Hace algunos años éramos mucho más aficionados de lo que somos hoy en día a los deportes de combate. En ciertos foros éramos considerados eso que se llama “un experto” en estas lides.

En cierta ocasión un buen amigo nos informó de que unos conocidos nuestros de este mundillo tan complicado como denostado se habían establecido en un pueblecito cercano y que regentaban el gimnasio municipal en el que se practicaba el noble arte del boxeo.

Una de esas tardes de otoño en las que no hay mucho que hacer nos acercamos a la pequeña cervecería con la que pretendían asentarse en la localidad (obviamente los entrenamientos de boxeo no dan para establecerse económicamente en lugar alguno).

Al entrar nos saludaron muy cortésmente y en seguida, como no podía ser de otra manera, la conversación giró en torno al deporte de las dieciséis cuerdas. Nos pusieron gentilmente en antecedentes, y de cómo el deporte que reglamentó el Marqués de Queensberry había despertado expectación en el pueblecito en cuestión.

Se habían hecho con una cuadra de púgiles a los que adiestraban en el arte de la esgrima boxística. De entre ellos sobresalía un muchachote del que no recordamos el nombre, aunque tal vez sea mejor así para el desenlace de esta historia.

En cuanto preguntamos por el nuevo valor pugilístico observamos cierto brillo en los ojos de ambos hermanos. En ese momento la cadencia de su conversación se aceleró, se hizo más apasionada si cabe.

Comenzaron a explicarnos las bondades del que sería, según ellos, un as del boxeo, llamado a realizar grandes gestas en el arte científico de los guantes.

—Estamos encantados con él; es muy rápido, tanto de manos como de piernas. Es una delicia verle hacer sombra.

Para los no iniciados: quiere con esto decirse que a la velocidad de sus golpes debe añadirse que el boxeador se mueve grácilmente en el ring, entrando y saliendo de las distancias oportunas con gran rapidez.

—Además, pega muy fuerte y seco, en combinaciones y series. Da gusto verle hacer “repaso”.

Para los no iniciados: quiere decirse que el púgil no empuja al golpear, lo que se traduciría en una merma de la pegada y de la efectividad, y que no se limita a realizar uno o dos golpes, sino que lanza sin problema ráfagas de golpes —lo cual fatiga mayormente al púgil—. El repaso es ese ejercicio en el que el entrenador se coloca las manoplas, esos mini-escudos que lleva en las manos, para tomarle la lección al pupilo.

—Es inteligente —prosiguieron los hermanos—, aprende rápido. Hace “espejo” a la perfección, con toda la gama completa de golpes.

Para los no iniciados: querían hacernos saber estos proyectos de mánager que el progreso del boxeador es constatable semana tras semana, lo que sin duda ayuda al entrenador en su planificación. El espejo es un ejercicio propio del arte del pugilato, similar a la sombra, sólo que ante un espejo, como para tomar conciencia de uno mismo.

—Y le gusta entrenar, tanto el gimnasio como la forma física.

Para los no iniciados: es éste un defecto de muchos boxeadores que reúnen un gran número de cualidades; se ven tan sobrados que abandonan la disciplina y el rigor del entrenamiento; con el gusto por el entreno en el gimnasio se pretende destacar el trabajo técnico y táctico que se realiza en él, y con el acondicionamiento de la forma física se quiere reflejar que el púgil no escatima esfuerzos en el trabajo cardiovascular, en el campo, y el muscular, en la sala de pesas.

Por lo que nos estaban relatando el neófito era un dechado de perfecciones, un futuro campeón de Europa, de los que muchos gimnasios acostumbran a estar llenos. Llenos de eso, de futuros campeones que acaban por abandonar el cuadrilátero sin que nunca nadie sepa muy bien por qué.

Algo amoscados ya con las magnificencias del acólito, y con nuestra proverbial sorna, les espetamos: “Todo todo no lo puede hacer bien; algún defecto debe tener el chaval; vamos, digo yo…”

Pareció como si nuestra observación hubiera tocado en una diana secreta. Los dos se miraron al unísono, con los ojos muy abiertos; y observamos que en ese momento el brillo había desaparecido de los ojos de ambos.

—Bueno…, sí. La verdad es que tiene un defecto que no sabemos muy bien cómo vamos a quitárselo.

Guardamos silencio por un instante que se nos antojó sempiterno. ¿Es que no íbamos a poderles arrancar cuál era ese talón de Aquiles? Comenzamos a dar un rodeo perifrástico…, pero decidimos que era preferible ser directos. Si no les acuciábamos se enrocarían cual ajedrecista experto y nos quedaríamos finalmente con la duda de cómo vencer a este portento de la Naturaleza.

—Bueno, hombre, si se os puede ayudar en algo para corregir ese defecto…

—Es que… (¡decidlo ya, hombre!, recordamos haber pensado en aquel momento).

— …tiene miedo a los golpes.

¡Acabáramos! Pero bueno, estos dos nos habían tomado por pendejos. Apuramos nuestra bebida y con una media sonrisa salimos del local sin apenas despedirnos.

Nunca más volvimos a saber del tal Kid Pamplinas, como mentalmente le bautizamos aquel día. Ni siquiera llegó a debutar en la categoría para aficionados.

4 de noviembre de 2005