El entrenador-dios

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Nunca tiene uno colmada su capacidad de asombro. Pronto llega alguien que puede alcanzar cotas mucho más adentradas en el terreno del absurdo de lo que uno puede sospechar.

Siempre hay por ahí uno de esos monitores que la pasada temporada rozaron su techo absoluto en lo que a logros deportivos se refiere. Los clichés se repiten…

A la temporada siguiente, este tipo de personas están crecidas, desbordadas, por encima de sus capacidades reales; son “el entrenador-dios”. Gozan del crédito y de la aquiescencia de los padres. Todo lo que tocan (creen) reluce como si lo hubiera tocado el mismísimo rey Midas.

Han perdido la humildad y creen saberlo todo; y lo que es peor aún, creen que todo lo que hacen está bien. Sus éxitos de antaño avalan su conducta hogaño.

Este invierno está siendo especialmente frío. Gracias a las nuevas tecnologías nos están avisando con casi una semana de antelación de una ola siberiana que nos va a dejar congelados.

Uno de estos días de invierno, con temperaturas que rondan los cero grados centígrados en el exterior, en polideportivos construidos con bloques (un local frío frío, que dicen en mi tierra) uno de esos entrenadores-dios va ha tener a los niños tirando penaltis. ¿Casualidades de una programación deportiva que no puede ser modificada?

Mientras uno tira un penalti todos los demás mirarán. Y así estarán durante casi una hora. El resto del tiempo los sentará para darles una charla táctica que los niños pequeños escucharán a buen seguro entendiéndolo todo.

¿Pensará el entrenador-dios que con el frío no se puede entrenar? ¿O tal vez el frío le hiele las ideas? ¿No sería mejor tener a los niños correteando y jugando, en constante movimiento y cuidando de que no suden, que tenerlos parados? Pero eso sí, el entrenador-dios lucirá una prenda de abrigo mientras los niños vestirán el pantalón corto de fútbol.

Pero al entrenador-dios ningún padre le cuestiona su sapiencia. Otra cosa sería si se tratara de un entrenador novato. Seguro que en este caso las críticas en la grada se suceden.

Decía que los entrenadores-dios, han perdido la humildad. Pero no han perdido esa actitud de modestia que les hace aparecer más grandes todavía a los ojos de los padres. Y es que “la modestia es la virtud de los mediocres” (frase lapidaria donde las haya).

28 de enero de 2005

“Toda palabra dicha despierta una idea contraria” (Goethe)
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 Vergüenza ajena

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Por motivos que no vienen a cuento me he visto obligado a presenciar un partido de fútbol sala de categoría infantil en el marco de unos juegos deportivos autonómicos. Ha sido uno de esos días en los que uno pasa vergüenza ajena.

Por diferentes circunstancias conocía a todos los actuantes; a los visitantes y a los locales. Tanto a los jugadores (niños) como a los entrenadores (adultos).

Ha querido la casualidad que ambos monitores hayan entrenado a mis órdenes hace ya algún tiempo. Uno espera que sus pupilos adquieran los buenos hábitos que uno ha pretendido siempre ejemplarizar.

El entrenador local es un chaval educado, cortés, buen deportista quiero decir, y con esto explico mi idea de formación a través del deporte.

El entrenador visitante me ha salido un poco rana. Protestón, trafullero, y fullero también. De esas personas que intentan conseguir con otras artes lo que no puede conseguir con maneras más honrosas. De hecho en la web del equipo de fútbol sala en el que juega alaban su capacidad para fingir los penaltis como único rasgo destacable.

Está claro que el segundo no es santo de mi devoción… Pues resultó que en mitad del encuentro el árbitro se vio en la necesidad de expulsarle del banquillo.

Este chavalito, porque no sabría como denominarle, se pasó todo el encuentro instando al árbitro, corrigiéndole, retándole, intentando no sé muy bien qué. Si ponerle nervioso, desorientarle, o tal vez llevarle a un estado de inseguridad.

