España ha vivido estas semanas atrás la convocatoria masiva, a través de las nuevas tecnologías, de la organización de un botellón a escala nacional.
Si me piden una definición de botellón diré que se trata de una reunión juvenil en un espacio público al aire libre para consumir bebidas alcohólicas que son compradas en los supermercados. Los vasos, si son de plástico también se compran en los supermercados, si son de cristal se traen de casa; el hielo se adquiere en una gasolinera cercana; y la música la proporcionan esos coches tuneados que gozan de más decibelios que neuronas sus propietarios.
Hay quien ha pretendido ver en el botellón un fenómeno social y cultural, un movimiento de la juventud en contra de no sé qué molinos de viento y contra la opresión monopolística que suponen los precios de las bebidas en los locales de moda.
Pero servidor, que ya es diablo viejo, ve en el botellón algo más. El botellón mantiene cierta simetría con el movimiento deportivo, y de ahí que se incluya en la Aguja de Bitácora este artículo sobre semejante manifestación espontánea y festiva de nuestra juventud.
Una de las bebidas que goza de mayor aceptación en los botellones es el kalimotxo —palabra de innegable origen euskera— y que en tiempos se comenzó a llamar “rioja libre” quizá por semejanza con el “cuba libre”, que mezcla ron y una bebida de cola a la que no haremos publicidad, puesto que el kalimotxo mezcla el vino y el refresco de cola preferido.
El objetivo del botellón, en contra de lo que pudiera parecer, no es la adquisición de cualidades enológicas, como podría despertar en la juventud la degustación de un Rioja, la cata de un Jerez o el disfrute que supone paladear un Albariño.
El vino de tretrabrik más barato del supermercado y la bebida de cola —eso sí— de mejor calidad subjetiva del mercado suponen la ingesta de una mezcolanza de productos químicos que tienen un efecto muy parecido al dopaje en la salud de nuestra juventud.
Sabido es que los productos químicos llegan a operar en el organismo ciertos efectos que favorecen la mejora de las cualidades físicas enardeciendo en nuestros jóvenes el interés por la competición.
Así, tras el pistoletazo de salida del botellón, se establecen sendas competiciones: una carrera de velocidad y otra prueba de resistencia.
La prueba de velocidad consiste en ver quién se derrumba en el menor tiempo posible tras el comienzo oficial del botellón; los hay que hacen trampa —al igual que en el deporte— y ya tienen un trecho avanzado antes de que se dé oficialmente la salida.
La competición de resistencia consiste en comprobar quién bebe más cantidad de litronas, katxis y kalimotxos; aquí la trampa se ampara en el hecho de que los jueces tampoco están conscientes hacia el final de la competición, por lo que ante la imposibilidad de decretar un ganador los hay que se arrogan la victoria impúdica e impunemente.
Los asistentes al botellón consiguen interactuar con la audiencia, y al día siguiente, bien temprano de mañana, como corresponde a la más genuina práctica deportiva, el botellón fuerza dos pruebas más entre esos arcaicos personajes, especie a extinguir, que gustan de acudir a desayunarse leyendo la prensa dominical en uno de esos antros decadentes llamados cafeterías.
La primera modalidad es una prueba de patinaje sobre vomitonas. El inadvertido lector matutino puede verse obligado a patinar un buen trecho como consecuencia de un suelo deslizante y poco apto para dejarse caer.
La segunda prueba corresponde a la especialidad de eslalon esquivando las basuras, cartones de vino, botellas de plástico y esquirlas resbaladizas de esos nuevos vasos plásticos que estallan al pisarlos.
Pero si el Estado es capaz de prohibirnos el consumo de ciertas drogas naturales (cocaína, marihuana) y otras de diseño. Si el Estado es capaz de legislar en contra del consumo de sustancias no prohibidas “socialmente”, pero que sirven para mejorar el rendimiento deportivo.
Y si el Estado argumenta para ello, no que produzcan daños a terceros, sino que atentan contra la propia salud del “ingestor”, lo propio sería que el Estado legislara también en contra de quienes ponen en peligro su salud con otra droga más sutil y tan mortal como es el alcohol.
Y además porque al Estado —es decir, a todos nosotros— le cuesta un dineral la atención a comas etílicos, a heridos por caídas y reyertas de borrachos, la limpieza y desinfección de las calles y parques que son contaminados semana tras semana.
A la contaminación acústica que se genera por la noche hay que sumar los olores desagradables, los residuos orgánicos provenientes de los ilustres estómagos de los participantes, las basuras que se acumulan en forma de cartones y plásticos.
A la retirada de estas basuras inorgánicas hay que añadir el desalojo de unos grandes bultos antropomorfos e inertes que suelen quedar esparcidos por parques y jardines.
2 de mayo de 2006
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(Jean Dolent)





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Aquí te dejo un enlace en torno al mismo tema y que complementa tu versión “deportiva”.
http://paridasgrillescas.blogspot.com/2006/03/embotellados.html#comments
@ Juan Puñetas
Voy a leerlo y te dejaré allí unas letras…
Tal como lo comentás con respecto al alcohol, con el tabaco sucede lo mismo: son estimulantes legalizados a partir de, según cada caso, distintos grupos de presión.
@ Leonardo
Trataba de dejar constancia con cierta ironía del doble rasero aplicado por el mismo Estado ante hechos que pueden ser similares. Por un lado te pueden dar un varapalo si te dopas porque es malo para tu salud. Pero el emborracharse en plena vía pública no debe ser malo para la salud de los participantes en lo que es de hecho una competición.
Pero tienes razón en que tanto el alcohol como el tabaco son drogas “autorizadas” que cuentan con el beneplácito de los gobiernos. Pero, al menos en la Unión Europea, parece que se les está acabando la época de bonanza.
Me gustaría saber cómo se afronta el problema por los gobiernos de nuestro queridísimo Cono Sur. Un abrazo.