Vergonzoso es el adjetivo que me viene a la mente cada vez que charlando con algún amigo surge el tema del deporte como actividades extraescolares.
Y no porque las actividades extraescolares estén mal planteadas en sí, sino por la lucha absurda a la que se ha llegado entre monitores.
No me voy a referir aquí solamente a esas actividades organizadas por las sufridas APAs [o AMPAs, que con este lenguaje no-sexista que nos quieren imponer acaba uno diciendo dislates], sino que consideraré actividades extraescolares todas aquellas que realizan los niños fuera de la jornada escolar. Actividades extraescolares en toda la extensión de la palabra.
En las zonas rurales el “mercado” infantil es finito y bastante reducido, por cierto. No hay niños suficientes para todas las actividades planteadas. Se dan circunstancias como que haya actividades con tres y cuatro inscritos solamente.
Sin embargo hay varios monitores que pretenden dedicarse casi en exclusiva a la docencia deportiva. Esto era posible hace unos años, pero hoy en día es una utopía (conozco perfectamente el paño del que estoy hablando, pues he sido el primer entrenador en la comarca en la que vivo que se dedicó al deporte como forma de vida).
Obviamente con cuatro inscripciones y cuotas módicas una persona no podrá vivir; y mucho menos una familia. Pero algunas de estas actividades con tan bajo índice de interesados se mantienen gracias a que son sufragadas por los ayuntamientos.
Con este dato comienza a verse más claro el panorama. La pervivencia de la actividad es un modo, sino de vida, sí de engrosar el sueldo personal. No es lo mismo un sueldito de 160.000 Ptas. que unos ingresos de 200.000 Ptas. Debería ponerlo en euros pero, ¿por qué me da la sensación de que al ocasional lector de estas notas tampoco 1.200 euros le dicen mucho en este momento?
Tras esta digresión retomo el hilo de mi argumento. Decía que 40.000 pesetas (240′00 €) no es mucho dinero, pero arrimadas a un sueldo mediano lo aumentan al punto de ser ya un sueldo bastante “majete”.
Los monitores, ya sea por la recaudación propia de la actividad o por la subvención que a la misma hace el ayuntamiento competente, se toman como un asunto personal el mantenimiento de la actividad. Lo de menos es el fomento del deporte, de las actividades extraescolares, la labor pedagógica y educativa que debe aportar el monitor o la formación multideportiva del niño.
A esto debemos añadir la necesidad de los ayuntamientos de presentar un programa de actividades; actividades sobre el papel, pero no sobre la cancha. Es complicado reconocer los errores propios, y más en gestión. Si la actividad no funciona, y tres inscritos no es funcionar, hay que mantenerla al coste que sea.
Lo importante es mantener el estatus de actividad, sea o no sea labor baldía. Le conviene al monitor, que cobra, y le conviene al ayuntamiento, que da utilidad a sus instalaciones, y le conviene al gerente, que engruesa el expediente.
Pero por aquí se camina hacia el absurdo. Si algo no funciona deben revisarse los motivos, por doloroso que pueda ser descubrir que el origen del problema es uno mismo.
Si hay una entidad privada que desea mantener una actividad con tres niños que la mantenga. Si es mantenida por una Institución pública se trata entonces de una burla al dinero público.
Deberán revisarse los motivos de la baja participación. Si hay que remover al monitor, que se le remueva. Si hay que emprender actuaciones de promoción del deporte en cuestión, que se emprendan. Si hay que desistir de impartir esa actividad, que se desista. O si hay que replantearse el sistema deportivo nacional, que se replantee. Y si hay que utilizar la televisión, aunque sea por una vez, como medio de comunicación para transmitir cultura, que se utilice. Pero en cualquier caso se estará caminando hacia la búsqueda de soluciones y el reconocimiento de errores.
Ya he dicho que dejar que las cosas sucedan y se vayan apagando poco a poco es una burla al dinero público…, y al propio deporte.
Pero en esta burla participan, interesadamente, los monitores. Monitores que, movidos de ese interés particular, terminan cayendo en una lucha por hacerse con la atención de los niños. Todo vale con tal de captar a un nuevo pupilo. Hasta arrancar (eso sí, sin ser vistos) los carteles de otras actividades; los más prudentes cambian de sitio los carteles de las actividades ajenas para colocar los suyos en un lugar preeminente.
Existe todo un abanico de medidas coactivas para con los pupilos que ya se tienen captados por si participan en otras actividades deportivas consideradas “non gratas”. Llegan hasta no convocar al niño para partidos si practica otro deporte. Vergonzoso, sí; ya lo decía al comienzo de mi artículo.
Otras tácticas dignas de ámbitos más hostiles son empleadas con los niños, tal que la contrapropaganda, desprestigiando a los otros monitores o/y las otras actividades. Incluso hay quien ha llegado a presentarse en la casa del niño o niña, aprovechando la amistad con los padres, para desviar la atención del joven de aquella actividad en la que ha puesto los ojos para atraerlo hacia la propia.
Todo vale con tal de mantener un ratio aceptable de participación o, mejor aún, de conseguir que la actividad del otro monitor baje de los mínimos “políticamente correctos” eliminando así a un competidor y aspirando a conseguir una suerte de monopolio deportivo en el pueblecito en cuestión.
Este es el panorama actual en gran parte del país. Es lamentable, pero es modificable. Esa es una tarea que las “Administraiciones” deberían imponerse, y dejarse de pagar las deudas de los grandes equipos profesionales con dinero público, o dejar de subvencionar los fichajes de deportistas extranjeros para conseguir medallas internacionales para las federaciones españolas.
Queda para otro día el papel que han asumido las APAs, en ausencia de interés de otras instituciones, en la organización de las actividades extraescolares. Y que han asumido por coherencia y por compromiso con sus planteamientos, pero que dista mucho de su finalidad original.
4 de febrero de 2005
entre San Blas y Santa Águeda
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