La independencia, igual que el honor, es una isla rocosa sin playas
Napoleón Bonaparte
El diccionario de la RAE no lo explica así, pero yo llevo tiempo utilizando el verbo del que el sustantivo del título es acción y efecto con un significado más sibilino del que nuestro código léxico le atribuye. La capacidad de manipulación que confiere la domesticación es de tal calibre que quien utiliza esta acción con artería consigue que su modus operandi pase desapercibido tanto para el observador poco atento como para quien la padece, que no es poco.
Tal vez sesudos sociólogos hayan dado nombre al efecto que trato de ilustrar, pero con la causticidad que nos caracteriza en esta Aguja, denominándolo domesticación se consigue un triple efecto: definirlo, denunciarlo y ridiculizar a quienes se dejan domesticar, por lo que no he encontrado denominación mejor.
Previamente a escribir el artículo de hoy se impone explicar mi particular definición; pero aún antes debo recrear el entorno en el que utilizo la palabra en cuestión.
La domesticación se da en situaciones en las que alguien que detenta un tipo de poder se encuentra próximo al domesticando; es decir, la domesticación no se da en la distancia jerárquica.
No pensemos solamente en un alcalde o un presidente de una federación o de un club deportivo, aunque sí son domesticadores-tipo. La domesticación también se produce entre personas jurídicas y entre instituciones, como un club o una ONG (organización no gubernamental).
El domesticador trata de hacer que el domesticando se acartone y se pliegue a su voluntad. La táctica de prometer primero para, si la persona objeto cumple, después otorgar lo prometido no es tan eficaz como la domesticación.
En la domesticación se invierte el orden lógico (o que se podría considerar lógico) en una negociación. La domesticación es más sutil: primero el domesticador da, y después exige so amenaza de retirar lo dado.
No confundamos la domesticación con el efecto del peloteo y baboseo, tan extendido en este país. Ahí, el receptor del beneficio ofrece primero sus servicios a cambio de plegarse en el futuro, so pena de salir rebotado de la red en la que voluntariamente pretende entrar.
La domesticación trata de someter voluntades sin contar explícitamente con el consentimiento del domesticando.
No estoy hablando de cinco mil pesetas o de una cena. Estoy hablando de cosas tan importantes en nuestro mundo como un puesto de trabajo, o una concesión prorrogable, por poner unos ejemplos.
Alguien tiene un valor añadido que el domesticador quiere explotar en beneficio propio. Pero éste debe ganarse el favor de quien puede realizar una tarea en la que será el domesticador quien saldrá reforzado para seguir medrando en su ascensión particular. El domesticador está en posición de dar, pero precisa saber qué puede dar valor a la vida del domesticando.
Un alcalde o un concejaluco cualquiera (que hoy en día tienen más poder en la mano que un diputado) pueden estar presentes en el tribunal de una bolsa de trabajo, o hacer pesar su criterio en la decisión del otorgamiento de una concesión.
Primero se le da al domesticando aquello a lo que aspira o necesita, y una vez que el pobre infeliz se ha hecho a ello, considerándolo como propio, comienza un trabajo de zapa, una escalada de exigencias, una carrera para dominar la voluntad del domesticando.
Si el bien que ha adquirido el domesticando le corresponde en propiedad, como puede ser una plaza de funcionario, el domesticador puede llegar a caer en el acoso laboral. El bien del que disfruta el domesticando está fuera de la manipulación del domesticador.
Pero si se trata de un puesto de designación directa, o de la explotación de un servicio público prorrogable cada dos años, el domesticador querrá plegar la voluntad del domesticando haciéndole ver que su futuro está en sus manos.
Los dóciles, plegadizos y acartonados (también los necesitados de verdad) echan la siguiente cuenta: si me voy pierdo lo que tengo. Generalmente este tipo de personas escalan puestos en las organizaciones hasta alcanzar su nivel de incompetencia (el principio de Peter).
Pero ocurre que algunos de los que hemos caído en esta artimaña y no nos hemos plegado hemos echado esta otra cuenta: cuando llegué no tenía nada; si me voy ahora me quedo como estaba cuando llegué, por lo que en realidad no pierdo nada. Los que pensamos así somos tildados de problemáticos e incluso, últimamente, de rebeldes.
