¡Qué no!, qué no tengo nada en contra del fútbol. Como deporte sí que me parece algo primitivo, aunque quizá ahí radique su encanto, en su sencillez y en la facilidad con la que todos son capaces de darle una patada a un balón. Pero las cosas no son como las quieren presentar los interesados y los ineptos que revolotean a su alrededor. Unos lo saben y otros se lo creen, y entre todos han creado un manto de deporte divino que no le pertenece.
Me pareció que la cosa prometía, así que me quedé y pedí otro café que no tenía ganas de tomar (era el quinto del día). Qué pena de grabadora, llegué a lamentar más tarde. Uno se deja el casete en el coche en el momento más inoportuno. Así que no puedo asegurar que la trascripción del siguiente discurso, cogido a vuela pluma, sea fiel al original.
[…] esto del fútbol no deja de tener su coña marinera. Los grandes equipos acumulan deudas a la Seguridad Social por cantidades que en otros sectores económicos son inacumulables. Sencillamente porque serían embargados por el Estado al año siguiente.
Cuando Hacienda pretende hacer efectivas otro tipo de deudas, se llevan las manos a la cabeza y dicen que el director general de turno pretende cargarse el fútbol. En realidad lo que hay que hacer es cargarse el sistema actual por el que el fútbol goza de privilegios.
Y el fútbol base no se libra de la prepotencia futbolera. La legislación vigente exige titulaciones deportivas para estar al frente de un equipo de niños. En el fútbol se descuelgan diciendo que si exigiesen esas titulaciones a todos se acabaría el fútbol base. Tremendo drama nacional si llega a ocurrir, sí señor.
Y aún van más lejos. Entrenan en el campo de fútbol municipal. Que es campo de fútbol porque durante los últimos cincuenta años en este país de raquitismo deportivo no ha habido otra oferta. Y ahora que es posible ampliar la oferta deportiva para quienes lo deseen, y otras actividades precisan de un campo de entrenamiento, utilizan sus poderes fácticos para que el ayuntamiento de turno niegue a otros vecinos el acceso al campo de entrenamiento MU-NI-CI-PAL.
Claro, claro. Además de pisarles la hierba durante el tiempo en el que los futboleros no lo usan, el que existan otras alternativas deportivas supone una resta de efectivos. Los niños tienen donde elegir y el fútbol del pueblo y del barrio verá reducida su demanda.
Ese raquitismo y estrechez de miras está también instalado en algunos ayuntamientos, donde se extrañan y se escandalizan de que un “campo de fútbol” pueda ser utilizado para otros deportes “di que” extranjeros (joder, y qué coño es el fútbol, sino inglés). ¿Cómo explicarle al concejal deportivo del ayuntamiento que debe hacer valer el criterio de utilización polivalente de la instalación pública ante un grupo de directivos futboleros acostumbrados a campar a sus anchas todos estos años?
La prepotencia futbolera siempre estuvo presente en los colegios. El niño que no jugaba al fútbol en el recreo era el rarito de clase, y era discriminado por los machotes. Ahora parece que se está tomando verdadera conciencia de problemas de este tipo y se comienza a hablar de acoso en las aulas. Que sí, que siempre lo ha habido. Pero no por eso vamos a seguir permitiéndolo.
Si oyes hablar a ciertos ídolos futbolísticos cuando se critican las acciones dentro del terreno de juego, pregonan algo así como que “lo que se dice en la cancha queda en la cancha”. Así, pretenden que si a un señor lo llaman “puto negro de mierda” en el campo de fútbol, se tiene que joder, y ese acto racista debe quedar impune porque los futboleros, siempre con prepotencia, pretenden vivir al margen de las leyes que rigen en la sociedad en la que vivimos.
Vamos, que debería haber dos leyes. Una para el ciudadano de a pie, y otra para los “futbolistos”. Si el defensa carismático ese le rompe la rodilla a otro jugador en lo que a cualquiera le parecería una agresión, pues “son cosas del fútbol”, y mala suerte, chaval.
Y si se golpea, se zarandea, se escupe o/y se insulta a la autoridad deportiva que debe existir en todo campo de juego, pues el fulanito dice que “las pulsaciones las tenía a doscientos y nos estamos jugando mucho”. Pero de ir a comisaría nada de nada, que la ley es para otros, no para los que están vestidos de corto.
Lo que ocurra en torno al fútbol siempre es discutible. Incluso las federaciones internacionales se sientan a la mesa a negociar con la Unión Europea la aplicación de sus leyes en el ámbito del fútbol. Que mire usted, señor eurodiputado, que la ley Bosman nos ha hecho un agujerito, y que el fútbol profesional es diferente a los otros sectores económicos y necesita de un trato especial. Que si no cambian ustedes sus planteamientos se van a terminar cargando el fútbol (tremendo drama internacional, digo yo).
