En un mundo mayormente deportivo los egoísmos no deberían tener cabida —aunque sí los narcisismos. En un mundo totalmente democrático los egoísmos deberían estar erradicados, o cuando menos no ser sustentados por los poderes públicos.

Existen una serie de deportes que únicamente reportan autosatisfacción, con un cierto componente de egoísmo, que están comenzando a ser satisfechos por los poderes públicos con dineros públicos, con dinero de todos los contribuyentes.

Es el caso del alpinismo, una actividad destinada a una minoría, a una elite deportiva, por lo que está alejada de cualquier consideración de actividad popular. Incluso podríamos alcanzar a decir que no reportan satisfacción alguna a los espectadores, puesto que no los hay. Únicamente sirve al ego del alpinista.

Leo la semana pasada la siguiente noticia:

Oiarzabal inicia su nueva expedición al Himalaya

El alpinista de Vitoria parte con el objetivo de coronar su vigésimo segundo “ochomil”. Este año se cumple el 50 aniversario de la primera subida a este pico que fue coronado por una expedición británica.

Está muy bien que un individuo, o una ristra de ellos, se juegue su vida o su integridad física donde mejor le plazca. Yo también he puesto en juego la mía cuando me ha apetecido.

Hay una gran similitud entre lo que quien suscribe hizo y lo que hacen estos alpinistas, y es que no poníamos en juego la salud y la vida de nadie en contra de su voluntad, como sí hacen esos pilotos kamikazes que circulan a toda velocidad —también los que siguen el sentido de la circulación pero que zigzaguean adelantando en un palmo de carretera.

Pero existe una gran diferencia entre los alpinistas —o andinistas, como se les llama en America del Sur— y quien trata de dejar aquí su pensamiento. Y es que mi actividad no suponía una carga onerosa para ninguna Administración.

Ya he hablado en esta Aguja de Bitácora del coste de los rescates en lejanas cordilleras. Costes que todos asumimos a través del Estado. Pero en esta ocasión concreta una Administración pública costea buena parte del viaje (no nos dicen el porcentaje que suponen esos casi 21.000′00 euros).

Y uno no puede evitar preguntarse: ¿es para esto para lo que están las Administraciones públicas? ¿Para que un individuo o un grupo de ellos satisfaga e incremente su ego ascendiendo a no sé qué cumbres que al resto de la población nos traen sin cuidado dónde están y quién las huella?

¿Qué beneficio obtenemos todos —vitorianos y no vitorianos— de la proeza?

¿Por qué el ayuntamiento de Vitoria no me da a mí esos casi tres millones y medio de pesetas? ¿O se los da a usted, lector? Al fin y al cabo seguro que podemos justificar hedonísticamente los gastos que tengamos. Porque es de suponer que la ascensión a los Himalayas suponga un placer para quien decide hacerlo.

Alguien debe dar ya un toque de atención a las Administraciones públicas en lo concerniente a sus patrocinios. ¿Qué necesidad tiene un ayuntamiento de tamaño medio como el de Vitoria de patrocinarse? ¿Cuál es el beneficio que obtiene el ayuntamiento con esta contribución?

Es más, ¿cuál es el beneficio que va a obtener la población con esa contribución, que si bien es modesta en este caso, en otros casos ha llegado a alcanzar cifras mareantes?

Lo de cifra modesta es una forma de hablar. ¿Qué tal si la comparamos con el salario anual que percibe un trabajador de ese mismo ayuntamiento? ¿No será más rentable socialmente crear un nuevo puesto de trabajo con el que una familia pueda subsistir?

Una vez más, dinero público destinado a satisfacer egos particulares. Seguro que nos ponen por delante el bien común. El único bien que se paga con este dinero público es la imagen del alcalde ante sus votantes, ya que el montañero es gasteiztarra, esto es, de Vitoria.

Y eso por no hablar del programa de RTVE, ente público que pagamos todos y que arrastra deudas milmillonarias. ¿Por qué esa alegría a la hora de gastar dinero que no es de uno? Si consideran que la inversión del viaje es rentable para ese programa —es decir, que se va a recuperar el dinero vendiendo las imágenes a otras cadenas—, ¿por qué no lo hacen a título privado, poniendo ellos el dinero?

¡Ah!, que no lo tienen. Pues los bancos están deseosos de hacer nuevos clientes a través de créditos para inversión en proyectos rentables.

Dejo aquí una pregunta para que alguien me la pueda contestar; atendiendo a la definición que el diccionario de la RAE hace de malversar, ¿no es esto en esencia una malversación de fondos públicos?

7 de abril de 2006