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 ¿Compites o trabajas?

Viernes, 21 de Enero de 2005  |   la aguja  |   No hay comentarios
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El deporte de alta competición (en cualquier disciplina) reúne tan sólo a un porcentaje exiguo de los deportistas en activo que existen en cualquier ámbito, ya sea regional, nacional o internacional. Esto es así por la teoría de las elites, que es uno de los vértices en el que se soporta el movimiento deportivo.

Pero el sustrato del movimiento deportivo no son los elegidos que realizan las proezas que vemos en la televisión, o que se nos relatan en la prensa escrita o en la radio. El verdadero contingente deportivo, y que de alguna manera sustenta a ese cuerpo de fueras de serie, se encuentra en el deporte aficionado.

En este “submundo” del deporte confluyen, grosso modo, dos tipologías de deportistas. Los que todavía podrían destacar y ser llamados a esa elite, y los que ya han pasado la edad donde podrían brillar y que se encasillan en esta vertiente del deporte por diferentes razones, mayormente motivos intrínsecos.

Los componentes de este segundo grupo, como ya digo, con una edad superior al primero, están inmersos desde hace tiempo en el mercado laboral.

Todos los conocemos; incluso hay equipos en los que el total de sus integrantes pertenecen a este grupo de edad. Los vemos a diario detrás de la barra de un bar, en el taller mecánico, deshuesando un jamón, reparando una televisión, conduciendo una hormigonera o atendiéndonos tras una ventanilla, por ejemplo.

Sin embargo, a pesar de su gran número, no tienen el peso que les correspondería tener en un Estado democrático. Son más, pero menos atendidos. Pagan sus licencias federativas para poder participar en el deporte federado. Esas ligas, o campeonatos en el caso de algunas modalidades individuales, que organizan las federaciones territoriales. Esas competiciones federadas en las que los participantes pagan todo: los arbitrajes, los desplazamientos, el equipamiento, las instalaciones, a los entrenadores…

¿Que dónde deberían hacer notar su peso? Pues obviamente en las federaciones territoriales, que es donde van a parar los euros que pagan. Sin embargo, la pirámide deportiva instalada en nuestro sistema hace que esas cantidades (multipliquen los más o menos 36′00 € de cada licencia por el número de practicantes) vayan a parar a otros fines, como el deporte de elite regional o, más sangrante aún, viajes y dietas de federativos.

El gran contingente que aglutina el deporte aficionado no tiene en ningún lado el peso específico que le correspondería por su número y por su contribución a las federaciones deportivas.

Por otro lado la Unión Europea destaca en letras de oro la conveniencia de apoyar al deporte federado aficionado. Y habla de unión de los pueblos a través del deporte, y de muchas otras lindezas. ¿Pero cómo? ¿Cuáles son las prioridades del deporte federado aficionado?

Estos deportistas no piden agasajos desmedidos; ni piden que la competición en la que han decidido participar les salga gratis. Tampoco piden un reparto equitativo de los ingresos federativos; son conscientes de que con el pago de sus licencias contribuyen a que las elites (deportistas más jóvenes que ellos) puedan entrenar en mejores instalaciones y competir con mejores medios; esto es una forma de solidaridad semejante al funcionamiento de la Seguridad Social, en donde el que menos la necesita, por razón de edad, es el que más paga.

Y mira que bien que me ha traído hasta aquí el símil sobre la Seguridad Social, pues precisamente de este punto quería yo hablar.

Estos deportistas aficionados federados que incluso pagan por poder jugar en una liga, lo que no pueden permitirse es perder su puesto de trabajo por este, llamémosle, capricho o mejor afición, por huir del anglicismo hobby, que reflejaría mejor aún el concepto que quiero definir.

Los trabajos no abundan hoy en día, y tener asegurado el tema laboral es prioritario en el mundo occidental. Y el deporte federado puede arruinar un puesto de trabajo. En algunas empresas ya se realizan entrevistas de trabajo en las que se pregunta si el futuro empleado practica algún deporte federado.

La razón es sencilla: una lesión puede acarrear una baja laboral. Así de simple es la explicación. El empresario, velando por el bien de su empresa, valora (y con acierto a mi modo de ver) los inconvenientes que le puede suponer emplear a un chico/a que juega a fútbol sala, baloncesto o balonmano, por poner ejemplos.

Una lesión de rodilla o de tobillo incapacita para puestos de trabajo en los que haya que permanecer de pie. Una lesión de hombro o en la mano incapacita para muchos puestos de trabajo: ¿en qué trabajo no se utilizan las manos?.

Se trata de una incapacidad laboral transitoria, y el empresario corre con los gastos de los (creo recordar) quince primeros días. El Estado paga al trabajador lo que la baja se extienda por encima de este periodo.

Un esguince de tobillo viene a suponer la inmovilidad durante 15 ó 20 días, por lo que la empresa asumirá el total del coste de la baja. A esto hay que añadir que el empleador debe cubrir ese puesto de trabajo con otra mano de obra que igualmente deberá pagar.

Si a todo esto le añadimos que hay lesiones recidivantes (que se pueden repetir a lo largo de una temporada), vemos como el empresario, en justicia, desee huir de emplear a aquellos chavales/as que tengan más posibilidades de lesionarse.

Una persona sedentaria sería su ideal; que sí, que puede torcerse un tobillo bajando la acera, pero que está menos expuesta a una lesión por el hecho de no practicar ejercicio físico.

Pero los poderes públicos nos alientan en contra del sedentarismo alegando el rendimiento social que supone el deporte…; especialmente la Unión Europea, en su Carta Europea del Deporte para Todos y en otros documentos semejantes que ahora no deseo abordar.

Para mí la solución se hace evidente. Por un lado el justo deseo del empresario (hoy en día empresarios podemos ser todos) de no correr riesgos empleando a personas que se sitúen en la franja del riesgo que supone una lesión deportiva. Por otro lado el también justo deseo de practicar deporte y de competir en una liga federada y la necesidad de encontrar un puesto de trabajo estable.

Pues ya que son los poderes públicos los interesados en que practiquemos deporte y nos organicemos en clubes para participar en deporte federado, que sean las Administraciones quienes asuman esos primeros quince días de baja por lesión deportiva a través de las federaciones.

La federación deportiva correspondiente exige el pago de una licencia federativa que incluye un seguro médico. También las federaciones deportivas son entes con competencias administrativas delegadas. Pues que sea la federación quien ejerza el control sobre las lesiones que se produzcan en la práctica reglada.

Que la federación, mediante el acta arbitral u otro documento, certifique que se produjo esa lesión durante la práctica de competición federada o durante un entrenamiento para tal fin. Después, que la Administración abone la liquidación a cada federación por las bajas ocasionadas en la práctica de su deporte.

Así, el único inconveniente para el empresario sería encontrar un sustituto para su empleado lesionado, pero el coste sería más o menos el mismo que pagaría a su trabajador titular.

¿Que hablo de una utopía irrealizable? ¿Que abundarían las picarescas en este sistema? Y dónde no abundan las picarescas en este país…

Y si efectivamente se trata de algo irrealizable, entonces, por favor, que paren ya de agobiarnos con tanta información de lo saludable que es hacer deporte. Porque hablar de Deporte para Todos es hablar de deporte competición para el que desee hacerlo. Y a nadie le tiene por qué costar su puesto de trabajo.

Si no me creen, que se lo pregunten a todos aquellos a los que no les han renovado el contrato tras una lesión deportiva.

21 de enero de 2005
Ntra. Sra. de la Altagracia



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