En 1976 llegó a aquellos grandes cines que ya no existen una película sobre el mundo del boxeo que se hizo acreedora a varios Óscares, y que conquistó los de Mejor Película, Mejor Director y Mejor Montaje. Mis ocasionales ya sabrán que me estoy refiriendo a “Rocky”.

Quien la haya visto recordará la narración televisiva que se hacía del combate final. Una narración a dúo en la que los locutores interrelacionaban, preguntándose, contestándose y apoyándose, dando un aire trepidante a la crónica de lo que allí estaba sucediendo.

En España no estábamos muy acostumbrados a esta fórmula de contar un evento deportivo. Entiendo que el filme refleja cómo se trabajaba en aquella época en los USA en lo que a retransmisiones deportivas se refiere. Por aquí estábamos más acostumbrados al genial Matías Prats (padre), que lo hacía todo él solito. Y lo hacía bien.

No sé si a raíz de aquella película, pero estoy convencido de que como mímesis de lo que se hace en aquel gran país las retransmisiones deportivas en España ahora se hacen a dúo.

La fórmula narrador y comentarista es la utilizada hoy en día en las retransmisiones televisivas. Pero de este dúo no se está obteniendo todo el partido que se puede esperar.

Bien lejos estaban José Ángel de la Casa y Michel (pareja soporífera que retransmitía los partidos de la selección española de fútbol) de conseguir la agilidad que mostraban los comentaristas de boxeo en la mítica película ya reseñada.

En otros deportes la cosa va algo mejor, pero lejos de esa animación que pueden transmitir a los televidentes los profesionales americanos.

En boxeo, Esteban Cuesta y Gómez Fouz no acaban de dar la talla, aunque el primero nos ha narrado grandes combates con esa vibración en la voz que hace que te sientes en el borde del sofá. Quizá sean cosas de la edad, pero su voz no transmite ya emoción.

En ciclismo el inigualable Pedro González (q.e.p.d.) no tenía su réplica con el cansino Perico Delgado, al que le sobran conocimientos pero le falta esa pizca de salsa para transmitirlos.

Me gustan mucho en rugby las retransmisiones de Juanjo Vispe y Manolo Moriche, pero les falta también un ápice de picante cuando la situación lo requiere.

Leo en El Sillón Bol que ha sido un acierto la pareja formada por Pedro Barthe y Joan Creus en un reciente partido televisado de baloncesto.

Me voy a dejar muchas, muchas, parejas retransmisoras de eventos deportivos. Seguro que mi ocasional lector tendrá también su opinión particular de cada una de ellas.

De las retransmisiones de fútbol americano, deporte que ahora colma mis aficiones, ha sido una pena que marchara José Antonio Ponseti, quien a los conocimientos que tiene sobre la materia añadía buenas dosis de humor, simpatía y frenesí. El soso Zanoni, que comienza todas sus frases con un “No, sí, si…” me enerva hasta el agotamiento, pero no se puede dejar de reconocer que tiene profundos conocimientos sobre este complicado deporte.

Contaban con un profesional como la copa de un pino, Jesús Llamas, magnífico narrador que modulaba la voz según lo precisara la situación del momento. Una lástima que Zanoni no haya sabido apreciar (¿o tal vez sí?) sus dotes narrativas que conectaban con el espectador, llegando a ridiculizarle en público en más de una ocasión cuando enfatizaba los lances que presenciábamos.

Pero, ¿qué se espera del tándem narrador y comentarista? O mejor, ¿qué espero yo de la pareja narrador y comentarista?

Pues del narrador espero que tenga conocimientos del deporte que retransmite. Y cuando digo conocimientos quiero decir que sepa de qué va. Que maneje la jerga propia de la modalidad y que sepa de qué habla hasta el punto de sonsacar las mejores explicaciones del comentarista.

La narración debe estar a cargo de una persona que sea locutor y animador, que te narre lo que está pasando (y que estás viendo) con gran énfasis en su voz. Que no se decante por ninguno de los contendientes en sus narraciones; que asista al espectáculo deportivo y lo cuente imparcialmente. ¡Qué horror esos periodistas que son de un equipo y no pueden evitar dejarlo patente! Cansan hasta a los hinchas más acérrimos.

El narrador debe ser un profesional del periodismo que no se avergüence de enaltecer con su voz los acontecimientos que está retransmitiendo, que vibre con lo que narra, que te haga saltar del asiento.

Evidentemente no es lo mismo narrar la final de los 100 m lisos, en la que tienes escasos diez segundos para volcarte, que una partida de curling. El narrador deberá saber adaptar el ritmo de su narración a lo que acontece en tiempo real y a la importancia del lance en juego.

Ambos, narrador y comentarista, deben formar un equipo en el que los dos se complementen pero no se solapen. Si el narrador interrumpe al comentarista porque se produce un cambio súbito en el juego, o en la carrera, éste no debe sentirse humillado, entendiendo como un ataque personal el que le hayan silenciado. Simplemente es algo que “está en el guión”.

Tampoco deben usurparse los roles, pues en numerosas ocasiones el narrador opina sobre lo que está aconteciendo en la cancha o en la pista con argumentos técnicos o tácticos.

El comentarista está ahí para dar ese tipo de explicaciones, para hacernos llegar al gran público la belleza del deporte que se televisa. Debe ser un comunicador con profundos conocimientos de su deporte para poder aportar los datos técnicos y tácticos precisos, haciendo escuela, enseñando y transmitiendo su saber, lo que supone utilizar la televisión como vehículo formativo y no como medio desinformativo y deformativo.

El comentarista no tiene que demostrar que es un gurú. Muchos comentaristas están cayendo en la trampa del vaticinio como medio de demostrar sus conocimientos. No, no es eso lo que se espera de ellos. Se espera que nos abran todo un mundo místico que está delante de nosotros pero del que no acabamos de disfrutar en toda su extensión.

Por último, tanto uno como otro deben preparar en conjunto aquello que nos van a retransmitir, y no fiar a la memoria ciertos datos que en un momento dado pueden ser trascendentes.

Me estoy refiriendo a lo que llamo el suprajuego, aquello que influye en el juego pero no está presente de forma explícita:

− lesiones y problemas personales que pueden afectar al rendimiento de los actores
− resultados anteriores y estadísticas que pueden condicionar lo que estamos presenciando
− curiosidades y anécdotas que pueden amenizar la retransmisión

Muchos de estos datos se quedarán en el tintero, pero a buen seguro que una buena preparación se dejará notar en la calidad de las retransmisiones.

Los americanos, que pueden ser muchas cosas pero que no son tontos, tienen un equipo entre bambalinas que recopila todo lo concerniente al suprajuego. Y tienen otra figura a pie de campo que reporta lo que está aconteciendo entre bastidores durante la competición.

18 de marzo de 2005