Lo fácil sería que el fútbol cambiase sus planteamientos y se adaptase a la legislación occidental; pero no, pretenden que los países occidentales cambien sus leyes y las adapten al fútbol.
La legislación antidopaje ha de ser también específica para el fútbol; no les sirve la legislación internacional que se aplica en todas las otras modalidades deportivas. Todo es discutible para los organismos internacionales que gobiernan el fútbol. Que si la presión mediática, que si la sobrecarga de encuentros, que si las lesiones no respetan…; y claro, los chicos deben tomar ciertos suplementos para rendir en la cancha partido tras partido.
En los demás deportes no puede uno salirse del guión, porque el omnipresente CSD, el banco de turno, o un medio de comunicación poco oportuno, te sitúa en la picota y quedas marcado. Pero para un futbolista todo es disculpable. Incluso que suspenda los exámenes de la ESO y se convierta en un zopenco de por vida. El niño está sacrificando sus estudios por el fútbol; ¡’cuidao’! que no es que suspenda por gusto, es que se le exige mucho y las leyes del país no están hechas para compaginar los estudios con los entrenamientos del fútbol.
Eso sí, cuando otras modalidades deportivas protestan (aquí en el bar, porque en ningún otro lado les van a permitir un minuto de queja) por el excesivo trato almidonado que recibe el entorno del fútbol, va el chiquilicuatre de turno y le larga que esas modalidades lo que sienten es envidia. Que el fútbol es el que más deportistas tiene porque alguien tenía que ser el que más tuviera.
Es cierto que el fútbol es el deporte que más seguidores tiene en Europa; pero hay teorías que apuntan que no lo es por sus bondades, sino porque desde finales de los años ‘20 ha sido el único que se ha dejado manejar por la clase política que ha estado gobernando en cada momento. Vamos, que son los únicos que se han vendido al poder establecido en cualquier momento. Triste honra, ciertamente, cuando hasta se han ‘apañao’ campeonatos del mundo.
Pues ya me gustaría ver a mí a estos directivos de barrio en un entorno en el que el fútbol no fuera tan mimado por la sociedad. Serían incapaces de levantar su deporte. Y a las pruebas me remito. Quienes afrontan mil una peripecias por su modalidad deportiva son los directivos de los deportes abandonados. Un directivo de fútbol no soportaría por mucho tiempo la falta de medios en que se ven en otras modalidades.
Quienes optan por dedicar sus horas libres al club de fútbol del barrio lo encuentran todo almibarado. Todo va sobre ruedas. Todo se lo dan hecho a estos del fútbol. Incluso el trabajo de captación entre la base.
No hay más que abrir un club de fútbol para que enseguida se te llene de chiquillos. Todos saben qué es eso del fútbol; todos lo ven a diario en la tele. Y el ayuntamiento le dará una subvención y le comprará las camisetas, si no llega antes un honrado comerciante que pondrá el dinero en la mesa para comprarlas. ¡Ja!, vete explicándole al concejalillo de deportes o al del almacén de la esquina que haces un deporte del que nunca han oído hablar (porque la cultura deportiva española llega hasta saber el país de origen de Ronaldo y de Messi).
En esta Autonomía se convocan subvenciones exclusivamente para los clubes de fútbol. Nadie más puede optar a esa partida presupuestaria. Sí es verdad que después se convoca otra subvención, con un presupuesto similar, para todos los clubes deportivos regionales. Y no es que la comparación ofenda, sino que a esa partida presupuestaria también tienen acceso los clubes de fútbol; porque hacen deporte, obviamente.
Y después nos maravillamos cuando en los Juegos Olímpicos no se ganan más que cuatro medallas.
Y qué decir si con mucho trabajo obtienes un éxito de medio prestigio; un campeonato de Europa por ejemplo. El futbolero del barrio no es que sienta envidia, no. Te mira por encima del hombro y devalúa tu mérito diciendo que era algo fácil, porque en tu modalidad deportiva hay pocos deportistas. Carajo, un campeonato de Europa es fácil. Se ve que esta gente el deporte extranjero lo conocen de oídas.
No intentes explicarles que en Alemania, Holanda, Suecia, Inglaterra o Italia tu modalidad deportiva forma parte del programa educativo de los centros escolares, y que el potencial con el que se cuenta en esas naciones es arrollador para compararlo con nuestros españolitos que se baten el cobre para representarnos más dignamente que estos del futbolín nacional.
No merece la pena que compartan las mieles de una dura victoria, como cuando se ha vencido a naciones con mayor potencial en un deporte que sus respectivos gobiernos miman. Pero en el fútbol del barrio, sabedores de que nunca traspasarán las fronteras de la región, se permiten hacerte de menos cuando tus muchachos se alzan con un título continental, a pesar de que tú te alegres cuando sus niños suben a primera regional. Y es que la mezquindad de las gentes, amigos, no tiene límites.
