Como ya saben nuestros lectores, durante este verano hemos ido atesorando algunas perlas informativas con la intención de sacarles punta en nuestra particular aguja. Tenemos aún en nuestra recámara una noticia de la que no deseamos demorar por más tiempo su exposición:
• Baloncesto:
Irán es baja en el Mundial Sub21 por negarse a jugar contra Israel
En el subtítulo podemos leer:
Aunque afirman que es por problemas con el visado, parece que su negativa a enfrentarse a Israel podría ser la causa por la que la delegación de Irán ha decidido no acudir al Mundial Sub21 que comenzará a disputarse mañana viernes en Argentina.
En primera instancia nos llama la atención el contraste entre lo categórico que se muestra el titular y la mesura con que se trata tan serio asunto en el subtítulo. Cosas del periodismo moderno, que basa su poder de atracción en los titulares gualdas.
Quien tenga la curiosidad de leerse la noticia enlazada observará algún dato más que se revela interesante.
La delegación iraní nunca dijo que no acudiría, lo cual hubiera puesto en guardia a las autoridades deportivas. Tal vez hubieran evitado descalabrar el torneo, pero se hubieran puesto en evidencia. Así, alegando problemas de última hora, siempre planeará la duda sobre los verdaderos motivos de su deserción.
Pero no seguiremos nuestro razonamiento por esta vía. No creemos que la delegación iraní sea culpable, sino más bien la víctima de un conflicto internacional generalizado y, hasta cierto punto, oculto. Estamos convencidos de que los muchachos y los técnicos hubieran preferido disputar el Mundial.
Razones político-religiosas se oponen a la buena marcha del deporte. Escribimos en su momento un artículo sobre la superación de las diferencias internacionales en la competición deportiva. Pero ahora nos parece que lo que allí elogiábamos no son más que hechos puntuales y lo que hoy traemos a colación es la generalidad establecida.
“Las cosas son como son y no como nos gustaría que fueran”, oímos decir en cierta ocasión a un político con responsabilidades a modo de cariñosa reprimenda cuando hablaba con un menor de edad allegado a él que se escudaba en que el colegio no le gustaba.
Pues esta frase, que en sí es un axioma, es la que deberían aplicarse en esas esferas organizativas del deporte de elite. Negar la evidencia no lleva sino a casos como el que nos ocupa, en el que un Mundial sub-21 quedó cojo y tal vez desvirtuado.
En la Aguja de Bitácora se proponen alternativas, cuando no soluciones, aunque sea bajo la forma de interrogantes o de reducciones al absurdo. En este asunto, nuestra única alternativa queda ya expuesta.
Y, por favor, que dejen ya de vendernos toda esa mística que habla de que el deporte acerca los pueblos y ayuda a la integración y a vencer barreras. En este caso ha levantado un muro al entendimiento, a la concordia y al diálogo. Nuestros amigos argentinos —hermanos que nos ayudaron en época de posguerra y hambre—, organizadores del magno evento baloncestístico, no pueden haber olvidado tan pronto.
Seguro que no es grato rememorar los sentimientos que embargaron al pueblo argentino en contra de Inglaterra a raíz de la Guerra de las Malvinas. Es cierto que la selección argentina de fútbol, liderada por Maradona, no renunció a jugar contra los ingleses, a los que derrotaron, en el siguiente mundial en el que coincidieron. El hecho en sí les honra, pero si hubieran perdido el encuentro el resentimiento nacional hubiera sido mayor.
Hay cosas que no se pueden forzar. Así como hay cosas que no podemos juzgar con nuestra cómoda mentalidad europea.
Cuando mantengamos una guerra con nuestro vecino de enfrente y nos sintamos humillados por la derrota bélica, veremos que no nos apetece jugar un encuentro deportivo contra una selección de esos mismos vecinos que han masacrado, tal vez, a nuestras familias.
