Las motos son para el circuito

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Este fin de semana me encontré con Manu, un buen amigo mío. Manu, además de practicar intensamente otras disciplinas deportivas, es un gran aficionado a los deportes de motor, enamorado especialmente de las motos.

Hacía tiempo que no nos veíamos, y charlamos de los últimos avatares que nos habían acontecido a cada uno. Terminando con la habitual rueda de preguntas que se da en estos casos me dijo que venía del taller de motos, de comprar unas protecciones de competición.

Me sorprendí un tanto e indagué en el asunto. Trataré de resumir aquí el giro que había tomado su afición en el último año y medio.

Resulta que por mediación de un agente de ventas que acudía regularmente a su negocio particular, su grupo de moteros tomó contacto con un circuito de competición, y decidieron probar.

Quien tiene una de esas “motos japonesas” le gusta ir rápido, pero Manu y sus amigos (que ya no son unos jovencitos precisamente) decidieron que con la velocidad en la carretera estaban constantemente poniendo en peligro su integridad física y la de los demás usuarios de las vías públicas; y yo aún diría más, estaban poniendo en juego su vida y la de los demás.

Acuden a un circuito en el País Valenciano, para lo cual invierten un tiempo considerable desde la Cornisa Cantábrica. Tienen que añadir al costo del desplazamiento el de la estancia en un hotel, pues a las 9:00 horas comienzan ya a rodar. Viajan con las motos en un remolque. Esto también supone un gasto adicional a tener en cuenta.

El precio que tienen que pagar por rodar en el circuito está entorno a los 100′00 €,. Esta cantidad depende de la categoría del circuito al que acudan. También suelen ir a un circuito del sur de Francia, y ya han tomado contacto con otro circuito francés que está solamente unos 50 Km. más allá.

Meter la moto en el circuito supone también acondicionar la máquina con otro tipo de carenado y con algunas protecciones extras de materiales adecuados. Añádase además el gasto de combustible para rodar a, digamos, una buena velocidad.

Manu me aseguraba que los gastos que ocasiona acudir al circuito son ampliamente compensados por el disfrute que obtienen de su afición.

No solamente “sienten la velocidad”, sino que esta nueva actividad les permite entrar en contacto con deportistas que están en competición, gente (como siempre ocurre en estos casos) totalmente asequible que de muy buena gana intercambian con ellos sus experiencias.

Yo añadiría a estos placeres el de la satisfacción de saber que están haciendo bien las cosas. No arriesgan sus vidas, pues los circuitos cuentan con todas las normas de seguridad, y, lo más importante, no juegan con la vida de los que utilizamos las vías públicas para desplazarnos de un sitio a otro. ¿Cuántas veces esos moteros descerebrados nos han metido un susto en la carretera?

Evidentemente Manu y sus amigos no son los únicos; hay muchos más aficionados en los circuitos. Me atrevo a proponer que esta iniciativa debería contar con el respaldo de los poderes públicos, informando y educando a tanto “cocoseco” que utiliza la carretera para desahogar sus frustraciones.

Manu me informó de que lamentaban que no hubiera un circuito de éstos en la zona norte. Me aseguró que un circuito así sería una buena inversión; todos los fines de semana se llena el cupo de admisiones para ese día. Y desde esta Cornisa Cantábrica en la que vivimos acuden muchos muchos aficionados.

Le comenté a Manu que el peligro que yo veía en ir a correr al circuito es que con el subidón de adrenalina que a buen seguro experimentaban, en el regreso desde el País Valenciano volvieran conduciendo con “un cierto grado de agresividad”. Y me dijo que no, que salían del circuito cansados y satisfechos, y que no tenían gana de correr en la carretera. Incluso me dijo que habían notado que volvían conduciendo más relajadamente que de costumbre.

¡Olé!, ¡olé! y ¡olé! por Manu y sus amigos (un abrazo para ti también, Juanjo).

8 de marzo de 2005

“Toda palabra dicha despierta una idea contraria” (Goethe)
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 ¡Me han robado!

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No me lo puedo creer. Me han robado. No es que no me pueda creer que me hayan robado. Los amigos de lo ajeno están siempre a nuestro alrededor, aunque no lleven una pegatina en la frente informando de su condición.

Lo que no me puedo creer es cómo ha sido. He dejado una camiseta de fútbol americano en el vestuario del polideportivo donde trabajo. Una camiseta regalo de un amigo.

Camisetas de fútbol americano no abundan en la zona en la que vivo, por lo que quien se la ha llevado no la va a poder poner en el pueblo. Todo el mundo por aquí sabe que es mía.

La camiseta es blanca blanca con un número 81 azul marino grande grande por delante y por detrás. Llena de logos de publicidad. Es una camiseta que tiene un valor histórico y sentimental. Sentimental pues es el regalo de un amigo que juega con la selección española de fútbol americano. Histórico pues son las que se emplearon hace muchos años cuando Beefeater patrocinaba la liga española de fútbol americano.

No me lo puedo creer. Ha sido una chiquillada; ha sido un capricho. Es una putada.

Lo que me duele es cómo me la han robado. En EL VESTUARIO DE UN POLIDEPORTIVO (encima en el que yo trabajo).

¿Dónde están los tiempos en los que un vestuario era un lugar sagrado? SA…GRA…DO… [según el Diccionario de la RAE: 4. adj. Digno de veneración y respeto].

En aquellos tiempos todo lo que quedaba en un vestuario estaba más seguro que en la caja fuerte de un banco. Y no sólo las cosas materiales. Todo lo que se veía y se decía en un vestuario tenía ese mismo carácter de sagrado. Nadie contaba por ahí lo que había visto ni lo que había oído en un vestuario. Era éste uno de los valores añadidos del deporte.

Pero hoy en día no es así; lo que queda en un vestuario es pasto de los gilipollas que envilecen un lugar donde uno/a se desnuda y deja allí sus pertenencias.

Ni carteras, ni móviles, ni llaves, ni… camisetas. Nada está seguro en un vestuario de los de hoy en día. Es lamentable, es muy triste.

Más de dos mil quinientos años de cultura deportiva tirados por la borda. Desde los antiquísimos Juegos Olímpicos hasta el “mens sana in corpore sano“. Desde las legiones romanas hasta el siglo XX.

Este nuevo siglo ha traído (posiblemente ya estuvieran aquí antes) una recua de bestias con DNI. Gente que se ha acercado a las instalaciones deportivas y que no sabe que la próxima vez les puede tocar a ellos. Pues con actos como éstos, que obviamente quedan impunes, han roto un acuerdo tácito entre hombres (y mujeres). Han roto lo que es un pacto de caballeros (y de damas, por supuesto); se han cargado lo que supone algo así como un pacto de no-agresión. La próxima vez les pueden robar a ellos.

La intimidad del vestuario ha sido mancillada, y éste ha sido profanado, ultrajado… Bueno, tal vez me estoy pasando. Tal vez solamente haya sido el único gilipollas que hay a mi alrededor el que se ha llevado mi camiseta de fútbol americano. No la va a poder poner, ni cerca de mí ni cerca de nadie, pues todos mis amigos están ya sobre la pista.

Por lo menos, el zoquete hijo de su madre que me la ha robado, si no me la va a devolver, que se la regale a una chica bonita para que la lleve como ropa de cama…

6 de marzo de 2005    buzón de alcance

“Toda palabra dicha despierta una idea contraria” (Goethe)
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