Por motivos que no vienen a cuento me he visto obligado a presenciar un partido de fútbol sala de categoría infantil en el marco de unos juegos deportivos autonómicos. Ha sido uno de esos días en los que uno pasa vergüenza ajena.

Por diferentes circunstancias conocía a todos los actuantes; a los visitantes y a los locales. Tanto a los jugadores (niños) como a los entrenadores (adultos).

Ha querido la casualidad que ambos monitores hayan entrenado a mis órdenes hace ya algún tiempo. Uno espera que sus pupilos adquieran los buenos hábitos que uno ha pretendido siempre ejemplarizar.

El entrenador local es un chaval educado, cortés, buen deportista quiero decir, y con esto explico mi idea de formación a través del deporte.

El entrenador visitante me ha salido un poco rana. Protestón, trafullero, y fullero también. De esas personas que intentan conseguir con otras artes lo que no puede conseguir con maneras más honrosas. De hecho en la web del equipo de fútbol sala en el que juega alaban su capacidad para fingir los penaltis como único rasgo destacable.

Está claro que el segundo no es santo de mi devoción… Pues resultó que en mitad del encuentro el árbitro se vio en la necesidad de expulsarle del banquillo.

Este chavalito, porque no sabría como denominarle, se pasó todo el encuentro instando al árbitro, corrigiéndole, retándole, intentando no sé muy bien qué. Si ponerle nervioso, desorientarle, o tal vez llevarle a un estado de inseguridad.

Debo decir para los que aplauden esta forma de actuar de los entrenadores que el partido estaba siendo dominado por los locales (que acabaron ganando el encuentro), y que el equipo visitante se mantuvo siempre en el marcador a una distancia prudente, como para no inquietar a sus antagonistas. Y el partido era uno más de la liga regular; no había nada en juego (lo que tampoco hubiera sido disculpa).

El caso es que el árbitro le advirtió en repetidas ocasiones de que cejara en su intento. En verdad dio con un árbitro experimentado, de los que no se dejan intimidar por aspavientos y voces estentóreas; una persona aplomada sin ser autoritaria. Al final se vio obligado a requerirle para que abandonara el banquillo.

Pero todavía mi vergonzoso [en su 1ª acepción] ex-alumno tuvo tiempo de, en mitad de la cancha, encararse con el juez-árbitro.

Bonito ejemplo para los muchachos. El entrenador expulsado por bocazas y encima se encara con el árbitro en mitad de la cancha y delante de los padres. De los pocos padres asistentes. Tuvo la valentía este mozalbete metido a entrenador de niños de irse hasta el otro extremo de la cancha y continuar dirigiendo el equipo desde la otra banda, a dos metros de ella.

El árbitro tuvo la caballerosidad de dejarle continuar allí, cuando debería haberle instado a que se situara al menos en la grada.

Se da el agravante de que mi ex-pupilo es a la vez que entrenador del equipo del colegio el profesor de Educación Física de esos mismos niños en ese mismo colegio; colegio privado, para más inri.

Una persona que ha dado su ejemplo de comportamiento en público y en deporte a sus alumnos. Y teniendo a los padres como observadores. Supongo que no dirán nada. Incluso habrá quien le aplauda y le aliente a continuar con su labor de zapa con los árbitros.

Si yo mandara…

Si yo mandara, a éste y a todos los entrenadores que sean expulsados en el transcurso de los juegos deportivos autonómicos, competición que debería servir como reflejo de deportividad, les prohibiría continuar en el banquillo durante el resto de la temporada. El equipo tendría que buscar a alguien que los llevara a los partidos. Pero dado que la federación de fútbol no exige titulación deportiva para los entrenadores de estas categorías de base (sí, yo también pienso que es algo inaudito), cualquier padre o madre podría tomar su puesto.

Evidentemente, el entrenador podría continuar su labor en los entrenamientos (no habría manera de controlar que no fuera así, ¿verdad?), pero puesto que ha exhibido su incapacidad para mantener un comportamiento digno durante los encuentros, la sanción trataría de evitar su presencia en los mismos.

El caso es que hay muy buenos entrenadores de base (y no digo que este elemento lo sea) que pierden la compostura cuando han de enfrentarse a una competición, con todo lo bueno y lo malo que la competición supone. Los hay que no son capaces de comportarse cuando más lo requiere la situación, y tal vez fuera necesario insistir desde los estamentos responsables (federación, Dirección General de Deportes) en este punto.

Quizá con cursos en los que se impartan estrategias a seguir durante los encuentros, quizá con normas como la que propongo, y quizá mejor con todo ello en conjunto. Y para que a la temporada siguiente el entrenador fuera readmitido en el banquillo debería superar con éxito uno de estos cursos.

Este tipo de entrenadores son conscientes de que pierden los papeles, pero son incapaces de mantenerse en el banquillo sin hacer partícipes a los árbitros de sus problemas. Incluso reconocen que durante sus ofuscaciones no son capaces de reconducir el partido. Y saben que esto es precisamente lo que se espera de ellos, que dirijan a sus pupilos cuando más lo necesitan (generalmente explotan cuando el equipo propio va perdiendo con un tanteador ajustado).

Pero no son capaces de mantenerse ecuánimes, lo que sería un buen ejemplo para sus pupilos. Si el deporte de base es escuela de vida, estos “profes” son nefastos para ese fin.

Vergüenza ajena es lo que he sentido hoy. Como espectador, como responsable deportivo, como ex-entrenador de ese entrenador, como deportista… Mejor no sigo, pues llegaré a la conclusión de que el comportamiento de este chavalito ha sido indignante por haberse producido en la situación ya referida.

Lo dicen sus compañeros: también es vergonzosa la manera en que se conduce este entrenador en los encuentros de fútbol sala que disputa. Será que “el fútbol es así…”

22 de enero de 2005