Antes de entrar en materia permítaseme hacer una diferenciación entre queja y protesta sin recurrir en esta ocasión al diccionario de la RAE. Entiendo que la queja es una acción pasiva y que la protesta mantiene una postura más activa. Cuando se emite una queja parece que se espera a que aparezca un tercero y se digne escucharla.

Por contra, cuando alguien protesta lo hace de forma más enérgica, se da por seguro que al tercero le llegará la reclamación, e incluso se proponen soluciones para que se satisfaga la demanda. De alguna manera con la protesta se actúa para que las cosas cambien mientras que con la queja se espera a que lo hagan.

Se quejan los indolentes y protestan los “polémicos”, aquellos que tienen esperanzas de que la situación cambie en la línea deseada. Lamentablemente observo que somos pocos los que protestamos y que sí son muchos los que se quejan.

Los estudiantes, por definición un sector muy activo, protestarán por un recorte en el horario del almuerzo. Mientras, los usuarios nos quejamos de una subida del precio de los combustibles seguramente porque no esperamos que nos hagan mucho caso.

Evidentemente esta cuestión semántica es una apreciación particular de quien tuerce estos renglones. Pero pretendo servirme de esta diferenciación para el asunto que hoy me he propuesto trasladar a la opinión pública.

Oigo a menudo una queja generalizada sobre los horarios escolares y su escasa flexibilidad para compaginarse con los entrenamientos deportivos. Debe tratarse, pues, de un descontento que no aspira a ver una solución…

Quedará para otro día el debate sobre que esa queja conlleva otorgar una importancia desproporcionada al deporte de competición y aceptaré el planteamiento como válido, al menos porque es permitido que algunos jóvenes pretendan dedicarle más tiempo al deporte que al estudio.

Reflexionando sobre el particular observo que el plan de estudios sí ha podido ser modificado para aquellos jóvenes que están en un Centro de Alto Rendimiento Deportivo. También ha podido ser adaptado para aquellos deportistas que se encuadran en los planes de una empresa deportiva, llámese SAD o de cualquier otra forma, ocupándose esta empresa también del alojamiento y manutención del posible futuro as del deporte.

Pero la inmensa mayoría debe adaptar sus entrenamientos a los horarios escolares del centro docente donde cursan estudios, lo que ocasiona las quejas de algunos padres, que suelen ser aquellos que aspiran a que sus vástagos les retiren del mundo laboral merced a futuros contratos millonarios.

Ya he dicho en otras ocasiones que no comparto estos planteamientos paternales, pero no puedo dejar de aceptarlos por ser lícitos (desde un punto de vista legal).

Los padres se quejan de la poca flexibilidad de los horarios, pero no se ha emprendido ninguna protesta tal vez porque asumen que el planteamiento educativo debe imperar por encima de argumentos deportivos.

Por su parte, las federaciones deportivas no facilitan en nada las labores escolares de sus deportistas. Una vez más se copian literalmente los moldes establecidos en el deporte profesional y se trasladan al deporte base, el cual entronca directamente con el deporte escolar.

¿Son necesarias e inevitables esas ligas escolares que abarcan desde septiembre hasta junio? ¿Son necesarios esos grupos conformados por 18 y 20 equipos de deporte base? ¿Qué sentido tienen? Esto en lo que concierne al fútbol, pero en otros deportes con menos adeptos y en consecuencia con menos equipos infantiles ocurre tres cuartos de lo mismo.

Estas federaciones no tendrán grupos tan numerosos como para forzar una liga de nueve meses, pero cuando acaban los Juegos Escolares Provinciales, o las ligas federadas, en el mes de febrero o marzo, las federaciones territoriales hacen la gracia convocando otro campeonato con el formato de eliminación a doble partido para que quienes no se han clasificado en las fases regionales sigan compitiendo una y otra vez contra los mismos equipos de siempre.

Alguien pensará que quienes son eliminados a las primeras de cambio en este segundo torneo anual podrán disfrutar desde finales del mes de marzo de tiempo suficiente para preparar los exámenes del último trimestre.

Pero en nuestro afán de emular las grandes competiciones de los profesionales, los adultos regalamos a nuestros jóvenes deportistas con los Juegos Escolares Municipales o Intermunicipales (que el nombre es lo de menos) en una carrera irreflexiva para lograr que la competición finalice cuando lo haga el curso escolar, como si competición fuera sinónimo de diversión, formación y de evolución deportiva.

Desde luego que no queda tiempo para centrarse en los exámenes finales; pensemos que no todos son niños de 8 años, y algunos mocitos y mocitas se encuentran en cursos avanzados que precisan de algo más de dedicación para ser superados (no pretenderemos que 4º de la ESO sea tan sencillo como 2º de Primaria).

Ahora retomo la queja de esos padres preocupados porque sus retoños puedan dedicarle tiempo a la competición deportiva en vez de dedicarle tiempo a la competición educativa (ya he dicho que es cuestión de prioridades todas ellas, quizá, respetables).

¿No sería posible que las federaciones tomaran conciencia del problema y priorizaran otros métodos de aprendizaje deportivo en detrimento de la competición pura y dura? Soy consciente de que sería mucho pedir.

Pero sí se podrían encontrar otros formatos de competición que permitieran a los alumnos centrarse en lo que realmente debe ocupar a un alumno, que es el estudio, sobre manera en ciertas épocas del año. A mí se me ocurren unos cuantos formatos alternativos. Y es posible que así, de rebote, aquellos que dan importancia a los estudios pudieran dedicarse también a practicar deporte de competición.

Actuando sobre los calendarios deportivos se posibilita la compaginación entre los horarios escolares y los del rendimiento deportivo infantil, asunto éste al que algunos son tan proclives. En otros países se hace; ¿por qué en el nuestro no va a ser posible?

Estoy convencido de que este es tema para un debate mucho más amplio en el que deberían involucrarse federaciones deportivas, consejerías de educación y otros agentes sociales.

Aunque mientras no se tome una iniciativa institucional (y en tanto las direcciones generales de deportes sigan agasajando a los más aguerridos competidores infantiles) el modelo deportivo de España seguirá siendo el que tenemos. Para solucionarlo habrá que protestar, porque ya vemos que quejándose no se consigue nada.

Aquí les dejo a los Lissavetzky-boys un buen toro de lidia deportiva, si es verdad que quieren mejorar el modelo deportivo nacional.

21 de febrero de 2006
¡Felicidades, Ana Rosa!