Hace menos de quince días escribíamos un artículo sobre la necedad que supone aguardar a que el deporte actúe cual bálsamo de fierabrás en la política internacional.

Venía todo al hilo de la renuncia in extremis de la selección iraní de baloncesto sub21 a jugar el Campeonato del Mundo de la modalidad al haber quedado encuadrados en el grupo de la selección israelí.

Un agudo lector escribía con total ironía el siguiente comentario:

[…] lo que la política ha estropeado que lo arregle el deporte.
[…] lo que han deteriorado los políticos y sus megalomanías que lo arreglemos los deportistas.

En realidad venía a resumir el sentir de nuestro artículo, por lo que suscribimos completamente su parecer.

Hoy leemos una noticia que parece caminar en sentido opuesto a lo que argumentábamos: “Los JJOO unen a las dos Coreas”.

Apresurémonos a matizar que en nada se contradice con nuestro razonamiento. En nuestra primera exposición argumentamos que el deporte es juego y diversión, y que si los actuantes no se sienten a gusto es un trabajo ingrato intentar llevar a cabo labores de reconciliación a través de él.

En esta ocasión parece que se abre una vía a través del deporte para la reconciliación. Pero han debido cicatrizar las heridas previamente para que el entramado deportivo pueda recubrir la brecha que en su día se abrió.

Ahora sí que podríamos parafrasear aquel lema nupcial: “lo que el deporte ha unido que no lo separen los políticos”. Pero permitan que demos una vuelta de tuerca más a este asunto.

Hasta ahora las dos Coreas han vivido y han sentido y han competido como dos países diferentes. De hecho, son dos países diferentes; aunque quizá no tanto como puedan serlo Alemania y Camerún por poner un ejemplo cualquiera.

Lo cierto es que mantienen las diferencias, y similitudes, que puedan tener dos países limítrofes. Aunque en un momento reciente de la Historia hayan sido una misma nación, es de prever que con el periodo de separación la idiosincrasia de estos pueblos haya ido divergiendo.

Lo mismo que si gallegos y andaluces (por poner un ejemplo cualquiera) hubieran sido separados por una frontera durante el mismo lapso de tiempo. Que nadie comience a mesarse las barbas porque no ahondaremos en la vía nacionalista. Más bien divagaremos en el sentido contrario.

¿Alguien puede establecer diferencias entre portugueses y españoles con la misma claridad que podría establecerlas entre los alemanes y cameruneses del primer ejemplo?

En realidad nuestros dos países han estado unidos bajo una misma bandera durante un periodo históricamente cercano. Bien es verdad que han pasado ya algunas centurias. Pero si norcoreanos y surcoreanos pueden olvidar sus diferencias para competir bajo una misma bandera, también podríamos hacerlo en este hemisferio occidental del Globo.

¿Que a dónde pretendemos llegar? Pues a la inutilidad de las fronteras en el mundo del deporte. Quizá para los próximos Juegos del Mediterráneo españoles y portugueses podrían competir conjuntamente. Hemos elegido como ejemplo los Juegos del Mediterráneo porque Portugal no está invitado a esta manifestación deportivo-cultural a pesar de que algunos puedan considerarlo un país mediterráneo.

¿Alguien se ha escandalizado ya? Es lo que pretendíamos. No deben tener mucho sentido las fronteras cuando los combinados de las distintas selecciones nacionales son cada vez más multirraciales y multinacionales.

En las selecciones futbolísticas de Francia, Holanda e Inglaterra, por poner unos ejemplos, hace tiempo que juegan deportistas negros (1), hasta el punto de que son los mejores de sus respectivas escuadras nacionales.

¿Será éste un artículo que dé lugar a aquello que se ha dado en llamar “el efecto mariposa”?

(1) Nota: nos parece un eufemismo innecesario denominar a estas personas como “de color”; los que no somos negros no es que seamos exactamente blancos (ni amarillos, ni pielrojas), y no nos parece mal autodenominarnos así.

8 de noviembre de 2005