Caza de brujas

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Ya he escrito en otra ocasión sobre el deporte semi-inhumano del ciclismo (¿estará reservado, pues, sólo a semi-dioses?), en mi artículo “Ciclistas sin fronteras“. Esta vez volveré a poner mi tilde sobre quienes suben los repechos de la ruta en coche, esos mismos que sólo sudan cuando la cuenta de beneficios baja.

Leía durante mi retiro bitacoril la noticia del arresto de Darío Frigo tras hallarse productos dopantes en el vehículo que conducía su mujer.

Y yo, que soy un suspicaz recalcitrante, me he hecho una serie de preguntas que con gusto trasladaré a mis ocasionales lectores.

¿Cómo es que siempre cogen a los ciclistas de tercera y nunca a uno de primera fila −recordemos que en otras modalidades han caído algunos campeones−? ¿No podría ser que hubiera una suerte de caza de brujas hacia los ciclistas segundones para justificar una supuesta pureza deportiva sin la cual se vendría abajo el ingenio?

¿Cómo es posible que un ciclista como Darío Frigo necesite productos dopantes para rendir y no lo necesiten los número uno? ¿Es que Darío Frigo sin los productos dopantes es un corredor de cuarta serie? Y si es de cuarta serie, ¿cómo es posible que esté corriendo un Tour de Francia? En ese caso, ¿cuántos Darío Frigo hay en el pelotón y por qué están ahí? ¿Habrían rehusado otros deportistas prestar los servicios que éstos están brindando?

¿Por qué en un control policial se revisaría un coche cualquiera en busca de productos dopantes? ¿Por qué la policía francesa asoció a una mujer en Albertville con el Tour, cuyos equipos estaban en Courchevel, a unos 50 kilómetros al sur? ¿Es que ser la mujer de un ciclista supone ya ser sospechosa y su nombre estaba en una lista?

¿Por qué iba un policía cualquiera a revisar un termo, que es donde estaban escondidos los productos dopantes, en un control rutinario en un peaje? Sí que es sospechoso que dentro de un termo haya hielo (¡!), pero yo me estoy refiriendo al propio hecho de revisar el termo. ¿Sería positivo para la policía francesa alcanzar una cuota de detenciones? ¿Habrían sido los Frigo las marionetas de una celada?

¿Por qué iba la mujer de Frigo a portar diez dosis de EPO por toda Francia, y menos aún si se dirigía a la salida de la etapa? ¿No hubiera sido más normal que llevara una, la que debía consumir su marido, siendo así más fácil de camuflar, dejando las demás dosis en la nevera de un hotel estratégicamente ubicado para evitar largos desplazamientos?

¿Por qué correr el riesgo de romper la cadena de frío que garantiza la conservación de la EPO con las diez dosis? ¿Son diez dosis suficientes para todo un Tour? ¿Por qué llevaba diez y no nueve u once o siete dosis —en ese momento quedaban ocho corredores del equipo Fassa Bortolo en carrera de los nueve que habían tomado la salida—?

¿Por qué arrestar al marido por un delito que comete la mujer? ¿Por qué no se hizo un análisis al ciclista antes de arrestarle? Que yo sepa, un hombre es inocente hasta que se demuestre lo contrario, al menos en el mundo occidental al que pertenece Francia. ¿Cómo saben que la EPO era para Darío Frigo?

¿No parece algo precipitado apartar a un deportista de la carrera, que al fin y al cabo es su trabajo, sin más pruebas? ¿Desde cuando se arresta a la pareja de alguien que delinque sin más cargos que el delito del cónyuge? ¿Es posible que su mujer, tras la detención, declarara en contra de su marido? Por estos pagos eso está protegido por la ley, y seguro que la señora Frigo dispuso de la presencia de un abogado en su declaración (aunque fuera el de oficio).

¿Por qué los organizadores se ensañan esta vez en sus declaraciones contra Darío Frigo? ¿Por qué ahora demuestran tanta seguridad y son tan categóricos en contraposición con las declaraciones de hace unos años en las que arremetían contra la policía y cargos públicos por interferir en “su carrera”? ¿Habría sido Darío Frigo utilizado como cabeza de turco para salvar el honor de otros?

