Hay en España un sinnúmero de patrioteros que contrastan con la falta de estímulo que sentimos la mayoría para guardar compostura ante símbolos como bandera e himno, y hacen alarde estentóreo y extemporáneo de patriotismo, llegando a entonar un himno que no tiene letra o a saludar de formas extrañas a una bandera de la que no sabrían explicar bien su origen. También los hay que, aún reconociendo tácitamente encontrarse entre la mayoría citada, no pierden el momento de reivindicar mayor patriotismo en el país cuando los chicos de las selecciones deportivas de otros lugares cantan a coro sus respectivos himnos nacionales, tomando así la parte por el todo. Vaya para todos ellos la anécdota que me dispongo a relatar a modo de piedra de toque.

El sucedido viene a cuento porque en este mes de diciembre se habló de la conveniencia de los himnos en los eventos deportivos internacionales. Lo sacó a colación Joseph Blatter, presidente de FIFA, tras la falta de respeto con que fue recibido el himno de su país en un partido de esos “a cara o cruz”, por decirlo de una forma poco bélica.

Decía yo en un artículo que publiqué tras las manifestaciones del presidente de la FIFA, que esto de los himnos en el deporte no añade más que una nota de color, y que nunca han sido necesarios. Y añadía que para entender el disgusto del suizo quizá haya que sentir de verdad los himnos. Nuestro país, hay que reconocerlo duela a quien duela, no se distingue por comulgar con manifestaciones patrióticas como banderas e himnos.

Ocurrió en una zona muy turística de este Cantábrico mío, en pleno verano. Una multitud se había concitado en el bar de mi amigo Berto. Era un sábado del mes de agosto, mercado semanal en la localidad. Mi amigo, un apasionado del boxeo que había llegado a reunir más de un centenar de cintas de vídeo con combates estelares, grandes combates de las estrellas pugilísticas del momento, gustaba de pasarlas en su bar.

Si algún boxeador hay que destacar en la videoteca de Berto ese es Julio César Chávez. El mexicano había sido nuestra pasión hasta el punto de contagiar a todos los aficionados de la localidad y ganarse aún más adeptos para la causa boxística.

Si sería efectivo el contagio, que las noches en las que se retransmitía una velada con Chávez como protagonista, a eso de las cuatro de la madrugada, no eran pocos los bares de la zona que reunían a diferentes grupos de aficionados.

El caso es que las veladas con el púgil de Culiacán habían ido quedando registradas en las cintas del bar de Berto. Allí sólo se grababan las grandes peleas. Y si alguna defraudaba, se borraba. Las del guerrero mexicano siempre fueron apasionantes, y los estudiosos del noble arte encontrarán en ellas una escuela de boxeo donde aprender un poco más.

Pero Berto tenía una manía, la cual compartíamos todos. Y era que grababa la presentación íntegra de los combates de Julio César Chávez; y eso incluía los himnos. Dado que casi siempre peleaba contra estadounidenses, los himnos se repetían una y otra vez. Lo único que variaba eran los intérpretes contratados, que casi siempre a capella entonaban el himno americano y después el himno mexicano, en honor al campeón. Cierto que existen himnos que no tienen música, únicamente letra, y es posible que éste fuera el motivo de ser cantados a pleno pulmón; nunca me he preocupado de certificarlo.

El himno mexicano tiene dos particularidades. Primero que entendíamos el texto, y segundo, que su letra es muy marcial. Se dice de este himno que es uno de los más bellos jamás compuestos.

“Mexicanos, al grito de guerra
el acero aprestad y el bridón
y retiemble en su centro la tierra
al sonoro rugir del cañón.”

Esta estrofa inicial llegó a ser especialmente coreada por todos los que nos reuníamos en las madrugadas del sábado al domingo. Con ello subía muchos enteros el ambiente en el bar, que aunque estaba cerrado al público, seguía despachando cafés y alguna bebida quizá más estimulante que tonificante. Nuestras simpatías por Chávez nos habían llevado a aprendernos algunas estrofas del himno mexicano.

Al día siguiente, quien no había tenido el gesto de acompañarnos en la velada, sabía que podía ver el combate a partir del café de la tarde. Berto se llevaba a la cama el vídeo, para que sus padres no lo pusieran por la mañana y así, de alguna manera, hacer sufrir a los “sacrílegos” que pretendían disfrutar del combate cómodamente al día siguiente, no sin antes, y con cierta maldad, hacerles partícipes del resultado por adelantado.

Berto ponía el combate de Chávez desde el principio, incluidos todos los prolegómenos. Pero incluso los sacrílegos gustaban de ver íntegra la presentación, siempre espectacular, y los himnos cantados a capella. Cuando llegaba el himno mexicano, y desde ahí hasta el final, se subía el volumen de los altavoces. En las tardes después de los combates nos reuníamos casi todos los de la noche anterior más los sacrílegos, y en verdad que la gente se calentaba con los preliminares aunque se conociera el resultado.

