Cuando un padre castiga a un hijo busca que éste modifique una actitud no deseable. Pero los padres disponen también de una estrategia para reforzar la conducta deseable y conseguir que ésta se repita, aunque parece que la utilizan menos. Se trata de los premios.

Tal y como adelanto en la presentación de esta Aguja de Bitácora, hablaré en román paladino para que se me entienda, alejándome de circunloquios y tecnicismos que a su vez deben ser explicados para ser entendidos, olvidando la verdadera función del lenguaje, que no es otra que entenderse los unos con los otros. Eso lo dejo a aquellos que se escudan en la palabrería para ocultar su ignorancia, a pesar de que han pasado por una Facultad (o más bien debido a eso) y a los que ya he dedicado en otra ocasión la fábula de ‘El gato, el lagarto y el grillo’ del maestro Tomás de Iriarte.

Tras la digresión del párrafo anterior, retomo el hilo del artículo. Decía que los padres disponen también de la estrategia de los premios para intentar corregir ciertas conductas no deseables.

Si al niño se le premia cuando hace algo bien, es de esperar que trate de repetir su conducta. Básicamente un premio es dar algo bueno y un castigo es dar algo malo. Explicado con esta simpleza, vemos rápidamente que sería posible también quitar algo bueno y quitar algo malo.

Esto último resulta de retirarle al niño una carga que tenía; es una concesión que le podemos hacer a modo de premio. No se trata de quitarle un castigo, lo que, por otro lado, es algo que no se debe hacer.

Un niño puede tener encomendadas unas tareas para ayudar la en casa, por ejemplo. Una conducta deseada puede ser reforzada retirándole esa obligación, como por ejemplo no fregar los platos (aunque alguien tendrá que hacerlo en su lugar) si es que tiene esa tarea encomendada habitualmente. Aplazar por una hora el momento de llegar a casa también es otro ejemplo de “quitar algo malo”. Aunque da la sensación de que esta tercera estrategia es usada por contadísimos padres.

Como no pretendo dar un micro-curso de pedagogía y psicología deportiva añadiré en esta última línea de la introducción que los padres sí han entendido el cuarto concepto, el de quitar algo bueno como estrategia para evitar que una conducta se repita.

Pero me he encontrado en mi trabajo de entrenador con padres que castigan a sus hijos retirándoles de la práctica deportiva.

Puede ser una opción, pero no adecuada. Podrían retirarles los videojuegos, la televisión y las cintas de vídeo, el salir con los amigos hasta cierta hora, el ir a la discoteca (en caso de que vayan, que con quince añitos ya están por allí pululando, aunque legalmente no puedan entrar), o el ir al cine, por poner unos ejemplos.

No se les ocurre quitarles de ir a la biblioteca, ni de clases particulares, ni de la escuela de idiomas o de música.

No; les quitan de hacer deporte porque asumen que eso a su hijo es lo que le gusta (me estoy refiriendo también a las niñas, pero ya conocen mis ocasionales lectores mi forma de pensar sobre ese lenguaje no sexista).

Cuando he ido a ver a un padre por un motivo así, y lo he hecho tanto si el niño era el mejor o el más torpe del grupo, he empleado siempre la misma táctica. Aceptar que el niño se lo merece, poner voz de lástima y decir que es una pena porque el niño estaba obteniendo resultados personales, lo cual siempre es cierto.

A estas alturas el padre o madre ya está empezando a justificarse diciéndome que no hay quien pueda con el niño en cuestión, o algo parecido, y que le ha quitado de hacer deporte porque es lo que le gusta. Llegados a este punto he de contenerme para no decirle que la solución debía haberla puesto antes de que se planteara el problema, y comienzo el contraataque.

Le argumento que si el niño estuviera malo, con una bronquitis, por ejemplo, y se estuviera tomando un jarabe de fresa que le gusta mucho, si también se lo quitaría.

Suelen abrir los ojos, y antes de que articulen el “no” les digo que eso es lo que están haciendo al quitar a su hijo la posibilidad de practicar deporte, que es algo que le está beneficiando.

Antes de que rearmen su cerebro de padre y me suelten eso de que “aquí mando yo” (y yo soy padre…, y sé que es así…) les comienzo a proponer que le retiren a su hijo lo que realmente le gusta y no le beneficia (los videojuegos, las “salideras”…).

Hasta ahora siempre me ha dado resultado. En una o dos semanas tengo al niño otra vez en el entrenamiento.

Realmente los padres somos así. Así de torpes, quiero decir.

Para finalizar, permitan que les ofrezca una joyita. El caso de un joven de 15-16 años que solucionó el solo un problema de este tipo. Este caso se vivió en el gimnasio del que ha sido mi entrenador de siempre (una vez más, un afectuoso saludo, Manolo, si me lees).

Las notas del muchacho no eran lo que se dice buenas (más bien eran pésimas), y el padre de este estudiante decidió retirarle el permiso para seguir acudiendo al gimnasio donde practicaba artes marciales.

El joven se encogió de hombros.

-¿No te importa?, −le preguntó el padre.

-No, −contestó el joven− me da igual.

-¿Y qué vas a hacer ahora?

-Me iré al bar a beber cerveza con mis amigos.

Ni qué decir tiene que la joven promesa continuó acudiendo al gimnasio.

[¡Chavales!, hay casos en los que os lo merecéis; no penséis que esto es un sermón a los padres; si hubieseis estudiado no haría falta castigaros quitándoos algo bueno].

5 de abril de 2005