El otro día estaba con mi hijo más pequeño viendo un álbum de fotos de aquellas en blanco y negro. Ya el “peque”, de casi cuatro años, estaba algo amoscado viendo estas fotos sin color sacadas de algún arca familiar, polvorienta y olvidada.

El niño, bendita inocencia, me vino a decir que no se imaginaba un mundo así, en dos colores. Mientras pasábamos las páginas del álbum, me vi explicándole que simplemente las cámaras en aquel entonces no recogían el color, y que la tele también era en blanco y negro.

Quiso el niño ver la tele en blanco y negro, “para ver como se ve”, y mientras la encendía y le quitaba el color, él siguió pasando las hojas del álbum familiar y viendo fotos.

Llegó a una en la que estaba yo con un balón de fútbol en los pies, de esos que había antes, cosido con gajos de cuero.

Me preguntó que quién era el niño, y le dije que era yo con un balón de reglamento.

—¿Balón de reglamento? —preguntó uno de sus hermanos, siete años mayor que él, y que andaba por allí para no perder la oportunidad de reírse del pequeño, tal y como estaba haciendo en ese momento con el asunto del blanco y negro—. ¿Qué es un balón de reglamento?

—Pues éste, que era un balón de Primera División.

—¡Ah!, un balón oficial, quieres decir.

¿Oficial? Pues sí. Así se llaman ahora los balones de reglamento. Y aquellos que eran “de imitación”, por supuesto más baratos, ahora se llaman réplicas. Y según me informó mi hijo el mediano, hay réplicas oficiales y réplicas “txungas”.

Curioso este lenguaje tan técnico que hemos incorporado al habla coloquial. Pero lo que me ha llamado la atención es pensar que esta vez no se trata de la influencia de un barbarismo, incorporado gratuitamente a nuestra lengua.

Esta nueva moda del lenguaje viene propiciada por una sociedad mercantilista, en la que todo vende.

La definición “balón de reglamento” no es vinculable a una marca, sino más bien a un reglamento que a quién rábanos le importa lo que dice y menos dónde encontrarlo. Mientras que balón oficial ya nos habla de una marca y de una federación.

Para oficializar un balón, o cualquier adminículo deportivo, hacen falta dos actores. Uno que paga un monto, por supuesto, para que oficialicen su material deportivo, y uno que cobra, por supuesto también, que oficializa el material deportivo del primero.

¿Y en qué se diferencia el balón de la firma oficial al de las otras tres que optaban a la oficialización? Seguramente todos los balones eran de una calidad superior. Por eso quien se llevará el gato al agua es quien más dinero haya puesto sobre la mesa. Eso sí, no necesariamente en metálico todo ello. La negociación incluye una serie de ventajas, prerrogativas y exclusivas.

En otros deportes a esta vía de ingresos de las federaciones se les llama “homologación”. La homologación es menos exclusiva; varias marcas pueden ver a la vez homologado su material. Pagando todas ellas su porqué, evidentemente. Sin embargo, el que exista un producto oficial de una marca dada excluye que pueda haber otra marca con la patente de oficialidad.

Así que, ¿cómo demonios vamos a dejar que se llame balón de reglamento una pelota que ha costado una millonada conseguir que sólo se pueda jugar oficialmente con ella, y se lleve la gloria el dichoso reglamento que nadie ha leído pero que todos conocen?

Conste que hablo tanto de los balones de fútbol, como de baloncesto, como de fútbol americano… En todos los sitios hay ahora balones oficiales. Y réplicas más o menos oficiales, o más o menos txungas.

Así es que para quedar bien, regalamos o nos regalan un balón oficial, que está mal visto regalar una réplica. Y si vamos a jugar con los amigos, queremos jugar con el balón oficial, que para eso conocemos todos los equipos de la “Chámpiñon Li”. Y si alguien viaja a los USA, le encargamos el balón oficial de la NBA. Y es que somos así de catetos. La publicidad vende los productos de las grandes firmas. Pero somos nosotros quienes los compramos.

No sé en qué momento hemos empezado a utilizar la terminología “balón oficial”; creo que nos la han colado de rondón. Pero a mí me sigue gustando más decir un balón de reglamento. Imagino que esta definición clásica va a quedarse para aquellos balones de cuero cosidos con gajos; aquellos que cuando se mojaban sólo los mayores se atrevían a rematar de cabeza.

13 de enero de 2006