Estoy aguardando a que dé inicio mi vicio semanal favorito en una conocida cadena digital (hablo del fútbol americano, no se asusten, por favor), cuando veo un anuncio que me ha llamado la atención.

Enviando la palabra “Gasol” a un número de cuatro dígitos que no voy a repetir (no me han pagado para ello) se puede descargar un juego de baloncesto para esos aparatos de telefonía móvil de los que ya no sabe uno si son teléfonos, consolas, cámaras fotográficas, fax o vibradores (para el masaje, no se asusten, por favor).

Viendo las imágenes del jueguecillo veo con claridad meridiana que se trata de una versión de un juego que hace muchos años causó furor en los “spectrum-maníacos” de los años ‘80, entre los que me encontraba (no se alarmen, por favor, la manía consistía en el uso del Spectrum, que era un ordenador doméstico de 48 Kb que mediante paginación de memoria llegó a disponer de 128 Kb).

Y sí, éramos los más talluditos los que más uso hacíamos del Spectrum, debido, casi con toda seguridad, a que disponíamos de un modesto poder adquisitivo, pero con el que los más jóvenes no contaban.

El juego en cuestión se llamaba “Fernando Martín Basket Máster”, y en él (tengamos en cuenta los 48 Kb de la memoria) se representaba un partido de uno contra uno en una pequeña cancha (en proporción al tamaño de los jugadores) con dos canastas.

El oponente de Fernando Martín (primer español que jugó en la NBA) era reconocible por todos, aunque nada se decía de él en la propaganda del juego. Se trataba de otro fiero guerrero debajo del arco triunfal, el ya mítico jugador español Juan Antonio San Epifanio, “Epi”. Ambos jugaron en aquel plantel que consiguió la medalla de plata bañada en el oro del éxito que se conquistó en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984.

El juego tenía detalles, para la época, como la repetición a cámara lenta y aumentada de la última jugada si ésta había sido un mate. Había un contador de energía para cada jugador, que se iba agotando con las carreras de la jugada (por lo que la acción defensiva tenía su importancia). Agotada la energía, no era posible realizar un mate, y los tiros desde la línea de 6,25 m perdían efectividad. Por supuesto, también se computaban los segundos para cada jugada. El resultado era un juego de los llamados “adictivos”.

Desde luego no tengo pensado pagar y bajarme el juego, aunque quien sabe, una partidita por los viejos tiempos siempre es tentadora. Pero ya estoy mayorcito para dejarme mi escasa vista en la pantallita de mi teléfono móvil.

Sí que me han venido a la mente dos reflexiones que quiero compartir.

Número uno; parece ser que van a volver los viejos tiempos. Juegos para el Spectrum hubo como tropecientosmil. Es curioso que con el paso del tiempo la memoria de aquellos ordenadores que costaban medio riñón quepan ahora en un telefonillo del tamaño de la palma de la mano. Dicen que los técnicos de la NASA juraban en arameo cada vez que reprogramaban las sondas Voyager, pues cuando habían sido enviadas la tecnología existente en la Tierra no permitía más que una computadora de 7 Kb que ocupaba la mayor parte de la nave. Y es que hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad.

Podría proseguir con dos frases hechas para mi segunda reflexión, pero por respeto a la memoria del astro baloncestístico cualquiera de las dos las juzgo de mal gusto en estos momentos, por lo que me limitaré a decir que dado que Gasol es el rey del momento, los propietarios de los derechos del juego han hecho lo más productivo. Cambiar el nombre del jueguecillo, cambiar cuatro bytes aquí y allí, y viva Gasol.

18 de diciembre de 2005

Actualización a las 06:30 de 19.12.2005

Quedó en el tintero (¡?) una tercera reflexión. Habría que sumar en el haber del sector deportes el volumen de ventas de éste y otros juegos de temática deportiva a los números que los expertos en Economía barajan anualmente para establecer los sectores económicos de mayor crecimiento. Y es que el deporte está ya inmiscuido en la vida cotidiana del mundo occidental; algo impensable hace tan sólo 50 años.