¿Y si resultara que Darío Frigo no hubiera tomado EPO, o no se pudiera demostrar, que para el caso es lo mismo? ¿En qué lugar quedaría la policía que lo arrestó y los organizadores que lo demonizaron y el equipo que lo repudió? En ese caso, ¿cómo se lavaría el honor de Frigo y quién debería pagar una indemnización que me temo fuera millonaria?

Y en cualquier caso, ¿no les parece que la policía obró con precipitación? ¿Por qué no dejarle disputar una o dos etapas más, o incluso el resto de la carrera? ¿No quedaría desenmascarado si su rendimiento bajara ostensiblemente al quedarse sin el suministro de EPO?

Y ya que hablamos de ciclismo y de dopaje, ¿en qué habrá quedado el escándalo destapado por Jesús Manzano y que ha sido publicado en el diario deportivo As bajo el título “Así se dopa un ciclista” sobre los usos farmacológicos que se dan en el ciclismo profesional?

Por supuesto uno no aprueba el dopaje, y me declaro abiertamente contrario a estas prácticas por los motivos que aduje en su día en mi artículo “Señor doctor“.

Pero uno no puede dejar de pensar y de cuestionarse las cosas que pasan en el mundo del deporte [sobre todo porque uno pertenece a ese mundo desde hace mucho tiempo, y recuerden ustedes que sabe más el diablo por viejo…]. A estas alturas uno sabe que las cosas no ocurren porque sí. Uno ha aprendido que a ciertos niveles todo tiene un motivo y todo busca una consecuencia. Y uno no puede evitar hacerse preguntas maliciosas aun sabiendo que va a obtener respuestas ambiguas.

6 de septiembre de 2005

“Toda palabra dicha despierta una idea contraria” (Goethe)
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 Publicidad institucional en el deporte

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Este artículo estaba escrito y listo para publicarse el 8 de julio de 2005. Diversas circunstancias a las que ahora es mejor no darles mente llevaron a cerrar por vacaciones la Aguja de Bitácora con una semana de antelación sobre el calendario previsto.

Publicidad institucional

Guardaba la información que hoy presento para expresar mi opinión sobre el particular cuando el devenir de la actualidad lo hiciera oportuno. Pero un comentario de mi amigo Dacasán en uno de mis últimos artículos, concretamente en Patrioterismo deportivo (y 2), ha conseguido que este tema ascendiera por entre los archivos que guardo en “la_recámara” (que así llamo a la carpeta donde almaceno las informaciones deportivas que juzgo interesantes) hasta lograr que me haya puesto a escribir sobre ello sin más demora.

El artículo leído en Estrella Digital es una de esas informaciones de investigación periodística, género que lamentablemente está en desuso. No se trata de una investigación exhaustiva, pero sí es cierto que alguien se ha tomado la molestia de recopilar una serie de datos y conectarlos entre sí informando de lo que puede ser (y de hecho es) una tendencia en ciertas Administraciones públicas.

Pero lean antes el artículo, que después ya daré mi opinión: “Los equipos de fútbol se convierten en el mejor reclamo para el turismo en nuestro país“.

Lo que me preocupa es que dinero público (que al fin y al cabo es de todos) vaya a parar a manos de los directivos de equipos profesionales de fútbol, quienes en general (siempre hay honrosas excepciones) son bastante manirrotos con una gestión económica que les es ajena.

Parece ser que ya nos hemos habituado a una mala gestión de los clubes de fútbol profesional, lo que desemboca las más de las veces en el desastre económico.

Tras la quiebra técnica de la entidad deportiva, o bien una Administración asume la deuda o bien la empresa (llamada Sociedad Anónima Deportiva) desaparece, con los ya consabidos impagos y el consiguiente coste para las arcas públicas.

