Homo Plus

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La lucha contra el dopaje se está convirtiendo en un circo que acabará justificándose a sí mismo, sin otro motivo que el mantenimiento de una estructura económica que dé de comer a un buen puñado de directivos, varios de ellos pertenecientes a las noblezas europeas, ese estamento parasitario e improductivo que lastra económicamente nuestra sociedad, y que nuestros gobiernos europeos se ven incapaces de enterrar definitivamente en los cuadernos de Historia.

La nota de prensa hecha pública por la AMA tras uno de sus simposios internacionales me ha creado una nueva preocupación añadida por los que pagamos diaria y constantemente a las arcas públicas con impuestos recaudados a través del combustible que repostamos o de los bienes de consumo que adquirimos.

Nuestro CSD, con don Jaime I “el Azote de dopados” a la cabeza, ya estarán suscribiéndose a este nuevo capítulo de la novela, lo que a buen seguro se llevará buena parte de nuestros dineros públicos.

Se preguntará el audaz lector de este cibercuaderno sobre mi cambio de parecer en lo que respecta al dopaje. Pues no, sigo oponiéndome a tales prácticas. Ocurre que ahora los mandamases internacionales se encuentran persiguiendo una quimera y temo que esta ilusión se sufrague con los dineros de todos.

Juzguen ustedes mismos. En la nota de prensa nos avisan de que llega, ha llegado, o puede llegar el dopaje genético: Médicos y dirigentes avisan sobre el dopaje genético.

Lo aterrador del caso no es el hecho del dopaje genético en sí, no señor. Lo ridículo, lo esperpéntico, es esa indefinición. No saben si existe, ni siquiera si es viable. Bien pudiera ser que esto del dopaje genético fuera poco rentable; que la inversión necesaria fuera superior a los beneficios que pudiera reportar. Eso sí; el COI y la AMA avisan de que no saben cuando, pero que sí podrán detectar algo que no saben si se utiliza. Y los gobiernos más quijotes, entre ellos, como no, el español, se lanzarán a apoyar económicamente esta sinrazón olímpica.

Es el colmo de la autojustificación de un organismo. A estas alturas sabemos que esta nueva maquinaria económica (contra el dopaje) ha sido posible por los beneficios que genera. Hay mucha gente comiendo gracias a la lucha antidopaje. Y hay muchos directivos que han encontrado un buen paraguas protector en la lucha antidopaje. Ahí, si son dóciles, pueden ver cómo llegan los días de su retiro.

Y es que esto del deporte, manejado hábilmente desde el COI, se está convirtiendo en el asilo de la nobleza, otrora dedicada a cazar y divertirse, y a divertirse y cazar. Justificar su existencia, en el siglo XXI es posible suscribiéndose a este tipo de causas; el COI, la AMA, Cruz Roja u otras organizaciones internacionales de características similares.

Pero estos nobles no trabajan de papo. Sus honorarios reales permanecen secretos, guardados por las altas esferas, desde donde prefieren tenerlos contentos con estos juguetes, o recalificarlos como asesores incompetentes de empresas multinacionales en las que diez o doce sueldos de alto nivel no suponen una carga para sus presupuestos anuales, antes de que la nobleza, que sigue siendo un poder fáctico al que conviene mantener contento, se vea en la cola del paro.

Por otra parte, alrededor de la nobleza se ha generado un microsector económico que da empleo a una cohorte de parásitos y simbiontes, tales que paparazzis y genealogistas reales afeminados, quienes, cual moscas, revolotean y se alimentan de lo que a esta nobleza se le va desprendiendo. Así, se mantiene ocupados a nobles y coprófagos.

Y ahora, en una vuelta de tuerca más, para mantener en candelero la llama de la lucha contra el dopaje, se nos descuelgan con una novela de ciencia ficción que me recuerda aquella titulada “Homo Plus”, de Frederik Pohl, en la que un ser humano era alterado para ser enviado a Marte con técnicas que a buen seguro hoy serían consideradas dopantes (fue escrita en 1976).

Me viene también a la memoria una película del hoy gobernador de California, ese austriaco inclemente con los presos americanos condenados a muerte. Aquella comedia titulada “Los gemelos golpean dos veces”, coprotagonizada por Danny de Vito.

Los de la AMA nos quieren hacer creer que con el tiempo alguien llevará a la práctica el experimento genético que da pie a esta comedia, un proyecto de ciencia ficción para lograr el hombre más completo, un super-mega-campeón en lo intelectual y en lo físico.

