Mis sardinitas, qué ricas son…
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deporte de elite | deporte profesional
Al igual que la sardinera de la bilbainada buscaba un mejor mercado para vender su mercancía, el deporte internacional, el deporte de elite y el olimpismo tienen su ley de la oferta y la demanda. Note nuestro avispado lector que no hemos mencionado en la lista anterior al deporte profesional.
Esta claro que estas cuatro esferas son secantes entre sí; queremos decir con este símil geométrico que no son esferas aisladas, sino que comparten en mayor o menor grado ciertas áreas que muchas veces no están suficientemente diferenciadas.
El deporte profesional debe quedar reducido al ámbito de los clubes privados, ya sean entidades sin ánimo de lucro o empresas deportivas (sociedades anónimas deportivas según la legislación española). En consonancia, cada entidad buscará lo mejor para sus intereses, creándose con total naturalidad un mercado de valores deportivos.
A veces los conceptos se confunden por semejanza. El deporte de competición de elite y el deporte profesional comparten muchas áreas de sus respectivas esferas. Pero los gobiernos no deben entrar en la puja por los servicios de los mejores deportistas como si entidades deportivas fueran.
¿Les parece descabellada esta advertencia? Recuerden el caso del alemán Johann Muelleg y la federación española de deportes de invierno; y recuerden el ridículo internacional que se hizo con la contratación de los servicios del alemán.
Este verano han aparecido algunas noticias en las que hincar nuestra particular aguja. Días atrás les hemos presentado alguna de estas perlas informativas. Para hoy les hemos seleccionado una que ha pasado desapercibida para el gran público pero no para nuestra red de pesca digital.
A raíz del Campeonato del Mundo de la IAAF en Helsinki un lector nos remitió la siguiente noticia: “Más petrodólares para comprar atletas pobres”. La compra de deportistas (1) en el hipermercado deportivo internacional va camino de convertirse en moneda de cambio entre Gobiernos. La diferencia entre el modo de actuar en otras latitudes son las formas, más descarnadas y menos sutiles que en este rincón del mundo en el que vivimos.
Quizá en lo personal, para el corredor y su familia, haya sido un gran acuerdo. Pero en lo colectivo, en el plano internacional, permitir estas acciones es caminar por una senda de sentido irreversible. Los Gobiernos, sean nacionales, locales o regionales, no deben irrumpir ni entrometerse en el mundo del deporte de competición de elite.
Su radio de acción debe limitarse al fomento y a la prestación de un servicio deportivo público. Utilizar al deporte para sus acciones publicitarias institucionales ya ha sido cuestionado en esta Aguja de Bitácora.
Ahora el medallero es percibido como un nuevo soporte publicitario. La compra de los servicios de deportistas foráneos es algo que pone en la picota el sistema actual deportivo internacional, basado en las representaciones nacionales (algo sobre lo que ya se ha escrito aquí en otras ocasiones).
Esos sentimientos patrióticos que el deporte lleva exaltando desde el siglo XIX serán sustituidos por pasaportes con doble nacionalidad y una chequera con funda de piel.
Tal vez una nueva era esté comenzando, y las fronteras y las banderas y los himnos lleguen a ser algo anacrónico. Sobre todo si pierden su sentido.
“Nunca se tendrá un mundo tranquilo hasta
que se extirpe el patriotismo en la raza humana“
George Bernard Shaw
30 de septiembre de 2005
(1) Y sí, hemos dicho compra de deportistas y no de sus servicios. ¿No les parece a ustedes que al protagonista de la noticia enlazada en nuestro artículo le ha cambiado la vida? ¿Y que no va a poder abstraerse del contrato que ha firmado? No sólo han comprado sus servicios, sino su modo de vida (que se ha visto mejorada sustancialmente y que ha podido elegir con libertad).
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El ser humano siempre ha sido una mercancía para otros seres humanos más poderosos. Los tiempos, en algunas sociedades, han ido dulcificando un poco el asunto pero en una ridícula medida. Sin embargo una cosa es que esta sea la triste realidad y otra, más bellaca, es que encima nos la restriegen en nuestras propias narices y a la luz del día. Como el deporte de competición es como una gran lupa, en él se reflejan claramente todos los tics y tacs de la sociedad. Así que esto de comprar deportistas a países más atrasados para sacarles la plusvalía económica correspondiente no deja de ser lo mismo que el invento sacado en Kioto, en donde los países desarrollados pueden comprar contaminación a los más pobres y seguir enmierdando el planeta con la cuota que le correspondería a éstos.
Volviendo al deporte, aunque desaparecieran las selecciones nacionales y todo el montaje patriótico que le rodea, el negocio como tal seguiría existiendo con la misma falta de ética y de pudor. Y a las pruebas me remito: ya hay equipos cuyos dueños absolutos no son sino multimillonarios que pasan de sentimentalismos y otras coñas. Ellos a lo suyo, al negocio puro y duro. Y tienen éxito los tíos.
Aunque quizás todas estas compras de “material” tercermundista lleguen a acabarse el día en que la biotecnología dé sus primeros frutos tangibles y la ética social se adapte a estos. Quiero decir, que a las primeras potencias un día no muy lejano les bastará con modificar al alza las excelentes cualidades y condiciones iniciales de algunos deportistas del país para hacerlos más perfectos y completos. Una operación correctora por aquí, unas células madres por allá… Si una señora o un señor pueden entrar en un quirófano y salir del mismo sin que los reconozca ni la madre que los parió (cambios de nariz, de labios, alzado de pómulos y otros enjaretamientos), ya me dirás qué se podrá hacer dentro de poco (y muy legal, oiga) con otras partes del cuerpo y otras energías. Entonces ya no será necesario ni siquiera recurrir a la compra de mano de obra barata para el deporte propio, buscando allá por África o Asia.
Pues sí que tienes razón; este asunto no deja de ser una trata de negros, dicho sea con todos los respetos y ningún atisbo racista. El atleta de la noticia ha debido hasta cambiarse el nombre, lo cual es algo que entronca con lo directamente personal. Tengo en mente cuando escribo esto aquella soberbia serie de televisión, “Raíces”, donde Kunta Kinte se llevo una soberana paliza a base de latigazos por no aceptar su nombre de esclavo, Tobi creo recordar. Una serie documentada y basada en hechos reales.
Así pues, al campeón le han cambiado el nombre, y no creo que haya sido un acto voluntario, como sí lo fue en el caso de “El más grande”, Muhammad Alí. Aunque bien pensado…, tal vez yo tambíen aceptaría ir a la mezquita dos veces por semana si me untasen con esas cantidades. Como decía el fenicio: “es cuestión de precio”.