Pensábamos que no íbamos a encontrar material para alimentar nuestro blog metadeportivo hasta mediadas las temporadas ligueras, pero estos meses iniciales están siendo anormalmente interesantes. Ayer leíamos este artículo en el diario deportivo Marca:

Baloncesto:
La NBA prohíbe las ‘malas pintas’.

La noticia nos ha sorprendido por lo disparatadamente cabal que es. Permitan que expliquemos el oxímoron.

Entendemos por un lado que la medida afecta a esa libertad individual que tanto defendemos en la Vieja Europa. Por lo visto en los USA, país con más de 250 años de democracia, las libertades individuales están supeditadas al bienestar del colectivo.

No parece que sea así en la Piel de Toro, donde el derecho a disfrutar de la noche individualmente está por delante del bienestar que supone para el vecindario poder dormir. Y si hay una fiesta popular, despídase de que se respeten los derechos de un colectivo minoritario o/y silente.

Muchos son los que se dan golpes en el pecho proclamando su anti-yanquismo. Para juzgar algo (o a alguien) hay que conocer todas las versiones, oír todos los puntos de vista, escuchar a los interesados. Quien critica muchas veces no conoce lo que critica.

O critica lo que percibe con su mentalidad, sin pararse a pensar que son muchos los factores que determinan las acciones que tan alegremente está “pre-juzgando”. Reflexión aparte merece el hecho de enjuiciar lo que aconteció en otra época, próxima o lejana, con la mentalidad de hoy en día.

No seremos nosotros los que rompamos una lanza en favor de un estilo de vida gringo. Sin embargo barruntamos que antes de 250 años aquí se harán muchas cosas tal y como allí se hacen ahora.

Viene a cuento esta diatriba contra el sentir general porque hemos oído en esta tarde pasada a no pocos criticar la medida de la NBA alegando que se coarta la libertad del individuo.

Tal vez no sepan que en las “grandesligas” las cosas no funcionan como en el fútbol europeo. Los jugadores no están contratados por las franquicias (sí, franquicias en la segunda acepción que le otorga el DRAE y no clubes) sino por la propia liga NBA.

Con esta visión la perspectiva cambia un poquito, porque en la empresa privada quien paga manda (en la pública, quien paga no lo hace con su dinero, y sólo es usufructuario de unos derechos, lo que no impide que a las mentes débiles les afecte el mando).

Así pues, el dislate que supone regular los modos de vestir de un grupo de jóvenes tiene al menos una base “legal”.

Lo que es una lástima es que haya que llegar al extremo de regular este tipo de cuestiones. En la noticia sólo se nos habla de la vestimenta, pero a buen seguro que aquí no acaba el asunto y la actitud de los jugadores será también objeto de regulación.

¿O piensa alguien que por ir con traje y corbata los tatuajes desaparecen y con ellos la actitud de los jugadores? Sonreímos de soslayo al pensar en estos gigantes del basket, embutidos en un traje y ahogados por una corbata, en actitud rapera.

La NBA se equivoca porque no ataca la raíz del problema. Estos chicos, magos del balón anaranjado, son todo lo buenos que son precisamente porque escuchan rap y cantan hip-hop. Esto forma parte de la esencia de su arte. Y la forma de expresión de esta sub-cultura (dicho sea con el mayor de los cariños) se patentiza en la indumentaria.

¿Deberán cortarse también las rastas quienes profesen la religión rastafari? Es un disparate cabal esto de prohibir lo que es una forma de expresión personal.

Y decimos que es cabal porque la NBA tiene razón en un punto. No vende buena imagen un individuo lleno de tatuajes, con greñas y sin afeitar, con piercing y vestido con esos pantalones inmensos que parecen confeccionados para algunos profesionales del circo.

Pero, insistimos, el problema no está ahí. Estos chicos, millonarios en eurodólares como para comprar cuantos caprichos pueda anhelar un mortal, han salido, sí, de las Universidades donde han conseguido una beca para poder jugar a su deporte favorito y llegar al mundo del profesionalismo deportivo.

Pero educación, lo que se dice educación, no tienen ni para sentarse a la mesa a comer. Aunque éste no es un mal típicamente americano. Nuestros compatriotas universitarios tampoco saben descubrirse cuando entran bajo techo, ni levantarse de la mesa cuando son saludados, ni ceder su asiento en el autobús a quien lo precise, ni dejar salir cuando ellos pretenden entrar…

La lista es interminable. Y es que hay dos asignaturas que echamos en falta en nuestros institutos. La una, urbanidad; la otra, instituciones públicas. Lamentable es que nuestros diplomados y licenciados no sepan elevar una instancia, rellenar un impreso para solicitar una subvención o desglosar el IVA.

Escribimos hoy a vuela pluma y notamos ya que nos extendemos más allá de lo que sería prudente para no cansar, por lo que procedemos a concluir en dos últimos párrafos.

Pretender encerrar algo que surge del alma no va a dar buenos resultados. Mejor les pagaban un máster en educación y buenos modales. Pero algo tendrá que hacer la liga que permite que se ganen excelsos salarios para mejorar la imagen y el mensaje que transmiten a la juventud estos nuevos ídolos mediáticos.

Ocurre que una vez que se inicia la andadura por uno de estos senderos plagados de normas, no sabe uno la dirección final que se verá obligado a tomar. Y la marcha atrás es complicada de asumir.

20 de octubre de 2005    buzón de alcance