El martes pasado estaba escuchando la radio mientras trabajaba. En eso llega la sección deportiva y el locutor habla de la final de la Copa de Europa. Dice que las apuestas dan favorito al Milán. Quiso hacer un chiste y dijo que a ver si perdían todos los que habían apostado por los italianos porque el equipo de todos nosotros era el Liverpool.
Entiendo que ese “todos nosotros” no se limitaba a los compañeros de emisora y que incluía a los radioyentes, pues matizó que en el Liverpool juegan compatriotas nuestros, y que el propio entrenador es español.
A mí esto me parece de una simpleza como un pino de grande. Pero tengo la sensación de que ese mismo sentimiento es el que embarga a la mayor parte de los habitantes de la Piel de Toro. Este sentir se repite a diario en diferentes ámbitos del deporte profesional.
Cada vez que hay un español en algún puesto de honor en deporte profesional, la gente se siente alegre e incluso eufórica; exultante, diría yo. Observo que no se da el mismo caso cuando a un español le otorgan un galardón reconocido internacionalmente en el ámbito de las ciencias, las letras o las artes. En esos momentos la sensación tira más hacia la indiferencia (olvidaré esta vez el sentimiento patrio por excelencia: la envidia).
Pero en el deporte la gente se identifica con los nuevos héroes profesionales. Son jóvenes, famosos, gozan de buena salud y son millonarios. Eso es entendible, y hasta hay estudios sociológicos sobre esa identificación.
Pero lo que ya no es tan entendible es el hecho de que las gentes lleguen a defender “a capa y espada”, incluso con su honor, al individuo o grupo de individuos en el que han depositado sus esperanzas, como si les fuera la vida en ello, como si percibieran un porcentaje de las ganancias de estos nuevos ídolos deportivos: futbolistas, pilotos, tenistas, boxeadores, golfistas, atletas, baloncestistas…
A cada nuevo astro le corresponde una cohorte de defensores (los fans) y otra de detractores. El público opina, no ya de las gestas de estos semidioses, sino sobre su carácter, sus pensamientos, e incluso sobre su estilo de vida. Y los seguidores llegan a enfrentarse con los detractores, tomándose a título personal las críticas a su ídolo o grupo de ídolos particular.
Esta situación a mí me parece ridícula y un sinsentido. Que alguien se alegre o se entristezca, e incluso que se vea afectado anímicamente por el devenir deportivo de unos individuos hasta el punto de perder el apetito o incluso de cometer delito, no deja de tener su gracia. Su triste gracia. Existen algunos casos clínicos que tal vez relate en esta Aguja de Bitácora.
Este ambiente que se genera entre la población no puede ser sano. El público únicamente quiere que gane su campeón particular, sin importarle circunstancias favorables o desfavorables. Los actores deportivos nos brindan un espectáculo, pero no percibimos la belleza del juego. Solamente se tienen ojos para el depositario de nuestras esperanzas; solamente somos capaces de ver la mitad de un encuentro deportivo, la que corresponde a las acciones de nuestro equipo.
Un día de estos le decía a un conocido mío, fiel seguidor de un equipo de fútbol muy célebre en España:
— Llevas quince días con un resfriado galopante. ¿Te ha llamado tu equipo para saber como estás?
— No.
— ¿Te han llamado para saber como le ha ido a tu hijo en las oposiciones?
— No.
— Mira, no saben ni que existes. No sé por qué te desvelas tanto por si ellos ganan o no ganan. Al fin y al cabo son millonarios (¡en euros!), y si ganan serán más millonarios todavía.
— Es que tú le quitas la emoción a todo.
— Confundes emoción con pasión. Tú pagas para ver un espectáculo, no para que ganen. Eso no te lo puede garantizar nadie. Tú ves el partido con pasión, anhelando que tu equipo gane. Yo veo el partido con la emoción que tiene la incertidumbre de un encuentro deportivo igualado. Y disfruto del espectáculo, independientemente de quien gane, mientras tú te pasas gran parte del partido sufriendo y en tensión. Un día te va a dar algo…
Convendría no perder de vista los términos empleados: emoción y pasión. Es curioso observar cómo la gente vuelca todo su ser en que el equipo de sus desvelos gane. Recientemente, en un artículo anterior, hacía referencia a los hechos que se han producido durante un entrenamiento del Atlético de Madrid, en el que unos hinchas exacerbados irrumpían en una propiedad privada para recriminar a los jugadores y al cuerpo técnico la que ha sido, a su juicio, una mala temporada.
Permítanme exponer unos símiles para ilustrar mi idea de la situación. Cuando compro una mesa, espero que ésta cumpla con su función. Cuando pido un café, espero que tenga unas cualidades que lo hagan grato para mí. Cuando contrato un viaje, espero que me lleven a destino según las condiciones contratadas.
Cuando voy al cine o al teatro espero que la función se desarrolle según lo previsto. Si la actuación no me satisface, criticaré a los actores o al autor, pero a nadie se le ocurre irrumpir en el teatro durante los ensayos para pedir que el elenco actúe con mayor convicción. Y nadie va a casa del autor a recriminarle una pésima obra. Ocurrirá que el autor irá perdiendo crédito hasta que nadie acuda a ver sus partidos, digo… sus obras.
Cuando LIBREMENTE decido ser un seguidor de un equipo concreto, nadie me GARANTIZA la victoria del que a partir de ese momento comenzará a ser mi equipo. Y este MI merece una “paradinha”, si a nadie le parece mal este chiste tan simple.
Da la sensación de que los grupos autodenominados “ultras”, así como otras personas cercanas a lo que se conoce popularmente como el fenómeno “ultra” en el fútbol, confunde ese MI de adhesión con el MI de propiedad.
Creo que por hoy vale, pues pueden ser muchas impresiones nuevas para quien hasta ahora solamente haya vivido el deporte con pasión ciega y no con emoción y expectación.
Concluiré diciendo que mi equipo de siempre es y será el Athletic de Bilbao. Los leones de San Mamés son sin duda alguna para mí el mejor equipo del mundo (y parte del extranjero). Cualquiera que haya nacido en Bilbao sabe lo que significa el Athletic en la vida diaria de la que es “la capital del mundo”.
Todos a mi alrededor saben que cuando el Athletic gana, GANAMOS; y que cuando el Athletic pierde, PERDIERON.
27 de mayo de 2005
¡¡Felicidades (mañana), Manolo!!

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