Y es que en la tarde de un domingo de invierno, en un pueblecito costero del Cantábrico, por muy turístico que sea él, no hay mucho más que hacer. Las cintas quedaban tal cual se grababan la noche del combate. Y en las mañanas de los sábados, días de mercado, no faltaba quien pidiera en el bar de mi amigo un buen combate de boxeo. Dado que la afluencia de clientes los sábados incrementaba el trabajo tras la barra, no era posible andar buscando el comienzo de los combates. Así pues, si en la cinta de turno peleaba Chávez, ya sabemos que había media hora de prolegómenos antes de disfrutar de las enseñanzas del maestro.

Y así ocurrió en la mañana de un sábado del mes de agosto. El bar estaba especialmente lleno. Lleno a rebosar en esa hora en la que confluyen los clientes que abandonan el comedor con los que aguardan una mesa libre para entrar en él, más los rezagados que todavía permanecen conversando en la barra y disfrutando de un aperitivo.

Cuenta Berto que había puesto una cinta en la que el combate de fondo era uno de Chávez, de tres o cuatro años antes. Eso la hacía aún más valiosa. Había colocado una cinta VHS-180 en el reproductor pensando olvidarse así de la televisión en las horas de mayor ajetreo.

El bar se encontraba, repito, atestado de gente. En un rinconcito, en una de las mesas del bar, justo debajo del gran televisor y a la entrada de la puerta de acceso al comedor, había una familia de cuatro miembros compuesta por los padres, una adolescente y un jovencito de unos doce años. El volumen del aparato no estaba precisamente bajo, pero el murmullo del bar era atronador a esa hora e impedía seguir la narración de los combates desde el otro extremo.

La cinta fue avanzando hasta llegar la presentación del gladiador mexicano. Berto no prestaba atención al vídeo que habría visto cien veces, pero de alguna manera era consciente de que estaba a punto de llegar el himno mexicano. Y por fin llegó. El cantante invitado en la velada, una vez más a capella, entonó a pleno pulmón el himno mexicano: “Mexicanos al grito de guerra…”

Nada vez más oír las primeras notas la familia que estaba bajo el televisor, ajena a lo que en él se estaba visionando, se levantó solemnemente y con la mano derecha en el corazón comenzó a cantar su himno, puesto que eran, como supimos después, mexicanos.

Los clientes más cercanos a esta familia comenzaron a guardar silencio, y cuenta mi amigo que ese silencio se fue extendiendo como una onda por todo el bar. La súbita ausencia del rumor de la cháchara hizo levantar a Berto la mirada de los limones que estaba cortando para ver y oír con total nitidez cómo la madre recriminaba a la hija adolescente, que permanecía sentada, y le decía con ese gracejo mexicano que tanto nos gusta en España: “levántese por favor, que también es su himno”.

La chica obedeció sin rechistar y la familia permaneció durante toda la interpretación musitando su himno nacional. Cuenta Berto que el silencio se hizo para él algo incómodo, y pensó en apagar el vídeo para liberar a aquella familia de ese deber autoimpuesto. Sólo se lo impidió la idea de que podían sentirse agraviados.

El público permaneció callado los casi dos minutos que creo recordar que dura el himno mexicano. Berto nunca supo si interpretar aquel silencio de la clientela como señal de respeto a la familia mexicana, como estupor por lo que estaba ocurriendo, o más bien a título de reflexión de cada uno de los presentes. Quizá como todo ello.

Cuando el himno finalizó, la familia, como si tal cosa, prosiguió con sus consumiciones. El padre, antes de sentarse, se volvió hacia el gentío y acompañó una inclinación de cabeza de un “gracias” dicho con ese gracejo que tienen los mexicanos y que tanto gusta en España.

Sirva esta anécdota de lección a cuantos alardean en España de patrióticos con el himno nacional. Díganme a cuántos españoles conocen, militares incluidos (y no olviden añadir a aquellos patrioteros) que en un país extranjero, en un bar atestado de gente, y ante una grabación deportiva de no se sabe cuando, se hubieran levantado sin miedo al ridículo y hubieran permanecido de pie en silencio con un gesto tan ostensible como puede ser la mano en el corazón o quizá un saludo militar si fuera el caso, ante las notas de la “Marcha Granadera”.

30 de diciembre de 2005

PD: Por favor, que a nadie se le ocurra poner letra al himno español. Está bien así como está, siendo una rareza entre los himnos patrios por carecer de ella. Para mí sería insoportable tener que escuchar, un evento deportivo tras otro, a la Chenoa, al Bustamante, o al niñato del momento, cantando la letra del himno nacional. Piensen en el dineral que nos estamos ahorrando.