Algunos aprenden desde bien jóvenes el arte de evadir responsabilidades, buscando con ello un beneficio personal que puede permanecer oculto; incluso llegan a adoptar la apariencia de víctimas de las circunstancias. Éste es el caso de un joven deportista, y me dispongo a informarles de su taimado y dirigido modus operandi.

Mi hijo mediano lleva algún tiempo jugando en el equipo de fútbol del barrio. Ocasionalmente acudo a ver sus evoluciones y las de sus compañeros en el campo. No lo hago más a menudo porque las actitudes de ciertas personas cercanas al club y al equipo me enervan por su agresividad irresponsable, su meditada intolerancia, su desproporcionada visceralidad… Seguro que ya saben de qué les hablo.

Puedo decir bien alto y bien claro que me he ganado la fama de padre “nada futbolero” entre los parientes de los compañeros de mi hijo. Se sabe bien que no me preocupo lo más mínimo por el futuro futbolístico de mi chico, lo que me convierte en rara avis a sus ojos.

Esta circunstancia también me ha colocado en una posición de privilegio a la hora de conocer las aspiraciones de cada cual, pues de alguna manera nada oficial ejerzo de padre confesor de unos y de otros —o eso creía yo hasta el día de autos.

Todos sin excepción pretenden que su vástago despunte y sea el blanco de las miradas en cada partido, no fuera a ser que entre los escasos espectadores se encuentre un ojeador, un cazatalentos o todo un señor “Agente FIFA”, que el mundo del fútbol está lleno de cenicientas.

El caso es que tenemos en el equipo un porterito que lo hace muy bien. Este año ha subido de categoría —en el argot se dice de primer año— y se ha hecho con la titularidad, concepto erróneo a mi entender… Y digo erróneo puesto que se extrapola de la realidad profesional a la realidad escolar sin tener en cuenta que los objetivos de cada categoría son tan diferentes que se oponen entre sí.

Hace unas semanas el porterito se lesionó durante un entrenamiento; algo poco grave en una rodilla, pero que aconsejaba su descanso en la jornada liguera. Lamentablemente el partido del fin de semana era de los importantes, pues jugaban contra uno de los dos equipos punteros de la categoría —dejémoslo en filiales de algún primera o segunda división.

Expresé públicamente mi contrariedad por esta desafortunada circunstancia. En mi opinión se perdía una buena ocasión de brillar con luz propia ante esos tan ansiados ojeadores.

Observé que mi hijo me hacía señas para que permaneciera callado, como si estuviera metiendo la pata. Prudentemente guardé silencio…

Al llegar a casa inquirí del por qué de mandarme callar cuando estaba lamentando el infortunio de su compañero, y quizá pretendiendo con ello agradar al resto de padres y ganar así consideración ante sus ojos.

— Papá, es que no te enteras de una. Al portero no le pasa nada. Siempre se lesiona vísperas de uno de esos partidos importantes que tenemos ante los filiales de los grandes.

Yo seguía in albis.

— ¿Cómo que no tiene nada? ¿Está fingiendo el chaval? ¿Por qué va a fingir ante el gran partido de la temporada? Está curtido en mil batallas y tiene superado el miedo escénico.

— Papá, eres tan buena persona que en el mundo del fútbol no tienes nada que hacer. Este portero se viene lesionando fortuitamente, como tú dices, antes de los partidos grandes desde hace tres temporadas. Y lo hace aconsejado por su padre.

— Pero qué estás diciendo… Eso no tiene sentido.

— Mira papa, el chaval para muy bien. Pero en esos partidos no tenemos ninguna posibilidad de ganar. A lo más que aspiramos es a que no nos metan la manita si jugamos un partido decente, y ver si les podemos meter uno en el rato tonto —una manita son cinco goles; yo es que con esto del argot futbolero lo paso bomba.

— Sigo sin entender nada.

— Papá, el portero deja que en esos partidos sea nuestro suplente el que encaje la goleada. Un 4-3 pasa desapercibido, pero un 5-0 es un cante. Hace mucho tiempo que no encaja una goleada escandalosa. Y su padre bien que presume de ello.

Sólo atiné a balbucir: ¡Jo-der! (con perdón).

5 de mayo de 2006