Parecen seguros de que algún gobierno (totalmente maligno, por supuesto) creará un ejército de niños clónicos capaces de ser campeones olímpicos. El desembolso no contará para ese gobierno, sino únicamente la gloria olímpica.

Pero este argumento tiene mucho de narcisismo y de autocontemplación, pues presupone que los Juegos Olímpicos y el deporte en general despiertan un interés tal que cualquier gobierno (o corporación, empresa, SAD, equipo profesional…) tratarán de conseguir una medalla sin escatimar gastos.

No hay que desdeñar tampoco un efecto similar al que apunta la policía científica norteamericana. Tras los éxitos de las series “C.S.I.” los investigadores están encontrando que los criminales dejan menos huellas tras sus crímenes, llegando a borrar incluso pruebas microscópicas y genéticas. Así, es probable que el trabajo de investigación de quien dice trabajar contra el dopaje abra nuevas vías a quien piensa en dopar deportistas.

Este último capítulo del matrimonio AMA y COI habla de una charlotada: atajar los medios para delinquir antes de que el malhechor disponga de ellos para que delinca. Interpol, por ejemplo, podría tratar de interceptar a quienes, tal vez valiéndose de técnicas mentales, pudieran leer los pensamientos de las personas y obtener así las claves de acceso a su banco en Internet. No se sabe si es posible, pero en previsión de que lo sea pueden investigar en esa línea y destinar presupuestos para ello. Dineros públicos, claro…

30 de diciembre de 2005    buzón de alcance

“Toda palabra dicha despierta una idea contraria” (Goethe)
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 De himnos y patriotas

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Hay en España un sinnúmero de patrioteros que contrastan con la falta de estímulo que sentimos la mayoría para guardar compostura ante símbolos como bandera e himno, y hacen alarde estentóreo y extemporáneo de patriotismo, llegando a entonar un himno que no tiene letra o a saludar de formas extrañas a una bandera de la que no sabrían explicar bien su origen. También los hay que, aún reconociendo tácitamente encontrarse entre la mayoría citada, no pierden el momento de reivindicar mayor patriotismo en el país cuando los chicos de las selecciones deportivas de otros lugares cantan a coro sus respectivos himnos nacionales, tomando así la parte por el todo. Vaya para todos ellos la anécdota que me dispongo a relatar a modo de piedra de toque.

El sucedido viene a cuento porque en este mes de diciembre se habló de la conveniencia de los himnos en los eventos deportivos internacionales. Lo sacó a colación Joseph Blatter, presidente de FIFA, tras la falta de respeto con que fue recibido el himno de su país en un partido de esos “a cara o cruz”, por decirlo de una forma poco bélica.

Decía yo en un artículo que publiqué tras las manifestaciones del presidente de la FIFA, que esto de los himnos en el deporte no añade más que una nota de color, y que nunca han sido necesarios. Y añadía que para entender el disgusto del suizo quizá haya que sentir de verdad los himnos. Nuestro país, hay que reconocerlo duela a quien duela, no se distingue por comulgar con manifestaciones patrióticas como banderas e himnos.

Ocurrió en una zona muy turística de este Cantábrico mío, en pleno verano. Una multitud se había concitado en el bar de mi amigo Berto. Era un sábado del mes de agosto, mercado semanal en la localidad. Mi amigo, un apasionado del boxeo que había llegado a reunir más de un centenar de cintas de vídeo con combates estelares, grandes combates de las estrellas pugilísticas del momento, gustaba de pasarlas en su bar.

Si algún boxeador hay que destacar en la videoteca de Berto ese es Julio César Chávez. El mexicano había sido nuestra pasión hasta el punto de contagiar a todos los aficionados de la localidad y ganarse aún más adeptos para la causa boxística.

Si sería efectivo el contagio, que las noches en las que se retransmitía una velada con Chávez como protagonista, a eso de las cuatro de la madrugada, no eran pocos los bares de la zona que reunían a diferentes grupos de aficionados.

El caso es que las veladas con el púgil de Culiacán habían ido quedando registradas en las cintas del bar de Berto. Allí sólo se grababan las grandes peleas. Y si alguna defraudaba, se borraba. Las del guerrero mexicano siempre fueron apasionantes, y los estudiosos del noble arte encontrarán en ellas una escuela de boxeo donde aprender un poco más.

