No teníamos en mente dedicarle tiempo al debate nacional por excelencia, pero la insistencia de unos amigos para que expusiéramos nuestro particular (y seguro que incomprendido) punto de vista, ha hecho que la Aguja de Bitácora no se haya podido sustraer a opinar (metadeportivamente, eso sí) sobre este fenómeno de masas que es el partido más esperado de la temporada.

Finalizó el-partido-del-siglo-de-este-año con la victoria de unos y la derrota de los otros, como era de esperar. Si el encuentro hubiera finalizado en tablas, ya se hubieran encargado los medios de comunicación de adjudicar la “victoria a los puntos” a uno de ellos.

Un resultado sin paliativos como el obtenido siempre ayuda a que el colegiado pase desapercibido. Pero algún medio de información ya puso su piel a la venta en el mercado de la especulación. Y ofrecieron a toda página la estadística de victorias de cada equipo cuando eran arbitrados por el trencilla vasco.

Nunca se ha visto mayor falta de imaginación para rellenar periódicos. La prensa rosa del fútbol, hemos llamado en alguna ocasión a este arte. También hemos dejado constancia en más de una ocasión en esta Aguja de Bitácora de la frase antológica con la que nos regaló nuestro maestro: “Antes había verdades y mentiras; ahora hay verdades, mentiras y estadísticas”.

¿Qué esperaban conseguir los señores del diario deportivo con esa estadística? ¿Creen que ayudan en algo al juego y al ambiente que le rodea con ese tipo de crónicas?

Personalmente le hubiéramos encontrado mayor interés a conocer la marca de lencería masculina más utilizada por el colectivo arbitral cuando se pita uno de estos partidos cumbre. O la hora a la que se levantan los árbitros el “día D”. O la comida que ingieren avant match. O el tiempo que dedican a repasar el reglamento durante la semana previa y presentar una comparativa con las que dedican cuando se disponen a pitar un partido de “los del montón”. O si hay un apoyo especial por parte de la federación y el comité de árbitros en el plano emocional. Si se utiliza algún tipo de preparación mental/psicológica…

Quien nos esté ya criticando por nuestra estrambótica visión del evento, convendrá al menos con nosotros en que al tercer protagonista no se le ha dado la palabra en los medias. Cierto que ellos se han autoimpuesto la norma de no hablar de los partidos, pero sí hay elementos que rodean a estos encuentros que hacen que algunas acciones rutinarias adquieran un cariz especial. Este tipo de datos quizá hubieran acercado la figura del árbitro a las masas futbolero-borreguiles.

Pasemos página, porque sobre este asunto de los colegiados aún está caliente la crítica que les hicimos hace escasas fechas.

Hemos leído esta semana a colegas bitacoriles y a articulistas de prensa escrita argumentos sobre la supuesta pasión que hay que poner para disfrutar del fútbol. Lo triste es que mientras ellos ponen pasión, otros ponen el cazo y lo llenan con el dinero que rezuma de toda esa pasión. Corrección: eso no es lo triste; lo triste es que no se dan cuenta que entrando al trapo les llenan la bolsa. Si por lo menos esto ocurriera con plena consciencia, no tendríamos mucho que objetar. Cada cual que haga de su capa un sayo. Pero se ha llegado a un círculo vicioso que se retroalimenta a sí mismo.

Compartimos la visión americana del deporte (la de gringolandia, queremos decir). No, no somos pro-yanquis, pero toda esa gente algo bueno tendrán que tener (en realidad tratamos de no ser ni pro- ni anti- nada).

Un partido de máxima rivalidad en la NFL (liga que seguimos con cierta asiduidad) que resulte defraudante en cuanto al juego, en cuanto al espectáculo que se exhibe, será repudiado por todos, y el campo quedará vacío en su último cuarto. Ya hemos asistido en varias ocasiones a este ceremonial impensable en estas latitudes. Y la NFL se preocupa cada vez que ocurre esto. El por qué lo dejaremos para otra ocasión.

Una Superbowl que finalice por 3 a 0, con un único fieldgoal anotado, sería un fraude para quien permite, con su dinero, que exista la liga. Nos referimos al público, al respetable, evidentemente. (Trasladado al fútbol inglés —o europeo, como prefieran— un partido que finalizara con un único fieldgoal anotado vendría a ser como un partido que finaliza 1 a 0 con gol de penalti).

Ese negocio que ven algunos en exaltar las pasiones de los seguidores es en gran medida el responsable de que algunos instintos se desboquen en la grada y sus aledaños. Felizmente, no parece que esta semana haya sido éste el caso. Aunque no hay noticias de los retretes del campo. Esto siempre nos ha llamado la atención; que las letrinas sean el lugar donde se ensañan algunos indeseables. Quizá sea por la falta de vigilancia en estas dependencias.

Otra particularidad más de este clásico es la división en la que cae la nación. Todo el mundo futbolero entiende que eres de uno o estás con el otro. Pues no; a nosotros nos daba exactamente igual el resultado. Sólo nos atrae el fútbol como fenómeno de masas que es, aunque sí disfrutamos con un buen partido.

Hace ya tiempo que no nos dejamos caer por el “Botxo”. Alguno habrá por allí que con esto de la globalización estuviera pendiente de los lances del encuentro como si fueran madrileños o barceloneses. Pero estamos convencidos de que a la inmensa mayoría les traía sin cuidado.

En Bilbao no necesitan sentirse de un equipo llamado todos los años a ganar la liga para ser felices los lunes. Se acepta (este año con más pena que gloria) el papel que está autopredeterminado a jugar el Athletic. Como diría el de El Regato: “hay más mundo que el que alcanzamos a ver”.

BarçaMadrid y MadridBarça y pasión futbolera. Lo simpático del caso es que siempre aparece quien te dice que estos partidos hay que vivirlos con pasión para disfrutarlos, pero ellos son capaces de dar una visión imparcial de lo que acontece antes, durante y después. ¡Incongruencias!

Quede aquí nuestra particular versión sobre estos encuentros deportivos [a veces desencuentros deportivos] que duran dos semanas (la anterior y la posterior) y que los magnates de las grandes empresas mediáticas se han propuesto que alcancen la inaudita longevidad de tres semanas, avanzando durante quince días pseudoinformaciones como las veces que un equipo cae derrotado con el árbitro designado. Por cierto, que la estadística se ha confirmado; aunque mucho nos tememos que no ha influido en el resultado (por eso la hemos llamado pseudoinformación).

22 de noviembre de 2005