Tabaco no, gracias
El fin de una era
No, no vamos a hablar del fin de los dinosaurios, aunque sí hablaremos de un reinado que se nos antoja tan largo como el de estos animales prehistóricos. El “Fin del tabaco en la Fórmula 1” es ya un hecho desde el pasado 1 de agosto al menos en el territorio de la Unión Europea.
Quienes peinamos canas desde hace algún tiempo recordamos aún esas películas de John Wayne en las que su imagen se agrandaba en la pantalla cuando encendía un cigarrillo en el ‘Far West’.
Tenemos también memoria de aquellas imágenes televisadas en blanco y negro (aunque sería más propio decir en escala de grises, pues en blanco y negro veríamos sombras chinescas) en las que el moderador de un debate encendía su pitillo ante las cámaras y humeaba cual máquina de vapor del ‘Far West’.
El tabaco y la acción de fumar era algo que rodeaba a la sociedad en la que vivíamos con tanta naturalidad como la acción de respirar. Recordamos que estudiábamos en el instituto cuando se sancionó la norma por la que se prohibía fumar en los edificios administrativos. Dado que los institutos son edificios dependientes de la Administración quedaba prohibido fumar en las aulas, lo que era algo habitual por aquel entonces.
Nuestros hijos se sorprenden cuando relatamos estos hechos, pero era así; tanto profesores como alumnos fumaban en las aulas durante las clases.
Se llegó a un acuerdo y se votó aula por aula si se permitiría fumar o no fumar en cada una de ellas. En la nuestra salió un “sí” como la copa de un pino. Nosotros, debutantes en una democracia aún en pañales, y en el terreno personal en esa etapa en la que uno está dejando de ser imberbe, intuimos que algo no estaba funcionando correctamente.
Y lo expusimos públicamente. Para que la votación fuera válida, es decir, para que se pudiera fumar en nuestro aula en concreto (que era lo que nos molestaba), debería haberse aprobado por unanimidad el saltarse la norma. Y adujimos que con ello se estaban pisando los derechos de los no-fumadores (fumadores pasivos que nos han venido a llamar con el paso del tiempo).
“Respeta tú el derecho de los fumadores”, nos espetó en público una rubia muy guapa por la que sentíamos especial predilección, habiendo iniciado con ella meses atrás algunas escaramuzas en el terreno de lo sentimental. Ni qué decir tiene que a partir de ese momento las relaciones diplomáticas entre nosotros se enfriaron un tanto, llevando paulatinamente a un distanciamiento que impidió cualquier labor de reconciliación.
Ahora, veinticinco años después, no sólo se respetan los derechos de los fumadores pasivos o no-fumadores, sino que los fumadores no tienen ningún derecho en esta sociedad. [Cierto que falta la aplicación práctica de la ley, pero es cuestión de un poco más de tiempo; el fenómeno es irreversible].
Permitan pasarnos aquí públicamente “Por el Arco del Triunfo” (con el permiso de nuestro colega bitacoril Juan Puñetas) aquella votación adulterada. Un beso para quien fue nuestra chica favorita, pero el tiempo nos ha dado la razón. La espera ha endulzado aún más la conquista social que hemos logrado entre todos.
Quien nos lea por primera vez se preguntará qué diantres tiene que ver este artículo con el deporte. Pues en realidad no mucho; la excusa nos la ha puesto en bandeja de plata el titular enlazado en el primer párrafo. Quizá, tal vez, en nuestro fuero interno siempre hayamos aceptado “fumador” como antónimo de “deportista”, y “fumar” como la antítesis de “deporte”.
En el casi medio siglo que llevamos en este planeta hemos procurado huir de cualquier sentimiento “anti-” que nos pudiera condicionar con prejuicios, hasta el punto de haberlos eliminado casi todos. Tan sólo hemos rendido nuestra voluntad en un punto, y nos consideramos, pues, anti-tabaco.
Ahora bien, estas iniciativas de la Unión Europea para preservar la salud de sus ciudadanos deben ser reforzadas con campañas pro-deportivas. Aunque aún quedan deportistas fumadores. Sí, deportistas de elite que fuman.
¿No lo sabían? Ellos alegan que no les perjudica, y que tienen totalmente controlados sus deseos, sin caer en el vicio. Se fuman uno o dos cigarrillos por día (tres a lo sumo), después de las comidas o en un momento de relax.
Algún ciclista y algún futbolista de elite hemos conocido que confesaba fumarse su pitillo después de comer, en la sobremesa. Y hemos visto a su entrenador asentir, alegando que si la acción de un cigarrillo produce en el deportista una relajación a las tensiones acumuladas durante la competición, bienvenida sea.
Un último apunte en nuestra línea metadeportiva; es cierto que el deporte pierde un buen puñado de posibles patrocinadores con la restricción que supone esta normativa europea, pero estamos seguros de que el nicho que dejan vacante las marcas tabacaleras será rápidamente ocupado por otro sector deseoso de publicitarse en los grandes eventos.
Nunca una marca de tabaco se ha preocupado de patrocinar eventos “domésticos”. Ahora puede llegarles el turno de arañar algunos eurodólares a los organizadores de esta gama de espectáculos deportivos. En realidad, se ha abierto una nueva oportunidad para quien no tenga escrúpulos en utilizarla.