Pero Berto tenía una manía, la cual compartíamos todos. Y era que grababa la presentación íntegra de los combates de Julio César Chávez; y eso incluía los himnos. Dado que casi siempre peleaba contra estadounidenses, los himnos se repetían una y otra vez. Lo único que variaba eran los intérpretes contratados, que casi siempre a capella entonaban el himno americano y después el himno mexicano, en honor al campeón. Cierto que existen himnos que no tienen música, únicamente letra, y es posible que éste fuera el motivo de ser cantados a pleno pulmón; nunca me he preocupado de certificarlo.

El himno mexicano tiene dos particularidades. Primero que entendíamos el texto, y segundo, que su letra es muy marcial. Se dice de este himno que es uno de los más bellos jamás compuestos.

“Mexicanos, al grito de guerra
el acero aprestad y el bridón
y retiemble en su centro la tierra
al sonoro rugir del cañón.”

Esta estrofa inicial llegó a ser especialmente coreada por todos los que nos reuníamos en las madrugadas del sábado al domingo. Con ello subía muchos enteros el ambiente en el bar, que aunque estaba cerrado al público, seguía despachando cafés y alguna bebida quizá más estimulante que tonificante. Nuestras simpatías por Chávez nos habían llevado a aprendernos algunas estrofas del himno mexicano.

Al día siguiente, quien no había tenido el gesto de acompañarnos en la velada, sabía que podía ver el combate a partir del café de la tarde. Berto se llevaba a la cama el vídeo, para que sus padres no lo pusieran por la mañana y así, de alguna manera, hacer sufrir a los “sacrílegos” que pretendían disfrutar del combate cómodamente al día siguiente, no sin antes, y con cierta maldad, hacerles partícipes del resultado por adelantado.

Berto ponía el combate de Chávez desde el principio, incluidos todos los prolegómenos. Pero incluso los sacrílegos gustaban de ver íntegra la presentación, siempre espectacular, y los himnos cantados a capella. Cuando llegaba el himno mexicano, y desde ahí hasta el final, se subía el volumen de los altavoces. En las tardes después de los combates nos reuníamos casi todos los de la noche anterior más los sacrílegos, y en verdad que la gente se calentaba con los preliminares aunque se conociera el resultado.

Y es que en la tarde de un domingo de invierno, en un pueblecito costero del Cantábrico, por muy turístico que sea él, no hay mucho más que hacer. Las cintas quedaban tal cual se grababan la noche del combate. Y en las mañanas de los sábados, días de mercado, no faltaba quien pidiera en el bar de mi amigo un buen combate de boxeo. Dado que la afluencia de clientes los sábados incrementaba el trabajo tras la barra, no era posible andar buscando el comienzo de los combates. Así pues, si en la cinta de turno peleaba Chávez, ya sabemos que había media hora de prolegómenos antes de disfrutar de las enseñanzas del maestro.

Y así ocurrió en la mañana de un sábado del mes de agosto. El bar estaba especialmente lleno. Lleno a rebosar en esa hora en la que confluyen los clientes que abandonan el comedor con los que aguardan una mesa libre para entrar en él, más los rezagados que todavía permanecen conversando en la barra y disfrutando de un aperitivo.

Cuenta Berto que había puesto una cinta en la que el combate de fondo era uno de Chávez, de tres o cuatro años antes. Eso la hacía aún más valiosa. Había colocado una cinta VHS-180 en el reproductor pensando olvidarse así de la televisión en las horas de mayor ajetreo.

El bar se encontraba, repito, atestado de gente. En un rinconcito, en una de las mesas del bar, justo debajo del gran televisor y a la entrada de la puerta de acceso al comedor, había una familia de cuatro miembros compuesta por los padres, una adolescente y un jovencito de unos doce años. El volumen del aparato no estaba precisamente bajo, pero el murmullo del bar era atronador a esa hora e impedía seguir la narración de los combates desde el otro extremo.

La cinta fue avanzando hasta llegar la presentación del gladiador mexicano. Berto no prestaba atención al vídeo que habría visto cien veces, pero de alguna manera era consciente de que estaba a punto de llegar el himno mexicano. Y por fin llegó. El cantante invitado en la velada, una vez más a capella, entonó a pleno pulmón el himno mexicano: “Mexicanos al grito de guerra…”

Nada vez más oír las primeras notas la familia que estaba bajo el televisor, ajena a lo que en él se estaba visionando, se levantó solemnemente y con la mano derecha en el corazón comenzó a cantar su himno, puesto que eran, como supimos después, mexicanos.