Y es que mientras no gestionen dineros propios, quizá a estos dirigentes de equipos profesionales la ilusión les haga ser más optimistas que realistas con los activos de lo que ellos llaman el “CLUB”, palabra que invocan a modo de mantra, pero que en realidad no es más que un eufemismo para referirse a una empresa de índole deportiva (sociedad anónima deportiva). Soy consciente de que la gran mayoría de los Presidentes de equipos profesionales españoles desearían ser dueños del “CLUB” tal y como ahora es Malcolm Glazer propietario del Manchester United.

La Administración (sobre todo la local, que es la más cercana) es percibida como una red salvadora que permite columpiarse con temeridad en el trapecio de la gestión económica deportiva. Suele llegar a tiempo una partida presupuestaria pública para hacerse bien con terrenos, bien con acciones, bien con participaciones en valores intangibles (fichajes, marcas…). La ingeniería de los presupuestos es un arte muy apreciado en algunos caladeros.

Y últimamente ha llegado dinero público a estas empresas llamadas sociedades anónimas deportivas por la vía que nos explican en la noticia.

Me pregunto hasta qué punto es interesante el anunciar turísticamente una Comunidad Autónoma (que no digo que no lo sea) en un soporte publicitario como la camiseta (o incluso la manga de la camiseta) de un equipo de fútbol profesional.

Obligación, que yo sepa, no hay ninguna, aunque por los discursos que se oyen a veces parecería que los directivos deportivos se lo imponen a los políticos. Que si los colores son los colores, que si el sentir general, que si la categoría de la ciudad, que si el apoyo “al club” en momentos difíciles, que si el rendimiento social, que si los beneficios económicos que supone para la ciudad…

Me pregunto hasta qué punto la cantidad pagada a la sociedad anónima deportiva es acorde con los impactos publicitarios conseguidos (que seguro que la relación entre impactos y precio es cuantificable).

¿Cuánto pagaría una empresa privada (celosa de sus beneficios) por anunciarse en la manga de una camiseta de fútbol? ¿O es que alguien piensa que las grandes marcas patrocinadoras regalan su dinero en la publicidad deportiva simplemente por simpatía con unos colores o con el sentir general?

¿Estarían pagando de más las Administraciones públicas? ¿Sería éste un agujero que escapa al control financiero de los órganos competentes al ser los patrocinios algo intangible? ¿Funcionaría este agujero (caso de existir, que no digo que exista) a modo de patente de corso por el que tal vez se puedan pagar favores debidos? ¿Se utilizaría la publicidad institucional como una tapadera por la que obtener una fidelidad, asegurarse una proximidad o/y no desavenirse con la masa borrego-deportiva?

Note mi avispado lector que no escribo en contra de ninguna ideología concreta. Si se diera la situación expuesta (que no digo que se dé) todos se beneficiarían de esa especie de impunidad que proporcionaría la publicidad institucional. Y ya saben lo que se dice de la mujer del César.

Mi propuesta es la de mantener la asepsia con todo lo relacionado con las Administraciones públicas y los dineros públicos, que al fin y a la postre son de todos nosotros: un Comité (1) que vigilara las demasías de los gastos públicos en publicidad institucional y que esté formado por profesionales del gremio de los comerciales y la publicidad (que fueran incorruptibles ya sería mucho pedir, pues serían personajes de la empresa privada).

Lo pondré más fácil para el caso concreto del deporte (fútbol, baloncesto, ciclismo). Con la antelación suficiente ese Comité elaboraría un tabla con un valor mínimo de mercado para la publicidad en los soportes que se propongan (camisetas, marcadores, cartelería, vallas…) para cada equipo profesional que lo solicitara atendiendo a estándares como la calidad deportiva o la difusión que se espera de las actuaciones del equipo. Ese mínimo sería el aplicable al contrato de publicidad de cualquier Administración pública que deseara anunciarse en el soporte elegido.

Enlace recomendado:
Proyecto de Ley de publicidad y comunicación institucional (.pdf)
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2 de septiembre de 2005    buzón de alcance     buzón de alcance
hoy hace 60 años que terminó la II Guerra Mundial

(1)Si quieres que algo se haga, encárgaselo a una persona; si quieres que algo no se haga, encárgaselo a un comité” (Napoleón Bonaparte).

“Toda palabra dicha despierta una idea contraria” (Goethe)
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