1 de noviembre de 2005
Día de Todos los Santos
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(Jean Dolent)















Dentro de las aulas de la Facultad de Filosofía y Letras, la más informal (por llamarla de alguna manera) de las dependencias de la UBA [Universidad de Buenos Aires] todavía se permite fumar tabaco. Esto corre por decisión de cada docente, y por lo general durante el turno noche lo aceptan.
En el patio se permite fumar todo lo que se pueda errollar dentro de un papel, encenderlo y llevarse a la boca; cabe recordar que en Argentina la policía tiene prohibido ingresar en los recintos de la universidades.
En España también las Universidades son “pequeños Estados”. Las fuerzas del orden público deben pedir permiso al Rector… Bueno, más bien es el Rector quien debe llamar a las fuerzas de seguridad del Estado si necesita que éstas ayuden en algún punto a la buena marcha de la Universidad. Ya me entiendes… El caso es que esa prohibición está quedando, en la práctica, sin efecto.
Supongo que caminamos hacia un mundo sin humos, tanto en Argentina como en Europa. Tanto mejor ;-)
Yo también he considerado siempre abusivo el uso del tabaco ante las narices y narizotas de los no fumadores. Más de una quemadura se han llevado mis pantalones o camisas por culpa de viciosos del tabaco. Siempre he considerado el fumar un signo concreto de estupidez. Hay estupideces mayores y mucho más deleznables y en las que muchísimos no fumadores caen todos los días, pero vamos a lo que vamos. (Entre paréntesis diré que a mí no me suena eso del “homo sapiens”. El único homo que reconozco -incluyéndome a mí- es al “homo estúpidus”.
Pero lo peor del tabaco no es el humo (sí, ya sé que mata, pero también el de los coches o las fábricas), sino el olor. Todavía recuerdo esos dedos y dientes amarillentos de antaño en la gente perdidamente fumadora. Allá ellos con sus preferencias de colorines. Pero del olor sí que no nos podemos defender. Como tengo escrito en algún sitio, “lo peor del tabaco no es que mata; es que huele”. Y huele horriblemente mal. Y si se han inventado los desodorantes y la ducha y el cambio de calzoncillos, no sé porqué demonios tenemos que aguantar el olor ajeno de manera tan gratuita y egoísta por parte de muchos. Ir a una reunión de colegas, o a un bar, no digamos a un bodorrio y estar allí un par de horas, significa que luego en casa llega uno echando un pestazo a cigarro en la ropa que no veas. ¡Hasta ahí podíamos llegar, fumadores empedernidos!
Recuerdo que en mis años mozos (perdona que me extienda un poco), cuando íbamos de rebeldes con ganas de comernos el mundo (ahora ya estamos casi devorados, aunque suerte tenemos que a nuestra edad todavía saquemos un poco los pies del plato, cosa que ya no hacen ni el 90 % de esos que se dedican al mamoneo en nombre de antiguos ideales hoy de capa caída) mi crítica polémica contra el tabaco firaba en este asunto de la olienda. Y ahí se acababan las discusiones porque mi argumento era irrebatible. Como, pese a todo, llevaba siempre las de perder (acompañado por unos pocos raritos como yo), al final recurría a ciertas excentricidades que hoy día hasta me sonrojan cuando las cuento.
-Pues si yo tengo que aguantar vuestro pestazo a tabaco, vosotros también deberéis aguantar de vez en cuando mis pestilentes olores -amenazaba cuando se me inflataban los castaplines.
Y para demostrar que mis amenazas no eran gratuitas, me soltaba unos cuantos cuescos silenciosos pero bien perfumados que ponían el aula (ojo, lo hacía sin el profesor delante, que tonto no era) con una aroma de chanel nº 5. Y cuando no, alguna ita de peste que se me caía en plena charla tabaquera. Hasta una vez (en esta ocasión con un profe delante, muy fumador el gachó) amenacé con comer pipas en clase dado que consideraba menos lesivo al medio ambiente y a mis pulmones y los ajenos el sonoro craqueo del girasol partido que aquel pestazo a tabaco que no se podía aguantar. Y en un par de veces cumplí la amenaza, con el cachondeo que cabe imaginar.
En fin, amigos, que no creo que estire la pata viendo como se cumplen las normas y nos dejan a los no fumadores en paz y con las narices bien limpias. Lo dices muy bien en el artículo: “el derecho a fumar”. Pues frente a ese derecho, cuesco va y cuesco viene a ver si así escarmientan algunos en nariz propia.
Ja, ja, ja. La verdad es que tienes toda la razón. Yo también había pensado alguna vez en esa comparación escatológica. Pero el caso es que el arsenal químico humano es limitado, y forzar la máquina podría llevar de lo escatológico a lo coprológico. Y a estos fumadores no se les acaban los cigarros nunca. Sin olvidar que ellos también puedan pasar al contraataque de esa mini-guerra bacteriológica. Un saludo.
Para saber cuanto tiempo llevas sin fumar, visita www.defumar.com.ar