Los clientes más cercanos a esta familia comenzaron a guardar silencio, y cuenta mi amigo que ese silencio se fue extendiendo como una onda por todo el bar. La súbita ausencia del rumor de la cháchara hizo levantar a Berto la mirada de los limones que estaba cortando para ver y oír con total nitidez cómo la madre recriminaba a la hija adolescente, que permanecía sentada, y le decía con ese gracejo mexicano que tanto nos gusta en España: “levántese por favor, que también es su himno”.

La chica obedeció sin rechistar y la familia permaneció durante toda la interpretación musitando su himno nacional. Cuenta Berto que el silencio se hizo para él algo incómodo, y pensó en apagar el vídeo para liberar a aquella familia de ese deber autoimpuesto. Sólo se lo impidió la idea de que podían sentirse agraviados.

El público permaneció callado los casi dos minutos que creo recordar que dura el himno mexicano. Berto nunca supo si interpretar aquel silencio de la clientela como señal de respeto a la familia mexicana, como estupor por lo que estaba ocurriendo, o más bien a título de reflexión de cada uno de los presentes. Quizá como todo ello.

Cuando el himno finalizó, la familia, como si tal cosa, prosiguió con sus consumiciones. El padre, antes de sentarse, se volvió hacia el gentío y acompañó una inclinación de cabeza de un “gracias” dicho con ese gracejo que tienen los mexicanos y que tanto gusta en España.

Sirva esta anécdota de lección a cuantos alardean en España de patrióticos con el himno nacional. Díganme a cuántos españoles conocen, militares incluidos (y no olviden añadir a aquellos patrioteros) que en un país extranjero, en un bar atestado de gente, y ante una grabación deportiva de no se sabe cuando, se hubieran levantado sin miedo al ridículo y hubieran permanecido de pie en silencio con un gesto tan ostensible como puede ser la mano en el corazón o quizá un saludo militar si fuera el caso, ante las notas de la “Marcha Granadera”.

30 de diciembre de 2005

PD: Por favor, que a nadie se le ocurra poner letra al himno español. Está bien así como está, siendo una rareza entre los himnos patrios por carecer de ella. Para mí sería insoportable tener que escuchar, un evento deportivo tras otro, a la Chenoa, al Bustamante, o al niñato del momento, cantando la letra del himno nacional. Piensen en el dineral que nos estamos ahorrando.

“Toda palabra dicha despierta una idea contraria” (Goethe)
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 Supremacía o chulería

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¡Qué no!, qué no tengo nada en contra del fútbol. Como deporte sí que me parece algo primitivo, aunque quizá ahí radique su encanto, en su sencillez y en la facilidad con la que todos son capaces de darle una patada a un balón. Pero las cosas no son como las quieren presentar los interesados y los ineptos que revolotean a su alrededor. Unos lo saben y otros se lo creen, y entre todos han creado un manto de deporte divino que no le pertenece.

Me pareció que la cosa prometía, así que me quedé y pedí otro café que no tenía ganas de tomar (era el quinto del día). Qué pena de grabadora, llegué a lamentar más tarde. Uno se deja el casete en el coche en el momento más inoportuno. Así que no puedo asegurar que la trascripción del siguiente discurso, cogido a vuela pluma, sea fiel al original.

[…] esto del fútbol no deja de tener su coña marinera. Los grandes equipos acumulan deudas a la Seguridad Social por cantidades que en otros sectores económicos son inacumulables. Sencillamente porque serían embargados por el Estado al año siguiente.

Cuando Hacienda pretende hacer efectivas otro tipo de deudas, se llevan las manos a la cabeza y dicen que el director general de turno pretende cargarse el fútbol. En realidad lo que hay que hacer es cargarse el sistema actual por el que el fútbol goza de privilegios.

Y el fútbol base no se libra de la prepotencia futbolera. La legislación vigente exige titulaciones deportivas para estar al frente de un equipo de niños. En el fútbol se descuelgan diciendo que si exigiesen esas titulaciones a todos se acabaría el fútbol base. Tremendo drama nacional si llega a ocurrir, sí señor.

