La ‘intertotus’
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deporte aficionado
Uno de los objetivos de esta Aguja de Bitácora es el de aportar ideas a este vasto mundo del deporte que va desde los polideportivos de los barrios en los que juegan los niños y se ejercitan las amas de casa, hasta los faraónicos eventos deportivos y los megalíticos estadios por los que corretean esos millonarios en pantaloncitos, profesionales que han hecho del deporte su modus vivendi.
Y tal vez sea en los torneos sociales, esos que se juegan interpueblos, interbarrios, interacademias o “intertotus”, en los que se unen el placer por el deporte, la necesidad de ejercicio físico y la competición pura y dura.
Y sobre manera en los torneos de futbito…, bueno, de fútbol sala, que queda más profesional, máxime ahora que “somos” campeones de Europa y del mundo.
Hablo de esos torneos en los que muchos de nuestros amiguetes se juegan la tibia, los meniscos y hasta un brazo, porque cuando caen lo hacen como un saco de patatas.
Son torneos en los que lo que importa es ganar, haciendo para ello algo de ejercicio físico, y donde el placer por el deporte se obtiene si se gana, porque de lo contrario lo que se obtiene es un cabreo.
Ese tipo de torneos han proliferado en razón de la multiplicación de los polideportivos en los barrios de nuestras ciudades y en los pueblos de nuestra geografía. En ellos, mientras juegan dos equipos, un jugador de otra escuadra se presta para ser árbitro.
La cosa se desmadró cuando alguna de las figuras balompédicas (figurines, más bien) se calentó y, digamos, presionó al sado-maso-árbitro ese que se prestó a pitar sin cobrar. Alguno sí cobró alguna colleja, porque los ánimos en esto de imitar a los de la tele se exacerban sin querer.
Al cabo de poco tiempo se llegó al acuerdo de que los equipos abonaran una inscripción para poder pagarse con ella el que pitaran árbitros “profesionales”. Quiero decir, árbitros colegiados, con uniforme y todo, que cobrarían una cierta cantidad.
Eso de chillar a un señor que viene de no se sabe donde y el que por muchas cervezas a las que le invites no te va a perdonar lo de la colleja y el escupitajo, pudiendo acabar en la comisaría del barrio, o en el cuartelillo del pueblo, parece ser que ya no es tan seguro y divertido, y la medida serenó los ánimos.
Hasta aquí lo he podido escribir yo solito. La semana pasada un buen amigo me contó el sistema que impera ahora, y que me permito traer a mi Aguja de Bitácora por parecerme buena idea y por si a alguien le apetece ponerla en práctica.
Resulta que en estos torneos sociales, también llamados torneos populares, que nadie se me mosquee, han subido algo bastante el caché. Las inscripciones sobrepasan sin problemas los 100′00 €, cuando lo normal eran cinco o, como mucho muchísimo, diez mil pesetas que al cambio vienen a ser entre treinta y sesenta euros (a lo mejor es que hace mucho que estoy desconectado, u “offline” que se dice ahora).
Pero me cuentan que hoy en día a esta inscripción para arbitrajes hay que añadir una fianza… Y aquí viene lo bueno. La fianza te la devuelven o no te la devuelven, incluso hay casos en los que tienes que poner más dinero para poder seguir jugando.
Una tarjeta roja directa supone una resta de 30′00 € en la devolución de la fianza. La tarjeta amarilla algo menos, y la acumulación de tarjetas un plus sobre las amarillas mostradas. Por supuesto continúa la resta si el equipo no se presenta a jugar. La cuenta queda a cero y hay que poner el bote completo otra vez para poder seguir en el campeonato.
Nada más decírmelo me pareció una idea genial. Se trata de poner en práctica el sistema americano reducido a la mínima expresión.
—Vamos a ver, hombre, a ti, ¿dónde te duele?
—A mí en el bolsillo.
—Pues ahí es donde te voy a dar.
Lo que no sé es por qué no hacen esto en la federación de fútbol. Vale que en la división de oro y en la de plata (y en otras) los tíos cobran por esto de chutar un balón (decir que por meter goles se ha convertido en algo alegórico). Y las federaciones les multan, y si quieren seguir jugando han de pagar la sanción económica.
Pero vemos mensualmente el parte de barbaridades que pasan en esos campos de regional para abajo. Para estos la propuesta me parece buena. Si son capaces de pagar por inscripción y como fianza una cantidad equis los amigos estos del equipo del bar del chaflán por jugar en un torneo organizado por una peña o incluso por un servicio deportivo local, también deberían pagar los clubes de fútbol una fianza por jugar en una liga.
Dejémonos de inscripciones, que ya pagan la ficha de los jugadores. Pero que paguen una fianza de la que se les irá sustrayendo una cantidad en función de las tarjetas y expulsiones directas que se ganen los muchachitos creo que es una estupenda idea.
El método de financiación de los equipos regionales para este nuevo sistema puede ser el mismo que el que tienen los amiguetes de “Cervecilandia”. Cada uno aporta un dinerito y en función de sus calentones se le devolverá la fianza más o menos íntegra a final de temporada.
A ver si así menguan los cafres estos, energúmenos frustrados a los que les ha dado por jugar al fútbol como les podía haber dado por golpearse la cabeza contra una esquina. Pero es más fácil agredir al chaval que lleva el silbato que hacerse sangre uno mismo.
Creo que dejaríamos de escuchar esa letanía que cada vez que la oigo me suena a excusa barata y ajada: “es que estamos a 180 pulsaciones y uno no se puede controlar en esa situación“. Pues verás como con sesenta euros que te cueste cada vez que te saquen una roja directa se te bajan las pulsaciones y la tontería.
Insultar al árbitro serían ciento veinte euros. Pegarle, trescientos euros —más el juicio civil, claro—. Cuando los pagues sigues jugando, majete. Autocontrol se llama esto.
10 de mayo de 2005

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