Exceso de celo
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deporte base | deporte profesional | sociedad
La semana pasada me desayunaba con la más que preocupante noticia de que un padre se había excedido un tanto en su preocupación por los éxitos deportivos de sus hijos.
Es ley natural que los padres —y madres, que no quiero que me tachen de lenguaje sexista— velemos y nos desvelemos por el futuro de nuestros hijos y nuestras hijas —dejaré aquí el tal lenguaje no-sexista por comodidad propia y para alivio del sufrido lector de mis anotaciones. Los hijos son nuestra sangre y son nuestra proyección en el futuro. Serán nuestro legado para la posteridad.
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Además de dejar encaminado el futuro de nuestros hijos, es lícito que lleguemos a intervenir, hasta el punto de inmiscuirnos más allá de lo recomendable, en asegurar el éxito de los nuestros en todas aquellas tareas que emprendan.
Es ya un poco menos ético el manipular las circunstancias y los acontecimientos para que el éxito de nuestros hijos sea un hecho. Pero todos conocemos algún puñado de padrazos de dudosa moralidad.
Y ya, si el leitmotiv de las acciones del padre es el enriquecimiento propio, la indulgencia para aceptar tal conducta llega a su fin.
Supongo y espero que el lector prudente esté conmigo en lo expuesto hasta este momento.
Pero, ¿qué dirá mi confiado lector si le informo de que el celo de este padre en el éxito deportivo de sus hijos le ha llevado no sólo a manipular el desarrollo de los acontecimientos con un fin de lucro personal sino a ocasionar la muerte de un monitor?
La ética y la condescendencia con las acciones del progenitor, obviamente, aquí no tienen nada que ver. Se trata de un vulgar homicida del que debe ocuparse todo el peso de la justica.
Y así ha sido, como pueden comprobar en la siguiente noticia:
“Causó la muerte accidental de un monitor ”
Condenado a ocho años de prisión el padre que drogaba a los rivales de sus hijos
Este individuo, porque cualquier otra forma de referirme a él supondría otorgarle un título que no le corresponde y que está lejos de mi ánimo concederle, ha tenido la cachaza de decir que sólo le movía el deseo de ver triunfar a sus hijos.
Desconozco si el juez ha dado por válida esta explicación y la haya aceptado como atenuante de la pena. Para mí no es sino una mentira más que sumar a la infame vida del necio éste.
Es curioso que sus hijos se dedicaran a jugar al tenis… No jugaban a la petanca, al tenis de mesa o a mi querido curling, deportes todos ellos más que dignos pero que no proporcionan ingresos económicos como los que se pueden llegar a ingresar jugando al tenis.
En el tenis se da una circunstancia favorable para esta inimaginable treta —imaginable para una mente retorcida—, y es el enfrentamiento directo. Dejando fuera de combate ilícitamente al rival que ha tocado en suerte queda expedito el camino para el éxito.
Esta vergonzosa acción me ha dado una malévola idea. Me imagino el papelón que harían los Lissavetzky-boys del CSD español con su doctrina draconiana para erradicar el dopaje si alguien decide drogar con sustancias prohibidas a los rivales para que en el control pertinente sean eliminados. ¿Vamos viendo como todo el que da positivo en un control antidopaje no es culpable? Pero ellos seguirán obstinados en sancionar, penalizar y culpabilizar.
Volviendo al triste tema que nos ocupa, es lamentable que la codicia haya llevado a un padre a actuar de esta manera. Me parece que la justicia ha sido, en este caso, algo blanda. Debería haberse aplicado una sanción ejemplar, porque por mucha preterintencionalidad que se le pueda aplicar al ya convicto, la premeditación no se le puede negar. Y con el agravante de buscar el lucro personal, hipótesis que ya he defendido y argumentado más arriba.
Casualmente esta semana mi amigo, y maestro de bitácora, Juan Puñetas en su siempre magnífico “Por el Arco del Triunfo” hace un llamamiento a la cordura en el ámbito del deporte a raíz de las exigencias a las que están sometidos los atletas de elite («Reflexión tras la muerte de Rollán»). Y no solamente los que salen en la pequeña pantalla a diario, sino como dice él, los que practican deportes “que ni son reconocidos mínimamente”. Me atrevo a añadir que esa presión para mejorar el propio rendimiento recae también en deportistas de modalidades de las que jamás se oirá hablar en la teletonta.
Amplío, con su permiso, este llamamiento a la cordura a esos padres y madres —aquí sí que ellas no se van a librar de mi denuncia, por mucho ninguneo que un servidor quiera hacerle a ese casposo lenguaje no-sexista— que ven un sus hijos deportistas su retiro anticipado del mundo laboral y su futura dedicación al mundo de las finanzas. A algunos “se les va la pinza mogollón”… Lamentablemente para los padres del monitor de tenis fallecido no hay vuelta atrás ni una segunda oportunidad de volver a ver a su hijo riendo entre ellos.
Y todo gracias a la codicia que el mundo del deporte —medios de comunicación, patrocinadores e instituciones entre otros agentes— ha despertado en algunas mentes endebles.
17 de marzo de 2006

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