El hombre, consciente de que se había ganado la audiencia en el bar, se había ido acercando a la puerta de salida e hizo coincidir sus últimas palabras con el golpe del cierre que esos muelles que nunca vemos en la parte alta de las puertas las hacen dar cuando están mal ajustados. No quise estropear el efecto y no salí corriendo tras él, como me hubiera gustado. Al cabo de un ratito rompí el silencio.
—¿Quién es él? —inquirí.
—Un ‘chalao’ —dijo alguien lentamente—, uno de esos que dicen verdades como puños; la gente no les da crédito y prefieren etiquetarlos como ‘chalaos’.
23 de diciembre de 2005
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(Jean Dolent)















“¿Y qué culpa tiene el fútbol si vienen cuatrocientas televisiones, lo meten en una caja tonta y lo retransmiten a todo el planeta?”. Esta es una de las últimas paridas que he colgado en mis “citas puñetero-deportivas” del arco del triunfo.
El gran éxito del fútbol es que lo pueden ver en un estadio con capacidad para miles y miles de personas (hasta más de cien mil, cuentan las crónicas) gentes de todas las facultades intelectuales: desde los que tienen el cerebro más vacío que el bolsillo de un indigente hasta los cabezas de huevo que -para ganarse el favor de las masas y venderles unos cuantos libros- alaban este deporte como si fuse una conjunción astral llena de magia, arte, aventura y fantasía.
Para ser practicante del mismo tampoco hacen falta grandes cualidades. Pa qué nos vamos a engañar. Luego está el poder, que sabe apropiarse de todo aquello que vaya en su propio beneficio (en este caso, el atontamiento del personal, que es capaz de salir en masa a la calle porque su equipo gana una copichuela y en cambio se queda en casita rumiando aunque media ciudad esté a oscuras por falta de farolas). Le echamos al invento esa estúpidas ansias de diluir nuestra individualidad en un grupo que nos da ciertas señas de identidad colectiva y ponemos la guinda del negocio que hacen con él los que se dedican a la cosa del pastoreo mediático y mercantil. Et voilá: la ración diaria de fútbol, para desayunar, almorzar, merendar y cenar.
Pese al fútbol mismo. Deporte que -como tú- me encanta criticar porque lo han convertido en la vida misma: un asco. Pero me gusta siempre hacerlo desde la distancia, alejado del mundanal ruido de los campos y canchas, de las burdas conversaciones sobre la pata chula de Ronaldo o la genialidad de su primo el del Barça. Yo a quien le daría un balón de oro es al investigador que ha hecho que me ponga bueno de esta maldita gripe. O al inventor del teléfono, la radio o las castañuelas. Pero comprendo que en ciertas cosas soy un señor la mar de rarito. Uno al que le gusta ver el fútbol como el que disecciona una mariposa por el simple hecho de querer comprender de qué está hecha la sabiduría y estupidez de nuestro mundo natural y artificial. Un rollo, vamos. Pero no veas qué interesante… Tanto como ver el mismo partido cincuenta veces al año.
Acabo con otra cita puñetera: “Habló la afición y dijo…mú”. Cosas del césped…
Pues así es, Juan. Hay que sufrir a los borregos que pululan alrededor del fútbol. Quizá porque es más fácil ser borrego en el fútbol que en otro deporte con reglas más elaboradas. Sí, en los deportes algo más complicados de entender la gente se comporta de otros modos. Mira, el boxeo es la mar de simple de entender, y todos sabemos el comportamiento de gran parte del público en las veladas. Es como si una mínima complejidad para entender las reglas básicas de un deporte supusiera un freno proporcional para los mentecatos.
Y estamos de acuerdo. El fútbol no tiene la culpa. Como se dice en el discurso, si no fuera el fútbol sería otro deporte el que mayormente concitara a las masas…
Pero yo me pregunto, ¿por qué otra realidad ha de ser necesariamente como la que ya tenemos? Es decir, ¿por qué ha de haber un deporte que sea tan abrumadoramente el mayoritario hasta el punto de que el segundo en ese particular ranking esté a “seguidores-luz” del primero?
Me gusta seguir siendo un “chalao” y aunque he jugado al fútbol…a los fanáticos del balón no los trago.
Se pasan el fin de semana leyendo periódicos, viendo el telediario y oyendo la radio para al llegar el lunes por la mañana se griten los unos a los otros los resultados en el bar.
¿Tan importante es que me lo he perdido?
Dejadme desayunar…
@ harald50
Ya sabes que aquí ‘chalaos’ somos todos los que no viajamos con la mayoría. Pero cuando ir con esa mayoría supone ver eliminada tu capacidad de pensar por ti mismo, yo también me siento a gusto siendo un ‘chalao’.