Existe un sentimiento patriótico que genera en el pueblo cierta alegría, y hasta euforia se podría decir, por las victorias de los profesionales del deporte.
Si estas victorias supusieran algún beneficio tangible para nuestro país lo entendería. Hablo de la llegada de inversiones extranjeras, aumento de las exportaciones, bajada de la deuda exterior, incremento de puestos de trabajo…
Pero el beneficio es únicamente personal y no colectivo; no hay beneficio para la nación, entendida como el conjunto de los ciudadanos. Esta alegría patriótica es algo que no se da en otros ámbitos. Si un empresario español triunfa fuera de nuestras fronteras, el sentimiento que genera se sitúa entre la indiferencia y la envidia.
¿De dónde proviene esta solidaridad patriótica en el deporte? Alegrarse por las personas que nos son próximas es la otra cara de una moneda; el anverso (o el reverso, que tanto monta) de esa moneda es la afición nacional por excelencia: la crítica. Y para muestra, un botón: recientemente sufrimos un fenómeno llamado la “Alonsomanía”, pero ya hay quien se ha apuntado a la “Alonsofobia“, otro fenómeno que también padecemos.
Este sentimiento patriótico-deportivo fue propio en el siglo pasado de regímenes totalitaristas, tanto fascistas como comunistas. En el primer caso recordamos que las dictaduras de Franco (que apoyó abiertamente al Real Madrid), Mussolini (que se valió de la Copa del Mundo de Fútbol de Italia, 1934) y Hitler (que se sirvió de los Juegos Olímpicos de Berlín, 1936) están acusadas de utilizar el deporte para alentar en las masas ese sentimiento patriótico en beneficio propio.
En el segundo caso, más recientemente, recordamos que durante la “Guerra Fría” el deporte fue amparado por los gobiernos del bloque soviético y los deportistas elevados a la categoría de héroes nacionales, todo ello con fines propagandísticos. Se dice que el bando occidental fomentó el deporte de elite como contrapropaganda (respuesta a la propaganda de los rivales). Sea como fuere, todo hay que decirlo, el deporte salió beneficiado de este duelo entre potencias —investigación, presupuestos, eventos, cobertura mediática—.
Pero no fueron los políticos quienes despertaron de su letargo este sentimiento patriótico-deportivo. El Barón Pierre de Coubertin partía del espíritu olímpico antiguo; las naciones envían a los Juegos Olímpicos sus mejores atletas, y se sienten orgullosas de ellos.
Ya he dicho en otras ocasiones que hay que juzgar las acciones que se emprenden en un momento dado con la mentalidad de la época en que se toman esas decisiones. El mundo, a finales del siglo XIX y durante buena parte del siglo XX, era un mundo mas idealizado que el actual. [Prueba de ello es que sabemos que a la Guerra Civil Española acudieron voluntariamente ciudadanos de otros países para luchar por unos ideales. Hoy en día esto es algo prácticamente impensable en la sociedad occidental, más materialista, más consumista, e instalada en el estado del bienestar].
De alguna manera apelar al orgullo nacional en deporte significaba jugar con fuego. Tal vez en la última década del siglo XIX fuera algo muy romántico; pero el mundo cambió, y en los años ’30 el fuego prendió. Los sentimientos patrióticos (exaltados por algunos líderes) también podían resultar humillados con una derrota. Un riesgo que algunos políticos no estaban dispuestos a correr. Sobre las manipulaciones en el ámbito del deporte que se imputan a los tres dictadores europeos citados arriba recomiendo visionar la cinta documental “Fútbol y fascismo“.
Volviendo al Barón y su romanticismo decimonónico, lo cierto es que el espíritu olímpico de hoy en día ha perdido gran parte de su idealismo original (y soy benévolo). Con la entrada del profesionalismo, los Juegos Olímpicos han perdido en romanticismo y han ganado en interés para el público (y para las televisiones, los patrocinadores, las federaciones internacionales, los medios de comunicación, los agentes publicitarios, los gobiernos…).
21 de junio de 2005
San Luis Gonzaga
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(Jean Dolent)















Alegrarse por lo que consiguen los deportistas de tu país, quizás sea una forma de evadirse, de olvidarse de los problemas propios. En Venezuela lo que hacen nuestros grandesligas nos mantiene en expectativa y a veces es lo único que nos consuela. Es un opio muy sabroso…
Hola Gata Francia,
tu última frase me recuerda peligrosamente a esa otra en la que se dice que “algo” es el opio del pueblo.
Precisamente en esa línea camina mi idea. Mientras te alegres y te felicites por recibir ese opio, tu mente (y la de todos los que piensan como tú) estará alejada de las verdaderas necesidades y problemas (lo que me preocupa es que esto sea utilizado para manipularnos).
Sí que es gratificante alegrarse por los demás, pero no lo hacemos por un padre de familia que ha encontrado trabajo, sino por un tío con mucho dinero que va a ganar más dinero todavía. Y del cual, lo único que sabemos, es que ha nacido en nuestro mismo país. Si reflexionamos en ello, me parece una solemne majadería. Mi propuesta es que nos relajemos y disfrutemos del espectáculo que dan los mejores (lo leerás en el artículo siguiente).
Aguja, he leído tu nota “Patrioterismo deportivo” y me parece razonable. No obstante es demasiado pedir a una sociedad globalizada, a la que le han infundido que el éxito y la excelencia es lo más y que lo logros alcanzados son lo que importan.
En mi caso yo me alegro cuando algún amigo mío consigue trabajo, tiene un éxito profesional, es felíz con su familia, cuando una fábrica se rehabilita o aumenta su producción. Justamente de lo que hablamos es de deporte y los logros deportivos son mediatizados y contra eso los que amamos el deporte, nos alegramos y gozamos. Nosotros los Argentinos somos los primeros en ser autocríticos, pero nos cuesta aceptar perder, será porque políticos, gobernantes, industriales, multinacionales, periodístas y dirigentes nos mienten día a día y nos han convertido en eternos perdedores en la vida, que nos aferramos a los orgasmos que nos produce un gol, un triple y un éxito deportivo sin que ello sea patroterismo. Un abrazo
Saludos Freddy,
pienso igual que tú. De hecho, el deporte es emoción, y ¿quién no se emociona con un gol o una gran acción (jugada, adelantamiento, golpe maestro, etc., etc.)?
La crítica mía va en la línea de recordar (y de pedir) que no consumamos un producto que viene adulterado por todas esas grandezas patrióticas. El deporte profesional es espectáculo, y lo que no nos podemos permitir es que haya gente que sufra cuando ese balón no entra…
Como bien dices, ya la vida tiene bastantes sinsabores como para que uno se sienta infeliz porque su equipo, o su selección nacional pierde… Ahí es donde yo pretendía llegar con mi reflexión. Tal vez no haya sabido explicarlo convenientemente en este artículo. En realidad todo esta serie de artículos vinieron a raíz de este otro: Propiedad privada. Como te digo, habría que leer los que vinieron sobre el mismo tema después de éste, aunque la buena conclusión creo que la he hecho gracias a tu intervención. Un abrazo para ti también.