Debo decir para los que aplauden esta forma de actuar de los entrenadores que el partido estaba siendo dominado por los locales (que acabaron ganando el encuentro), y que el equipo visitante se mantuvo siempre en el marcador a una distancia prudente, como para no inquietar a sus antagonistas. Y el partido era uno más de la liga regular; no había nada en juego (lo que tampoco hubiera sido disculpa).

El caso es que el árbitro le advirtió en repetidas ocasiones de que cejara en su intento. En verdad dio con un árbitro experimentado, de los que no se dejan intimidar por aspavientos y voces estentóreas; una persona aplomada sin ser autoritaria. Al final se vio obligado a requerirle para que abandonara el banquillo.

Pero todavía mi vergonzoso [en su 1ª acepción] ex-alumno tuvo tiempo de, en mitad de la cancha, encararse con el juez-árbitro.

Bonito ejemplo para los muchachos. El entrenador expulsado por bocazas y encima se encara con el árbitro en mitad de la cancha y delante de los padres. De los pocos padres asistentes. Tuvo la valentía este mozalbete metido a entrenador de niños de irse hasta el otro extremo de la cancha y continuar dirigiendo el equipo desde la otra banda, a dos metros de ella.

El árbitro tuvo la caballerosidad de dejarle continuar allí, cuando debería haberle instado a que se situara al menos en la grada.

Se da el agravante de que mi ex-pupilo es a la vez que entrenador del equipo del colegio el profesor de Educación Física de esos mismos niños en ese mismo colegio; colegio privado, para más inri.

Una persona que ha dado su ejemplo de comportamiento en público y en deporte a sus alumnos. Y teniendo a los padres como observadores. Supongo que no dirán nada. Incluso habrá quien le aplauda y le aliente a continuar con su labor de zapa con los árbitros.

Si yo mandara…

Si yo mandara, a éste y a todos los entrenadores que sean expulsados en el transcurso de los juegos deportivos autonómicos, competición que debería servir como reflejo de deportividad, les prohibiría continuar en el banquillo durante el resto de la temporada. El equipo tendría que buscar a alguien que los llevara a los partidos. Pero dado que la federación de fútbol no exige titulación deportiva para los entrenadores de estas categorías de base (sí, yo también pienso que es algo inaudito), cualquier padre o madre podría tomar su puesto.

Evidentemente, el entrenador podría continuar su labor en los entrenamientos (no habría manera de controlar que no fuera así, ¿verdad?), pero puesto que ha exhibido su incapacidad para mantener un comportamiento digno durante los encuentros, la sanción trataría de evitar su presencia en los mismos.

El caso es que hay muy buenos entrenadores de base (y no digo que este elemento lo sea) que pierden la compostura cuando han de enfrentarse a una competición, con todo lo bueno y lo malo que la competición supone. Los hay que no son capaces de comportarse cuando más lo requiere la situación, y tal vez fuera necesario insistir desde los estamentos responsables (federación, Dirección General de Deportes) en este punto.

Quizá con cursos en los que se impartan estrategias a seguir durante los encuentros, quizá con normas como la que propongo, y quizá mejor con todo ello en conjunto. Y para que a la temporada siguiente el entrenador fuera readmitido en el banquillo debería superar con éxito uno de estos cursos.

Este tipo de entrenadores son conscientes de que pierden los papeles, pero son incapaces de mantenerse en el banquillo sin hacer partícipes a los árbitros de sus problemas. Incluso reconocen que durante sus ofuscaciones no son capaces de reconducir el partido. Y saben que esto es precisamente lo que se espera de ellos, que dirijan a sus pupilos cuando más lo necesitan (generalmente explotan cuando el equipo propio va perdiendo con un tanteador ajustado).

Pero no son capaces de mantenerse ecuánimes, lo que sería un buen ejemplo para sus pupilos. Si el deporte de base es escuela de vida, estos “profes” son nefastos para ese fin.