Y aún van más lejos. Entrenan en el campo de fútbol municipal. Que es campo de fútbol porque durante los últimos cincuenta años en este país de raquitismo deportivo no ha habido otra oferta. Y ahora que es posible ampliar la oferta deportiva para quienes lo deseen, y otras actividades precisan de un campo de entrenamiento, utilizan sus poderes fácticos para que el ayuntamiento de turno niegue a otros vecinos el acceso al campo de entrenamiento MU-NI-CI-PAL.

Claro, claro. Además de pisarles la hierba durante el tiempo en el que los futboleros no lo usan, el que existan otras alternativas deportivas supone una resta de efectivos. Los niños tienen donde elegir y el fútbol del pueblo y del barrio verá reducida su demanda.

Ese raquitismo y estrechez de miras está también instalado en algunos ayuntamientos, donde se extrañan y se escandalizan de que un “campo de fútbol” pueda ser utilizado para otros deportes “di que” extranjeros (joder, y qué coño es el fútbol, sino inglés). ¿Cómo explicarle al concejal deportivo del ayuntamiento que debe hacer valer el criterio de utilización polivalente de la instalación pública ante un grupo de directivos futboleros acostumbrados a campar a sus anchas todos estos años?

La prepotencia futbolera siempre estuvo presente en los colegios. El niño que no jugaba al fútbol en el recreo era el rarito de clase, y era discriminado por los machotes. Ahora parece que se está tomando verdadera conciencia de problemas de este tipo y se comienza a hablar de acoso en las aulas. Que sí, que siempre lo ha habido. Pero no por eso vamos a seguir permitiéndolo.

Si oyes hablar a ciertos ídolos futbolísticos cuando se critican las acciones dentro del terreno de juego, pregonan algo así como que “lo que se dice en la cancha queda en la cancha”. Así, pretenden que si a un señor lo llaman “puto negro de mierda” en el campo de fútbol, se tiene que joder, y ese acto racista debe quedar impune porque los futboleros, siempre con prepotencia, pretenden vivir al margen de las leyes que rigen en la sociedad en la que vivimos.

Vamos, que debería haber dos leyes. Una para el ciudadano de a pie, y otra para los “futbolistos”. Si el defensa carismático ese le rompe la rodilla a otro jugador en lo que a cualquiera le parecería una agresión, pues “son cosas del fútbol”, y mala suerte, chaval.

Y si se golpea, se zarandea, se escupe o/y se insulta a la autoridad deportiva que debe existir en todo campo de juego, pues el fulanito dice que “las pulsaciones las tenía a doscientos y nos estamos jugando mucho”. Pero de ir a comisaría nada de nada, que la ley es para otros, no para los que están vestidos de corto.

Lo que ocurra en torno al fútbol siempre es discutible. Incluso las federaciones internacionales se sientan a la mesa a negociar con la Unión Europea la aplicación de sus leyes en el ámbito del fútbol. Que mire usted, señor eurodiputado, que la ley Bosman nos ha hecho un agujerito, y que el fútbol profesional es diferente a los otros sectores económicos y necesita de un trato especial. Que si no cambian ustedes sus planteamientos se van a terminar cargando el fútbol (tremendo drama internacional, digo yo).

Lo fácil sería que el fútbol cambiase sus planteamientos y se adaptase a la legislación occidental; pero no, pretenden que los países occidentales cambien sus leyes y las adapten al fútbol.

La legislación antidopaje ha de ser también específica para el fútbol; no les sirve la legislación internacional que se aplica en todas las otras modalidades deportivas. Todo es discutible para los organismos internacionales que gobiernan el fútbol. Que si la presión mediática, que si la sobrecarga de encuentros, que si las lesiones no respetan…; y claro, los chicos deben tomar ciertos suplementos para rendir en la cancha partido tras partido.

En los demás deportes no puede uno salirse del guión, porque el omnipresente CSD, el banco de turno, o un medio de comunicación poco oportuno, te sitúa en la picota y quedas marcado. Pero para un futbolista todo es disculpable. Incluso que suspenda los exámenes de la ESO y se convierta en un zopenco de por vida. El niño está sacrificando sus estudios por el fútbol; ¡’cuidao’! que no es que suspenda por gusto, es que se le exige mucho y las leyes del país no están hechas para compaginar los estudios con los entrenamientos del fútbol.

