La vocación del político de carrera
es hacer de cada solución un problema

Woody Allen

Argumentaba en los dos artículos anteriores en contra de la intromisión del Estado, o de los poderes públicos, que tanto monta, en la esfera privada del deporte en relación con el tema del dopaje.

El Estado se ha propuesto también intervenir en el asunto del supuesto racismo que se está viviendo en los estadios últimamente. Y digo “supuesto racismo” porque no tengo nada claro que el tema de los grititos simiescos con que se acoge a los jugadores negros sean motivados por el racismo.

De acuerdo que son de mal gusto; de acuerdo que dice muy poco del grado de civilización y de cultura de un país. Pero me parece que el CSD ha tomado el rábano por las hojas en este asunto. Y lo ha hecho por comodidad. Como ya he dicho en otra ocasión, es más fácil enfrentarse a un problema conocido que ponerse a diagnosticar un efecto que puede abrir un debate más de fondo, cual es el grado de educación de un país del… ¿primer mundo?

En el mundo bitacoril, después del amago de espantá de Eto’o hace un par de semanas, hubo acuerdo tácito entre todos en que esos gritos provienen más de una grada que trata de desestabilizar anímicamente a un jugador rival, de una grada que trata de hacer una fiesta (de mal gusto, eso no lo niega nadie), que de un público volcado en actitudes racistas.

Es más fácil arremeter contra el racismo que contra la falta de educación y de buen gusto del respetable, como otrora se conocía al público que ovacionaba una buena jugada viniese de quien viniese.

Ya he hablado sobre este tema a raíz del expediente abierto a Javier Clemente que al final ha quedado en agua de borrajas. No le es posible a un juez sancionar la intencionalidad; y menos aún debería serlo el legislar esa intencionalidad, como pretende el amigo Lissavetzky.

Que yo llame mono a un negro no creo que pueda ser considerado un insulto racista, porque se lo digo también a mi hijo, a mi hermano, a un amigo: “no hagas el mono”, “deja de hacer el mono”, “no seas mono”, “¡calla!, mono”.

Son frases que todos hemos pronunciado en diferentes contextos, y nunca se las hemos dicho a nadie con un sentimiento racista —porque se lo decimos a gente de nuestra misma raza—, aunque sí hayamos usado la palabra mono como insulto: “eres un mono”. Incluso lo habremos dicho con cierto aire de desdén. Pero nunca como insulto racista.

A mí me da la sensación de que el racismo está instalado en la mente del que interpreta ese término como racista. ¿Qué pasaría si el jugador negro le llama mono a un jugador blanco que está en el suelo fingiendo una falta? Al fin y al cabo, negros, blancos, amarillos y pieles rojas descendemos del mismo antepasado, que sí tenía —o tenemos— parentesco antropológico con los monos.

Me pregunto si el árbitro, si el Comité de Competición, si el CSD o si el mismísimo Lissavetzky se atreverían a multar por racismo al negro que llama mono al blanco que finge un dolor para ganar tiempo. Y seguro que se lo ha llamado como insulto, pero, ¿le aplicarían el código antirracista éste que se están sacando de la manga?

Bueno, esperen, que me está llamando alguien y me dice que estoy sacando las cosas de quicio. Pues ya ha habido una sanción por llamar “mono” a un rival (a un jugador negro):

BRASIL | LLAMÓ ‘’MONO'’ A UN JUGADOR RIVAL
Un futbolista brasileño, sancionado con cuatro partidos por insultos racistas

La educación en el respeto a los demás es una tarea que compete al Estado, pero no debe ceñirse en exclusiva al racismo en el fútbol o en el deporte; el Estado debe ampliar su campaña —que respaldo— a todos los ámbitos de la vida social, y si quieren hacer mayor hincapié en el deporte pueden hacerlo, pero no de forma finalista, no sacarse de la chistera una ley ad hoc.

¿Por qué separar el racismo como insulto de cualquier otro insulto? ¿Por qué no tratarlos de igual modo? ¿Por qué va a tener el negro la posibilidad de insultar al blanco con la misma palabra —mono— y salirse de rositas? Pero puesto que no van a tratar al racismo como al insulto y le van a dar mayor trascendencia, ¿por qué no tratar el insulto como se trata al racismo y castigar con las mismas sanciones al que llama hijo de puta a un juez o a un rival?

Otro punto que no se sostiene desde el punto de vista del Estado es que se vaya a invertir dinero público en el circo deportivo profesional. Deben ser ellos mismos los que solventen sus problemas con su dinero, que por lo que sabemos corre a espuertas. No hay más que ver los contratos multimillonarios en eurodólares que se manejan. Que paguen menos a los maniquíes de los futbolistos y que utilicen más el dinero en cumplir con las normativas que el Estado imponga.

En realidad esto —que el Estado corra con los gastos de una liga profesional— sólo ocurre en una España de paletos, una España donde la juventud se manifiesta para beber hasta emborracharse en la calle mientras que en la vecina Francia esos mismos jóvenes se manifiestan para que se respeten sus derechos laborales.

A mí me da la sensación de que algún político ha llegado al CSD con afán de protagonismo y ansias de medranza. ¿Dónde están las fotos en la prensa deportiva? ¿En el fútbol profesional? Pues ahí se han metido. Pero al tiempo; saldrán malparados, y será entonces cuando quieran desvincularse. Escrito queda.

Con todo este asunto de la protección antirracista se corre el riesgo de acabar favoreciendo el victimismo de los negros que juegan al fútbol, cuando muchos de ellos tienen tan mala baba en el juego como el más blanco de todos. Y es que el mal café no es potestativo de ninguna raza —puede ser buena señal de que todos somos iguales.

Seguiré pidiendo que me dejen llamar “mono” a un negro igual que se lo llamo a un ruso, a un portugués o a un español; no estaría de más que alguien le diera una vuelta al diccionario de la RAE y vea las acepciones de la palabra “mono”; curiosamente la quinta y la sexta son nada racistas aunque sí insultantes.

Me parece que como alguien tire de la manta, como alguien lleve un caso a los tribunales, entraremos una vez más en el terreno de las intenciones indemostrables, en el terreno de la subjetividad y de las interpretaciones, terreno que los jueces tienen muy asumido que no deben pisar por ser excesivamente resbaladizo.

¿Que hay que acabar con esa pantomima de los grititos? Totalmente de acuerdo, señor Lissavetzky, pero por la vía de la educación, la información, la prevención, la disuasión, la formación…

Usted, con sus ansias de protagonismo, le ha dado más trascendencia de la que debería haber tenido nunca, porque tal vez no hubiera sido más que una moda si nadie hubiese hecho énfasis en ello; sólo hacía falta que alguien, quizá dirigido desde ciertas instancias, introdujera otra moda diferente en el momento adecuado —al final de temporada no sería efectivo— y aguardar a que el tiempo obre. ¿Quién se acuerda ya de la moda de la ola mexicana en los estadios?

Mientras tanto, educación, información, prevención, disuasión, formación… Señor Lissavetzky, que no parece usted socialista, ¡caramba!, con tanto agitar el látigo de las sanciones y las penas de prisión. Déjese de leyes intervencionistas —más parece usted de esos otros que la Historia está digiriendo y eliminando— que el deporte es capaz de purgarse a sí mismo. Tiempo tendrá de meritar para su ingreso en el COI, ¡hombre!. No sea usted tan impaciente.

Yo era un moreno en una ciudad de rubios,
pero, caballeros, no me arredré

Jack Johnson (Heavyweight Champion)

28 de marzo de 2006