opinión para qué cojones me viene a dar la brasa?”.

Me recuerdo diciéndole algo así como que con cinco añitos un niño tiene que jugar, y que la actividad deportiva en esta edad debe circunscribirse únicamente a aspectos lúdicos y nada competitivos.

Su hijito de cinco años se encontraba en un estado en el que del disfrute lúdico por el deporte había transmigrado a la satisfacción por la mejora y la superación personal. La señora no acababa de comprender que un niño de cinco años tiene que jugar, y que su mente no entiende de los placeres retorcidos de los mayores. Sufrimiento, sacrificio y superación son algo ajeno a la mente de un niño pequeño por ser conceptos intangibles que implican un esfuerzo discrecional alejado de resultados inmediatos.

Los entrenadores habían acudido a los colegios enseñando lúdicamente —en la fase de juego, me dijo— este deporte a los niños. Por lo visto habían elegido a los más avispados y los habían “subido” al club, y lo dijo como si hubieran sido promovidos a uno de esos “Hall of Fame” profesionales.

Una vez que los infantes estaban en el club se esperaba que el goce que proporciona la mejora personal fuera suficiente motivación como para perseverar en la práctica deportiva.

Intenté explicarle que en muchas ocasiones los monitores escolares aquilatan las medallas de sus pupilos para engrosar su currículo personal. Pero ella entendía que si un niño ganaba una medalla era de él, y que si abandonaba el club la medalla volaba con el deportista, como si el trabajo del entrenador le fuera extraído de raíz por el hecho de que el chaval cambiara de aires.

Pero señora, vamos a ver. Si un niño gana una medalla, esa presea es compartida por el deportista, por el entrenador y por el club. Y pase lo que pase con posterioridad, los tres agentes pueden alardear del éxito por separado diciendo que fueron campeones de lo que fuera.

Soy contrario a la competición en las edades infantiles, y pediría prisión para entrenadores y directivos que promuevan competiciones en estas edades. La competición del mundo adulto y profesional se extrapola como un calco al mundo infantil. ¿No hay nadie por ahí arriba, en los gobiernos autonómicos y central, que pare este despropósito?

Ante mi falta de movilidad —o ante el deseo de no moverme— reconozco que fui un tanto grosero; pero conseguí que esta mujer diera la conversación por terminada.

Se quejaba Juan Puñetas en los artículos “Aquí no hace deporte ni el gato”, y “Un deporte llamado sedentarismo” de que nuestros niños apenas practican deporte.

Aquí tiene nuestro amigo un motivo. Si con cinco añitos te exigen ejecutar un paso según mandan los cánones del santo padre reglamento técnico deportivo, quizá cuando tengas siete el deporte haya pasado a ser una actividad incómoda donde te exigen y te dan voces, casi nunca eres felicitado por tus esfuerzos, y lejos de ser divertido es más bien monótono y cansino.

23 de mayo de 2006