Eso sí, cuando otras modalidades deportivas protestan (aquí en el bar, porque en ningún otro lado les van a permitir un minuto de queja) por el excesivo trato almidonado que recibe el entorno del fútbol, va el chiquilicuatre de turno y le larga que esas modalidades lo que sienten es envidia. Que el fútbol es el que más deportistas tiene porque alguien tenía que ser el que más tuviera.

Es cierto que el fútbol es el deporte que más seguidores tiene en Europa; pero hay teorías que apuntan que no lo es por sus bondades, sino porque desde finales de los años ‘20 ha sido el único que se ha dejado manejar por la clase política que ha estado gobernando en cada momento. Vamos, que son los únicos que se han vendido al poder establecido en cualquier momento. Triste honra, ciertamente, cuando hasta se han ‘apañao’ campeonatos del mundo.

Pues ya me gustaría ver a mí a estos directivos de barrio en un entorno en el que el fútbol no fuera tan mimado por la sociedad. Serían incapaces de levantar su deporte. Y a las pruebas me remito. Quienes afrontan mil una peripecias por su modalidad deportiva son los directivos de los deportes abandonados. Un directivo de fútbol no soportaría por mucho tiempo la falta de medios en que se ven en otras modalidades.

Quienes optan por dedicar sus horas libres al club de fútbol del barrio lo encuentran todo almibarado. Todo va sobre ruedas. Todo se lo dan hecho a estos del fútbol. Incluso el trabajo de captación entre la base.

No hay más que abrir un club de fútbol para que enseguida se te llene de chiquillos. Todos saben qué es eso del fútbol; todos lo ven a diario en la tele. Y el ayuntamiento le dará una subvención y le comprará las camisetas, si no llega antes un honrado comerciante que pondrá el dinero en la mesa para comprarlas. ¡Ja!, vete explicándole al concejalillo de deportes o al del almacén de la esquina que haces un deporte del que nunca han oído hablar (porque la cultura deportiva española llega hasta saber el país de origen de Ronaldo y de Messi).

En esta Autonomía se convocan subvenciones exclusivamente para los clubes de fútbol. Nadie más puede optar a esa partida presupuestaria. Sí es verdad que después se convoca otra subvención, con un presupuesto similar, para todos los clubes deportivos regionales. Y no es que la comparación ofenda, sino que a esa partida presupuestaria también tienen acceso los clubes de fútbol; porque hacen deporte, obviamente.

Y después nos maravillamos cuando en los Juegos Olímpicos no se ganan más que cuatro medallas.

Y qué decir si con mucho trabajo obtienes un éxito de medio prestigio; un campeonato de Europa por ejemplo. El futbolero del barrio no es que sienta envidia, no. Te mira por encima del hombro y devalúa tu mérito diciendo que era algo fácil, porque en tu modalidad deportiva hay pocos deportistas. Carajo, un campeonato de Europa es fácil. Se ve que esta gente el deporte extranjero lo conocen de oídas.

No intentes explicarles que en Alemania, Holanda, Suecia, Inglaterra o Italia tu modalidad deportiva forma parte del programa educativo de los centros escolares, y que el potencial con el que se cuenta en esas naciones es arrollador para compararlo con nuestros españolitos que se baten el cobre para representarnos más dignamente que estos del futbolín nacional.

No merece la pena que compartan las mieles de una dura victoria, como cuando se ha vencido a naciones con mayor potencial en un deporte que sus respectivos gobiernos miman. Pero en el fútbol del barrio, sabedores de que nunca traspasarán las fronteras de la región, se permiten hacerte de menos cuando tus muchachos se alzan con un título continental, a pesar de que tú te alegres cuando sus niños suben a primera regional. Y es que la mezquindad de las gentes, amigos, no tiene límites.

El hombre, consciente de que se había ganado la audiencia en el bar, se había ido acercando a la puerta de salida e hizo coincidir sus últimas palabras con el golpe del cierre que esos muelles que nunca vemos en la parte alta de las puertas las hacen dar cuando están mal ajustados. No quise estropear el efecto y no salí corriendo tras él, como me hubiera gustado. Al cabo de un ratito rompí el silencio.

—¿Quién es él? —inquirí.

—Un ‘chalao’ —dijo alguien lentamente—, uno de esos que dicen verdades como puños; la gente no les da crédito y prefieren etiquetarlos como ‘chalaos’.

23 de diciembre de 2005

“Toda palabra dicha despierta una idea contraria” (Goethe)
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