Si bien para la domesticación no se cuenta con el domesticando (le domestican y punto) sí es cierto que en la parte final de la domesticación el domesticando se resigna a ser domesticado por el domesticador [espero que este trabalenguas sea entendido].
¿Que qué tiene esto que ver con el deporte? ¡Hombre!, pues mucho, dado que en el mundo del deporte se dan las características óptimas para la domesticación: dinero, trabajo, prestigio profesional, reconocimiento social, relaciones e imagen personal, favores debidos, politiqueo, influencias, fichajes…
Algo tan habitual, tan sobado y tan manido, algo tan socorrido y corriente como la subvención es una forma de domesticación. El ayuntamiento, la dirección general de deportes o el CSD otorga una subvención, y cuando el incauto club o federación deportiva se ha acostumbrado a ella, si no hace lo que le piden, si protesta y es díscolo, se la quitan o se la rebajan hasta extremos ridículos.
La subvención no se negocia de igual a igual. En la concesión de una subvención una parte otorga y la otra recibe. El hábito que crea percibir una subvención es terreno abonado para la domesticación. Una de las cláusulas del concurso de méritos para optar a una subvención es que el haber sido beneficiario de una subvención anterior no es invocable para ser merecedor en la presente convocatoria.
Si el concesionario se sale del guión marcado, o del que se le pueda marcar en un futuro, tendrá problemas para que le llegue la siguiente subvención. Ya he dicho antes que si el concedente prometiera otorgar o incluso aumentar una subvención para conseguir algo, el resultado no es tan efectivo. En la domesticación primero le dan algo, luego se acostumbra a ello, y entonces se da cuenta de que está jodido: le han domesticado.
En las bitácoras (y en las bitácoras deportivas, por supuesto) se está empezando a dar un caso paralelo a la domesticación y que ya han sufrido previamente los otros medios de comunicación de masas.
[¿Alguien duda de que las bitácoras no sean un medio de comunicación de masas? Tal vez no lo sean de facto, pero si potencialmente. Algunas han dado el salto al siguiente nivel, que parece que comienzan a denominarse “periódico ciudadano”, con un ratio de visitas superior a la tirada de algunos medios de prensa de aparición semanal.]
Hay un debate en la ReD sobre la conveniencia o no de permitir publicidad en la bitácoras o blog. Somos muchas las bitácoras deportivas que hemos sido “tocadas” por algunas webs de apuestas online o de casinos online. Por mi parte, hace ya tiempo que me he inventado un logo sobre lo que opino de la publicidad en las bitácoras y que he colocado en la parte inferior de la columna de la derecha.
Pero yendo al tema de la domesticación, la oferta de publicidad continuada puede llegar a ser otra forma de domesticación en un ámbito paradeportivo como son los medios de comunicación. Igual ocurre con el ofrecimiento para que la bitácora deportiva aparezca relanzada en un medio digital de mayor difusión. Una vez que se acepta esta promoción, quien se acostumbre a lo que percibe más adelante estará condicionándose para poder volver a ser independiente.
Hay perros que prefieren que el amo les dé de comer todos los días que andar por ahí buscándose la comida en los contenedores de basura; son los canes domesticados. Otros pensamos que la libertad de andar sueltos por el monte, aún con el inconveniente de no saber si comeremos antes de anochecer, tiene un valor intrínseco; somos los canes asilvestrados (salvajes o rebeldes para un sistema que pretende plegar voluntades, nuestros principios, que es lo más sagrado de la persona).
Busquen ustedes situaciones de domesticación de voluntades; con un poquito de tenacidad comenzarán a encontrarlas a su alrededor. Pero recuerden, la domesticación se da sin el conocimiento pero con el consentimiento del domesticando. Cuando menos paradójico, ¿verdad?
10 de marzo de 2006
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(Jean Dolent)













Esto que dices es como el chantaje. Si no haces lo que te pido te quito lo que tienes. No deja de ser una manera de extorsión.
@ el clavo
El chantaje y el secuestro son formas de extorsión. Igual que el mal llamado “impuesto revolucionario”. Para mí, esto de la domesticación es otra forma de extorsión. En el chantaje alguien tiene pruebas de un error del chantajeado, y utiliza esos datos en beneficio propio. En la domesticación, el domesticando no ha cometido más error que el de caer en una red de gente que no tiene remilgos en presionar y acosar; incluso laboralmente.