Vergüenza ajena es lo que he sentido hoy. Como espectador, como responsable deportivo, como ex-entrenador de ese entrenador, como deportista… Mejor no sigo, pues llegaré a la conclusión de que el comportamiento de este chavalito ha sido indignante por haberse producido en la situación ya referida.

Lo dicen sus compañeros: también es vergonzosa la manera en que se conduce este entrenador en los encuentros de fútbol sala que disputa. Será que “el fútbol es así…”

22 de enero de 2005

“Toda palabra dicha despierta una idea contraria” (Goethe)
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 ¿Compites o trabajas?

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El deporte de alta competición (en cualquier disciplina) reúne tan sólo a un porcentaje exiguo de los deportistas en activo que existen en cualquier ámbito, ya sea regional, nacional o internacional. Esto es así por la teoría de las elites, que es uno de los vértices en el que se soporta el movimiento deportivo.

Pero el sustrato del movimiento deportivo no son los elegidos que realizan las proezas que vemos en la televisión, o que se nos relatan en la prensa escrita o en la radio. El verdadero contingente deportivo, y que de alguna manera sustenta a ese cuerpo de fueras de serie, se encuentra en el deporte aficionado.

En este “submundo” del deporte confluyen, grosso modo, dos tipologías de deportistas. Los que todavía podrían destacar y ser llamados a esa elite, y los que ya han pasado la edad donde podrían brillar y que se encasillan en esta vertiente del deporte por diferentes razones, mayormente motivos intrínsecos.

Los componentes de este segundo grupo, como ya digo, con una edad superior al primero, están inmersos desde hace tiempo en el mercado laboral.

Todos los conocemos; incluso hay equipos en los que el total de sus integrantes pertenecen a este grupo de edad. Los vemos a diario detrás de la barra de un bar, en el taller mecánico, deshuesando un jamón, reparando una televisión, conduciendo una hormigonera o atendiéndonos tras una ventanilla, por ejemplo.

Sin embargo, a pesar de su gran número, no tienen el peso que les correspondería tener en un Estado democrático. Son más, pero menos atendidos. Pagan sus licencias federativas para poder participar en el deporte federado. Esas ligas, o campeonatos en el caso de algunas modalidades individuales, que organizan las federaciones territoriales. Esas competiciones federadas en las que los participantes pagan todo: los arbitrajes, los desplazamientos, el equipamiento, las instalaciones, a los entrenadores…

¿Que dónde deberían hacer notar su peso? Pues obviamente en las federaciones territoriales, que es donde van a parar los euros que pagan. Sin embargo, la pirámide deportiva instalada en nuestro sistema hace que esas cantidades (multipliquen los más o menos 36′00 € de cada licencia por el número de practicantes) vayan a parar a otros fines, como el deporte de elite regional o, más sangrante aún, viajes y dietas de federativos.

El gran contingente que aglutina el deporte aficionado no tiene en ningún lado el peso específico que le correspondería por su número y por su contribución a las federaciones deportivas.

Por otro lado la Unión Europea destaca en letras de oro la conveniencia de apoyar al deporte federado aficionado. Y habla de unión de los pueblos a través del deporte, y de muchas otras lindezas. ¿Pero cómo? ¿Cuáles son las prioridades del deporte federado aficionado?

Estos deportistas no piden agasajos desmedidos; ni piden que la competición en la que han decidido participar les salga gratis. Tampoco piden un reparto equitativo de los ingresos federativos; son conscientes de que con el pago de sus licencias contribuyen a que las elites (deportistas más jóvenes que ellos) puedan entrenar en mejores instalaciones y competir con mejores medios; esto es una forma de solidaridad semejante al funcionamiento de la Seguridad Social, en donde el que menos la necesita, por razón de edad, es el que más paga.

Y mira que bien que me ha traído hasta aquí el símil sobre la Seguridad Social, pues precisamente de este punto quería yo hablar.

Estos deportistas aficionados federados que incluso pagan por poder jugar en una liga, lo que no pueden permitirse es perder su puesto de trabajo por este, llamémosle, capricho o mejor afición, por huir del anglicismo hobby, que reflejaría mejor aún el concepto que quiero definir.