El deporte es juego y es diversión. Pero no se le puede pedir más. Cuando la herida es grande a nadie le apetece jugar y divertirse. La decisión tomada merece tanto respeto como si se hubiera tomado la decisión de jugar. A ver si se le van cayendo al mundo del deporte esas máscaras vacías de contenido para que se nos permita aceptar las cosas como son y no quedarnos estancados pensando en cómo nos gustaría que fueran.
21 de octubre de 2005
Actualización a las 15:10 del 27.10.2005
Un lector nos ha enviado este enlace a un post del blog amigo “Notas de Fútbol”: Diecinueve años del gol del siglo, en el que se hace referencia a la bizarría de los argentinos al jugar un encuentro (o mejor, a no renunciar a ello) de la Copa del Mundo de fútbol contra una selección de un país enemigo.
http://www.agujadebitacora.com/2005/10/de-la-guerra-al-juego/trackback/(coloca el cursor sobre las estrellas que desees otorgarle y pincha)





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(Jean Dolent)















Sí, el deporte es juego y diversión, y cuando es una imposición deja de ser divertido. Pero a lo mejor si hubieran jugado hubiera sido un comienzo para limar asperezas.
Aunque también es posible que hubieran acabado a tortas en la cancha, lo cual no hubiera hecho sino empeorar la situación.
De cualquier forma, habría que mantener la esperanza en el sentido de que el deporte acerca a los pueblos.
Eso, lo que la política ha estropeado que lo arregle el deporte. O peor; lo que han deteriorado los políticos y sus megalomanías que lo arreglemos los deportistas. Para eso nos evitamos un paso y que los deportistas se metan a políticos, que seguro que lo hacen mejor; y de paso que los políticos se metan a hacer deporte que seguro que les viene bien.
La definición que algunos hacen de la política (o sea, que es una forma no violenta de practicar la guerra) viene que ni pintada para el deporte. Salvo las consabidas excepciones, casi siempre están en litigio no dos clubes o diversos competidores individuales sino dos ciudades o dos paises, o atletas de unas u otras nacionalidades. Basta observar el caso Alonso (por citar el último) para darse cuenta del patrioterismo nacional, autonómico y local que nos ha caído. Siempre en oposición (es imposible no tenerla) a otros patrioterismos de allende las fronteras, países y pueblos. A nadie en su sano juicio, excepto a unos cuantos chalados, se les ocurre pensar que Alonso sólo representa a….Alonso y a su equipo de mecánicos, directivos… Y que el Barcelona no es algo más que un club sino -simplemente- unos señores que a título individual se la juegan futbolísticamente hablando en todos los partidos y en el negocio consiguiente. Comprendo que con esta manera de entender el deporte se le está quitando toda la parafernalia y “emoción” que hay cuando el enfrentamiento no es entre Raúl y Pujol sino entre el Real y el Barça, o sea, entre Madrid y Barcelona, o sea entre España y Cataluña, y así sucesivamente.
Pero, en fin, hay causas perdidas desde su origen y ésta es una de ellas. Un deportista o grupo de ellos sólo deberían representarse a sí mismos o al club deportivo que les paga. Lo demás son zarandajas y melonadas que en situaciones extremas sólo conducen al caso que comentas de los iraníes.
Sí, también opino que ese deporte de selecciones nacionales cada día tiene menos sentido. Hace unos años en las novelas de futuro ficción se apostaba por una sociedad dominada por lo que se dio en llamar mega-corporaciones. Los Estados habían desaparecido… Los servicios públicos eran prestados por empresas, multinacionales, holdings… En una palabra: megacorporaciones.
En ese futuro quizá no tan lejano los equipos representarían a las empresas que los construyen a golpe de talonario. Porque el deporte, en ese futuro hipotético (como todos los futuros), tendría un papel muy importante. Básicamente el mismo que tiene hoy en día: entretener a las masas y mantenerlas apartadas de lo que realmente importa. Recuerdo aquella película titulada “Rollerball”… Por cierto, voy a ver si la puedo volver a ver, que creo que me va a dar material para un artículo. ;-)