Tengo amigos a los que no les hace puñetera falta una ayudita para libros o una subvención para comprarse un ordenata, pero los tíos por tal de agarrar dos reales rellenan los papeles, hacen las fotocopias y se ponen en manos de los dadivosos benefactores políticos. El Puñetas piensa, por el contrario: no quiero un duro suyo, lo que tienen que hacer es bajar o redistribuir mejor los impuestos, mejorar infraestructuras que afectan a todos, acabar con tantas subvenciones a fondo perdido que sólo buscan el sometimiento bobalicón: “la servidumbre voluntaria”, que decía el clásico. Y así estamos, con media sociedad subvencionada y controlada por cuatro míseras monedas. De esto por Andalucía, a dos carrillos que dijo otro clásico.
La domesticación que corre a cargo fundamentalmente por el poder político es la peor de todas y da igual que el sistema sea dictatorial o democrático: te tiene atrapado por las agallas. Es lo que técnicamente se llama tambien “apesebramiento”. Como ves, todo tiene que ver con una terminología animal. Y es que si algo diferencia a éste del humanoide es que el primero no tiene inteligencia. El humanoide apesebrado (a menudo no es necesario ni una paupérrima subvención, ni regalo, ni ná de ná, pues hay entrega plenamente “gratuita”) y domesticado aparca el coeficiente intelectual a la puerta del domesticador. Al final ni lo echará de menos. Es más, le estorbará o disgustará el utilizarlo. Será ese perrillo faldero al que le horrizará la libertad propia (y la ajena) simplemente porque tiene asegurado un tropezón de pan y un rinconcillo donde vegetar.
En el deporte pasa como en el resto de sectores: Más vale pájaro en mano que ciento volando. Aunque el pájaro esté muerto o lo hayan matado. El caso es comérselo sin tener que echarse al monte a ver si hoy cae algo a la cazuela si tengo suerte, ando despierto, soy listo y tengo paciencia. El amo, el domesticador, el que maneja el pesebre no quiere en mí ninguna de estas incómodas cualidades y actitudes no vaya a ser que alguna vez se les vuelvan en su contra. No sé si me explico…
@ Juan Puñetas
Perfectamente, amigo Juan, te explicas perfectamente.
Yo diría que en este pueblo nuestro ya no hay caciques. Hay algo peor: gente acacicada, gente que se deja caciquear. Bien por comodidad o bien por costumbre, pero es más cómodo que me digan a qué hora me tengo que echar y a qué hora me he de levantar. El pensar uno por sí mismo es un trabajo que no lleva a ningún lado. El acacicado, el domesticado, si le dicen: “¡salta!”, sólo preguntará: “¿hacia dónde?”.
La estupidez y el acacicamiento, al igual que las patatas, lo da la tierra.
El españolito de principios del siglo XXI se pone la “telele”, se abre el “perioloco” y se traga lo que le dicen que se tiene que tragar. Pensar, lo que se dice pensar… es mejor que le condenen a galeras; ahí ya no tiene que pensar por sí mismo.
Ya he donado mis 1,40 euros. Buena idea eso de insertar el mensaje como si esto fuera la tele. A ver si la gente se solidariza un poco más.
Sobre el artículo, qué quieres que te diga. La gente se deja manipular. Puede ser por miedo y por falta de confianza en sus propias capacidades y recursos.
A veces es por necesidad (ya sé que lo dices en el artículo). Imagínate un padre de familia con 3 hijos. Presionado todos los días en su puesto de trabajo. Cuando oímos que un tipo ha disparado en un centro comercial no entendemos la noticia.
Pues si el mensaje altruista resulta efectivo habrá que dejarlo una semana más por lo menos.
Es cierto que a veces a alguien no le quede más remedio que acceder y plegarse a las voluntades ajenas. Pero te puedo asegurar que quien lo padece no vive contento.
El peligro es que una vez que te han hecho plegar, estos domesticadores se aprestan a sacar todo el jugo que pueden en beneficio propio. La clave está en saber salirse a tiempo de ese entorno. Y como bien dices, no es fácil si se tienen responsabilidades familiares.
Una vez un amigo me dijo: “no estoy contento de lo que soy, pero sí de lo que pude haber sido y no soy”. Por ahí van los tiros…