Los trabajos no abundan hoy en día, y tener asegurado el tema laboral es prioritario en el mundo occidental. Y el deporte federado puede arruinar un puesto de trabajo. En algunas empresas ya se realizan entrevistas de trabajo en las que se pregunta si el futuro empleado practica algún deporte federado.

La razón es sencilla: una lesión puede acarrear una baja laboral. Así de simple es la explicación. El empresario, velando por el bien de su empresa, valora (y con acierto a mi modo de ver) los inconvenientes que le puede suponer emplear a un chico/a que juega a fútbol sala, baloncesto o balonmano, por poner ejemplos.

Una lesión de rodilla o de tobillo incapacita para puestos de trabajo en los que haya que permanecer de pie. Una lesión de hombro o en la mano incapacita para muchos puestos de trabajo: ¿en qué trabajo no se utilizan las manos?.

Se trata de una incapacidad laboral transitoria, y el empresario corre con los gastos de los (creo recordar) quince primeros días. El Estado paga al trabajador lo que la baja se extienda por encima de este periodo.

Un esguince de tobillo viene a suponer la inmovilidad durante 15 ó 20 días, por lo que la empresa asumirá el total del coste de la baja. A esto hay que añadir que el empleador debe cubrir ese puesto de trabajo con otra mano de obra que igualmente deberá pagar.

Si a todo esto le añadimos que hay lesiones recidivantes (que se pueden repetir a lo largo de una temporada), vemos como el empresario, en justicia, desee huir de emplear a aquellos chavales/as que tengan más posibilidades de lesionarse.

Una persona sedentaria sería su ideal; que sí, que puede torcerse un tobillo bajando la acera, pero que está menos expuesta a una lesión por el hecho de no practicar ejercicio físico.

Pero los poderes públicos nos alientan en contra del sedentarismo alegando el rendimiento social que supone el deporte…; especialmente la Unión Europea, en su Carta Europea del Deporte para Todos y en otros documentos semejantes que ahora no deseo abordar.

Para mí la solución se hace evidente. Por un lado el justo deseo del empresario (hoy en día empresarios podemos ser todos) de no correr riesgos empleando a personas que se sitúen en la franja del riesgo que supone una lesión deportiva. Por otro lado el también justo deseo de practicar deporte y de competir en una liga federada y la necesidad de encontrar un puesto de trabajo estable.

Pues ya que son los poderes públicos los interesados en que practiquemos deporte y nos organicemos en clubes para participar en deporte federado, que sean las Administraciones quienes asuman esos primeros quince días de baja por lesión deportiva a través de las federaciones.

La federación deportiva correspondiente exige el pago de una licencia federativa que incluye un seguro médico. También las federaciones deportivas son entes con competencias administrativas delegadas. Pues que sea la federación quien ejerza el control sobre las lesiones que se produzcan en la práctica reglada.

Que la federación, mediante el acta arbitral u otro documento, certifique que se produjo esa lesión durante la práctica de competición federada o durante un entrenamiento para tal fin. Después, que la Administración abone la liquidación a cada federación por las bajas ocasionadas en la práctica de su deporte.

Así, el único inconveniente para el empresario sería encontrar un sustituto para su empleado lesionado, pero el coste sería más o menos el mismo que pagaría a su trabajador titular.

¿Que hablo de una utopía irrealizable? ¿Que abundarían las picarescas en este sistema? Y dónde no abundan las picarescas en este país…

Y si efectivamente se trata de algo irrealizable, entonces, por favor, que paren ya de agobiarnos con tanta información de lo saludable que es hacer deporte. Porque hablar de Deporte para Todos es hablar de deporte competición para el que desee hacerlo. Y a nadie le tiene por qué costar su puesto de trabajo.

Si no me creen, que se lo pregunten a todos aquellos a los que no les han renovado el contrato tras una lesión deportiva.

21 de enero de 2005
Ntra. Sra. de la Altagracia

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