Veo todas las temporadas cómo en las diferentes modalidades deportivas siempre hay valientes que se lanzan al ruedo de la enseñanza deportiva sin haber pasado por un curso de monitores o animadores.

Siempre he defendido el hecho de que la titulación no hace al monje; quiero decir con ello que el haber pasado por las aulas no es garantía de saber impartir las enseñanzas deportivas, y mucho menos de saber impartirlas con eficiencia. Y creo que puede haber buenos entrenadores sin haber pasado por esas aulas.

Pero de creerlo a admitir que la responsabilidad de entrenar a un grupo de personas que ponen sus ilusiones en aprender unas determinadas habilidades deportivas recaiga en un cualquiera va un trecho. Y a dejar que tenga bajo su responsabilidad el aprendizaje de niños va un abismo que no debería ser atravesado nunca.

Los cursos básicos de animador deportivo que imparten las federaciones territoriales deberían servir para detectar y frenar a personas incapaces. Pero veo con pasmo que a todo el que paga la cantidad estipulada le es otorgada la titulación, salvo en honrosas excepciones; casualmente cuando los cursos de titulaciones básicas son impartidos por la federación nacional.

Pero qué se puede decir cuando las mismísimas federaciones de fútbol no exigen titulación deportiva alguna para sentarse en el banquillo en sus categorías de base. Y esto ocurre con la aquiescencia de los poderes públicos que siguen subvencionando a estas todopoderosas federaciones.

Argumentos para impedirlo existen sobradamente, pues tanto el Estado español, que ha legislado (R.D. 1913/97), como la Unión Europea (Recomendación nº R (95) 16 y Seminario 24-26.10.1997, entre otras), se han ocupado de este asunto, pero por lo visto el aforismo “si pidiéramos titulaciones a todos se acabaría el fútbol” tiene acongojados a los responsables de este país.

Decía que los incapaces deberían ser detectados a las primeras de cambio cuando acceden al plan de estudios oficial para técnicos deportivos. Quizá exigiendo algo más que superar un leve examen. Por ejemplo demostrando su capacidad organizando actividades o/y siendo supervisados por técnicos de contrastada valía.

Porque resulta que hay mucho descerebrado por ahí, y los cursos básicos de entrenador deberían haber servido para apartar a algún “rambo” que mete a los niños en el río en el mes de enero después del entrenamiento de “fútbol prao”; en el lado opuesto encontramos los que son tan insufribles como monitores que aburren a las paredes del gimnasio, lo que lleva a la desmotivación de los niños.

Hay tipos con apatía crónica que andan metidos por polideportivos y gimnasios a todas horas, pero que cuando se ha delegado sobre ellos la tarea de entrenar a un grupo de niños, éstos se le han ido.

Sin embargo continúan impartiendo actividades gracias a las fullerías complementarias a las que se dedican. Esta forma de medrar no es exclusiva del deporte, pero nunca deberíamos consentirla en nuestro mundillo. Los niños no son tornillos, como dijo una vez un buen amigo mío en una situación parecida a la que denuncio ahora.

Ser animador deportivo no es dar voces y grititos de alegría y ánimo cada vez que un niño salva una pelota. Eso es confundir la parte por el todo. Alentar a los jugadores durante la práctica es una parte del entrenamiento. Felicitarles por una buena jugada o por una feliz decisión es también una parte del entreno. La parte que se ve, pero que dista de ser la parte sustancial.

Entrenar un equipo deportivo es mucho más (también me refiero al deporte individual, en el que la sensación de equipo se percibe en otra dimensión, pero igual de presente). Entrenar un equipo deportivo supone tener una serie de capacidades a las que algunas personas no pueden llegar simplemente por carecer de ciertas cualidades. Como dicen en el sur: “no tienen arte”.

Me gustaría que los poderes públicos se tomaran con más seriedad las leyes que ellos mismos han aprobado. La seguridad de los niños es más importante que otras consideraciones: a mí me da igual si disminuyen las ligas del fútbol base por carecer de entrenadores titulados.

Pero las titulaciones básicas (animadores, monitores y entrenadores regionales, llamados ahora titulaciones de nivel 0, nivel 1 y nivel 2) son todavía feudo de las federaciones territoriales, donde se pagan favores. Y donde la expansión del deporte es percibida como vital por la propia federación: más fichas, más ligas, más presencia mediática, más subvenciones autonómicas, aumento del “status” del Presidente…

Obtener una titulación no garantiza la profesionalidad, entendida como seriedad, conocimiento, calidad… Carecer de ella no es síntoma de desconocimiento, informalidad o chapucería.

La docencia deportiva se mueve en esa frontera entre el bien y el mal. Hay buenos entrenadores que sin embargo carecen de titulación deportiva básica. Por contra hay técnicos deportivos que han obtenido la titulación pertinente pero que nunca llegarán ni a ser entrenadores mediocres (incluso licenciados; algún día hablaré de ello, pues el corporativismo no lo puede tapar todo).

También se merecen un tirón de orejas los padres que no se preocupan del monitor que le ha tocado en suerte a su hijo/a; oigo todos los años argumentos tan peregrinos como “éste es buen chaval” o “éste jugó (o juega) bien” o “éste ha jugado toda la vida”, refiriéndose al monitor o monitora. Sin embargo los padres sí muestran preocupación por otros aspectos que guardan relación con la salud física y mental de sus hijos.

Es curioso ese efecto de confianza que otorgan los padres a los monitores. Efecto del que hablaba al final de mi artículo anterior. Confianza que se troca en ataque frontal, y a veces desmedido, cuando se la retiran. Y es que, como ya he dicho, los monitores deportivos se mueven en esa frontera del bien y el mal.

1 de febrero de 2005