La realidad deportiva que vivimos a diario desde dentro del bosque de los medios de comunicación de masas nos oculta montañas imponentes que tenemos delante y que están revestidas de verdades evidentes.

Tan evidentes que a veces algunos se empeñan en negarlas, tratando de que todo, incluso la propia montaña, sea bosque cenagoso y enmarañado. Me dejaré de símiles y filosofías naturalistas e iré al grano.

Hace unos años mantuve una amplia relación con un club de base de un deporte de los llamados minoritarios.

Fueron varios años colaborando en la organización de eventos y competiciones para niños, y en la dirección de eso que ha dado en llamarse escuelas deportivas.

Observamos que en una franja determinada de edades eran varios los niños permanecían en nuestra sección deportiva una sola temporada, y eso a pesar de haber progresado hasta el punto de aventajar bajo criterios técnicos a compañeros de segundo y tercer año.

Dado que vivíamos en una zona urbana claramente delimitada decidimos “ver qué estaba pasando”. Comenzamos por recabar datos de manera informal. Lo contrario hubiera podido levantar suspicacias entre los supuestos encuestados.

Vimos que nuestros niños de un único año nos llegaban de otra disciplina en la que también habían permanecido una única temporada, e hicimos especial hincapié en averiguar qué pasaba con aquellos que supuestamente debían haber disfrutado con su evolución deportiva.

Hablamos con sus ex-monitores y nos trasladaron que en esa disciplina también habían destacado, por lo que no eran capaces de explicarse el abandono del rapaz o rapaza, que también las había.

Hicimos un seguimiento de algunos y vimos que tras abandonar nuestra disciplina deportiva habían ido a recalar otra disciplina diferente a las que hasta ahora habían practicado.

Al año, con el nuevo curso, también abandonaban su nueva disciplina y recaían en otra modalidad deportiva diferente.

Con el tiempo pudimos tener una panorámica, nada formal, eso sí, de lo que estaba pasando.

Estos jóvenes no buscaban ser campeones de nada. Disfrutaban con el ejercicio físico y con los deportes, pero huían de cualquier especialización.

En cierta ocasión una madre, un tanto preocupada, nos decía que su hijo, de unos 12 años, ya había pasado por todas las escuelas deportivas del barrio, y que esperaba que por fin se asentara en la nuestra.

Le hicimos ver que al niño no le ocurría nada. Que simplemente disfrutaba con el ejercicio y la práctica deportiva. Y que al final de su infancia, sería un deportista bastante más completo que aquél que sólo sabe jugar a una cosa.

La forma de entender el deporte de estos niños es diferente a la que nos venden a diario desde los canales televisivos, las cadenas de radio y los kioscos.

Al final de su periplo deportivo estos niños jugaban más que aceptablemente a baloncesto, tenis, balonmano, fútbol y pelota; sabían patinar, nadar y pelear (artes marciales) con calidad; andaban en bici y corrían como los que más.

Los monitores se afanaban en mantener a un niño o niña que destacaba en su disciplina inútilmente.

En mi opinión este grupo de muchachos sí que entendían lo que es el deporte, y sí mantenían una visión real de lo que el deporte debe suponer en la vida de una persona sana.

No estaría mal que los ayuntamientos tomaran nota y fomentaran ese trasiego por las actividades deportivas municipales de los niños más pequeños (por lo menos hasta los 12 años), y dejarse de buscar campeones para tener ofrecer algún punto de comparación con el que apuntalar su inexistente gestión deportiva.

Y tampoco estaría nada mal que los monitores de base dejaran de buscar al campeón del barrio o del pueblo para tratar de colgarse medallas ajenas.

El concepto de “cultura deportiva” es algo parecido a esto. La competición ya no es muy sana que digamos; pero con la especialización se convierte en una enfermedad psicosomática.

La alta competición, forzar el organismo más allá de los límites, ya de entrada es un riesgo para la salud. Pero este esquema es el que se nos vende a diario desde los medios de información-deformación y es, por tanto, la imagen que percibimos del deporte. La otra realidad deportiva, la que quizá sea más verídica, permanece oculta entre el bosque pantanoso de la información deportiva, apartada del mundanal ruido y del brillo de las medallas y los flashes.

10 de febrero de 2006