No hay tipo menos sano que un deportista de competición. Cuanto más ascienda en la pirámide de la elite, mayor será su nivel de obsesión. Me quedaré para este artículo con la definición que el Diccionario de la RAE hace del término obsesión: [obsesión] 1 f. Perturbación anímica producida por una idea fija.
No está bien que uno hable de sí mismo, pero para presentar este escrito he de decir que yo he sido uno de esos deportistas cuyo corazón ha rondado las treinta y dos pulsaciones por minuto (en reposo, naturalmente).
Quiero decir con esto que he dedicado gran parte de mi vida (toda mi vida, diría yo) a ejercitarme. Pero no “por deporte”, como [curiosamente] se dice cuando alguien quiere notar que realiza una acción sin esperar nada a cambio, sino buscando una mejor condición física que me permitiera afrontar el reto de la competición con mayores garantías de éxito.
Yo no salía a correr, a hacer “footing“, como se decía antes [afortunadamente, creo que ha dejado de utilizarse este barbarismo], sin mi cronómetro.
Era correr con “el corazón en la boca”; nada que ver con el disfrute que proporciona el ejercicio físico. Tenía siete recorridos, a cual más exigente (rampas y cuestas, terrenos pedregosos, caminos agrícolas…) y me sabía los mejores tiempos que tenía en los pasos intermedios. Unos 8 ó 9 controles por cada recorrido.
Sabía perfectamente cuándo mi cuerpo se encontraba con posibilidades de batir mi mejor marca establecida para ese recorrido. Y a fe que lo explotaba. Superar en tres segundos el mejor tiempo era motivo de orgullo propio y personal.
Como el hecho de correr no formaba parte de mi disciplina deportiva, estas mejoras personales no se reflejaban directamente en mi actuación deportiva. Simplemente utilizaba el atletismo como medio para forzar mi corazón y aumentar mis capacidades aeróbica y anaeróbica, dependiendo de la sesión que me tocara ejecutar.
Mi deporte incluía (y sigue incluyendo, solamente que “incluía” para mí) un fuerte componente técnico. Ejecutar los movimientos ajustándome cada vez más a los cánones técnicos era para mí motivo también de exhaustiva dedicación. Lanzar una mano o un pie directo, ejecutando cada vez un movimiento más rectilíneo, o una mano o un pie circular consiguiendo cada vez más potencia, era también motivo de vigilancia constante.
Cada vez más fuerte, cada vez más rápido, cada vez más técnico, cada vez más resistencia al esfuerzo y a la fatiga, a los inevitables golpes que se reciben… “Citius, altius, fortius”, reza el lema olímpico.
Señores, yo estaba obsesionado con mi rendimiento deportivo. Y parece ser que según los psicólogos, la obsesión no es propia de una mente sana. Solamente que este tipo de obsesión crea una sensación reconfortante, pues uno se encuentra a gusto con su propio cuerpo. Una especie de adicción que hace que uno siga obsesionándose más. Creo que el lema olímpico es fiel reflejo de esa actitud obsesiva que se impone el competidor.
Dejando aparte el hecho de que no puede ser muy bueno forzar el organismo (no puede ser sano correr 100 metros en torno a los 10 segundos), el competidor es una persona con una gran obsesión. Así me lo han reconocido deportistas de alto rendimiento. Lo mismo da que se dediquen a disciplinas cíclicas y rítmicas que a modalidades acíclicas y arrítmicas. Indefectiblemente, la obsesión forma parte de la vida del competidor.
No hace falta mirar en lo más alto del escalafón. Encontramos atletas con obsesión en cualquier categoría. Simplemente, obsesionados consigo mismos. Decía al principio que en la elite todos son personas obsesionadas con su rendimiento, pero en otros niveles competitivos la obsesión del deportista se centra únicamente en su rendimiento personal. No buscan puntos de comparación con otros deportistas de su entorno.
Cuando dejé de competir seguía yendo a correr con el reloj, y controlando los tiempos, y corriendo con el corazón en la boca… ¿Y para qué? No era capaz de desconectar. No disfrutaba del ejercicio físico. El día que en mitad de un recorrido guardé el reloj en el bolsillo descubrí que yo nunca había disfrutado del acto de correr; nunca había disfrutado del ejercicio… sano.
Una tarde de verano unas amas de casa (y lo digo con todo el cariño) habían salido de su clase de gimnasia de mantenimiento y permanecían sentadas, charlando relajadamente, en un banco cercano al polideportivo. Se quedaron mirando para el campo de fútbol donde unos chavales, de una edad similar a la de sus hijos, estaban realizando el mismo ejercicio que ellas habían realizado esa tarde.
Comentaron asombradas la maestría que se veía en los jóvenes, y el porte y la velocidad conque ejecutaban aquel ejercicio. Y rieron y se medio burlaron de sí mismas al compararse con ellos. Y una dijo, y las demás asintieron, algo así como que se encontraban muy ufanas por lo bien que les había salido hoy aquel movimiento pero que nunca llegarían al punto de hacer tantas repeticiones y con tanta gracia como aquellos chicos.
¡Eso sí tiene mérito, y no lo nuestro!, sentenció otra. Y yo, que no puedo callar ni debajo del agua, por fin intervine.
“Pues yo creo que lo vuestro tiene más mérito”, dije. Miraron para mí sorprendidas. “¿Por qué lo dices?”, preguntaron. “Porque esos chavales no tienen más remedio que hacer eso si mañana quieren ganar la regata (eran piragüistas los que allí entrenaban), sin embargo vosotras venís aquí todos los días para nada“.
“¿Cómo que para nada?”, casi preguntaron a coro. “Sí”, dije. “Para mí tiene más mérito venir todos los días y hacer lo que vosotras hacéis sin ningún objetivo a la vista que lo de estos chavales que lo hacen porque quieren ganar el campeonato”. No sé si me expliqué bien, pero lo que sí sé, a juzgar por sus sonrisas, es que me entendieron perfectamente.
Por eso me río, me apeno quiero decir, cada vez que veo a un padre con deseos de que su vástago despunte en la competición. Cuándo aprenderán estos padres egoístas que el eje en el que deben moverse los niños es familia-estudios y estudios-familia, y que el deporte es algo complementario en la vida del niño/niña.
11 de febrero de 2005
(coloca el cursor sobre las estrellas que desees otorgarle y pincha)






![]() Versión imprimible |
![]() Deja tu opinión |
![]() ¡Comparte! |
![]() Leer comentarios |
« Futuro ficción
La fuerza del dinero »

http://www.agujadebitacora.com/2005/02/y-para-que/trackback/
















Hola Luis,
Sólo quería hacer incapie en una cosa: “no puede ser sano correr 100 metros en torno a los 10 segundos” Me ha gustado esta frase… la verdad que nunca lo había pensado así. Llama a la reflexión…
Saludos
Dani
ja ja ja
a veces tengo ideas…; sólo a veces… ja ja
gracias por postear, Dani