No se puede ir a ver la tele a un bar. No señor. La tele hay que verla en casa, porque si no, lo que puede pasar, es que te cojas un cabreo de tomo y lomo.

Me estoy refiriendo a la tele deportiva… La otra no se puede ver ni en el bar ni en casa. Simplemente es un bodrio infumable.

Pero desde que las cadenas de televisión han descubierto la fórmula del narrador apoyado por un comentarista, técnico en la materia, parece ser que han salido de no se sabe que armario una pléyade de entendidos deportistas, de esos que visten con chándal y zapatos.

Todavía recuerdo cuando RTVE volvió a retransmitir combates de boxeo gracias a Pilar Miró. Tras años de ver vídeos cuasiclandestinos, resulta que nos daban combates de boxeo de gran categoría.

El boxeo es un deporte en el que para bien o para mal tengo algún amplio conocimiento. Pues ilusamente me dispuse a ver no recuerdo que combate en el bar de la parada. Una buena hora, las 00:30 horas, como corresponde a una buena velada de boxeo (de ahí el nombre de velada).

Pues a pesar de que era un buen combate, yo no pasé del tercer asalto. Corrí a mi casa para intentar no despertaba a nadie y poder ver lo que quedaba del combate a hurtadillas.

¡Qué tres asaltos me dieron aquellos imbéciles! Que si gancho, que si directo… ¡Toma!, en boxeo todo lo que no es un gancho es un directo. Parecían tan entendidos ellos…

Resulta que sabían de todo: de fintas y de esquivas, de ataques y de defensas, de golpes y de desplazamientos. Los tíos conocían todos los secretos de las distancias: la media, la corta, la larga… ¡Incluso la media-corta y la media-larga!, distancias de las que yo no había oído nunca ni nombrar siquiera después de varios años como practicante y como entrenador.

Sabían lo que tenía que hacer cada púgil, y aún más; sabían lo que estaban pensando en cada momento aquellos dos deportistas que estaban a más de seis mil kilómetros.

Pero no es que la jeringonza me estuviera aturdiendo, no. Es que no tenían ni idea de lo que estaban hablando. En una de estas se me ocurrió corregirles sobre un aspecto técnico que ya ni recuerdo. Me dijeron que me callara, que yo no tenía ni idea. Que ellos llevaban viendo varias veladas y que nunca me habían visto por allí.

El colmo fue cuando opiné. ¿Quién me manda a mí dar mis opiniones? [Bueno, esto es algo que uno no puede evitar, si no, no estaría escribiendo un blog]. Pero, repito, ¿quién me manda a mí dar mis opiniones personales a unos ignorantes?

- ¡Chaval!, −sentenció uno− ¡cállate que-no-tienes-ni-idea!

Me levanté y me fui con la cabeza aturdida y la cerveza medio vacía en la mesa del bar.

Ahora tenemos a “Ferrarín” Alonso dando recitales de fórmula-1. Ya no veo la tele en el bar. Pero el otro día estábamos unos amigos celebrando algo privado. Y caímos en un bar de esos en los que se siguen las carreras desde hace un año.

Una vez más, allí todo el mundo sabía de motores y de neumáticos; de cascos, botas y monos incombustibles; de curvas y de trazadas; de cambios con no-sé-cuantas-marchas y de velocidades punta. Incluso había uno que conocía a un amigo de un primo de un vecino de nuestro campeón. Se me ocurrió preguntar por los colores de un coche y en tres minutos me dieron un curso monográfico sobre carenados y alerones de monoplazas.

Y uno, que ya ha sido de todo y no quiere ejercer de incauto ni una vez más, piensa: “Si estos saben tanto de fórmula-1 como aquellos sabían de boxeo, estamos apañados”.

Dejé la cerveza medio llena en la barra del bar y me fui para mi casa.

12 de abril de 2005