Ya estamos en diciembre, y en varios municipios de mi entorno comienzan a organizarse las “martingalas” deportivas, que han proliferado por toda la Piel de Toro como si de un sarpullido se tratase.

Ya he manifestado en otra ocasión que no creo en este tipo de premios otorgados, al menos en deporte. El deportista ya ha obtenido la recompensa a su esfuerzo (a veces extrínseca, a veces intrínseca) y no necesita una foto con el político de turno para que se le reconozcan sus méritos.

Pero me voy a dedicar hoy, por gusto, a analizar algunos de los aspectos de estas martingalas deportivas de los municipios.

Lo primero que me salta a la vista es que el político que se ve obligado a asistir (usualmente el concejal de deportes y el alcalde) no se ha ocupado de sus conciudadanos deportistas en todo el año.

Las más de las veces recurren a su gerente deportivo (si este es eficiente, que algunos sí lo son) para informarse de a quien se debe premiar.

Pero cuando el que va a ser deportista del año necesitaba un chubasquero o unas zapatillas para ir a correr, o esparadrapo para los dedos, o un tubular para la bici, o un kimono, o un asiento para la piragua, o balones para el equipo, o una raqueta, o que se pintaran las líneas de la cancha, o encender la luz del campo antes de caer la noche, o que se limpiara la bolera de hierbajos… (si no sigo es por no aburrir, no porque no haya más ejemplos), en esos momentos, ¿dónde coño estaban el concejal o el alcalde o el gerente deportivo?

No se han ocupado de las necesidades del chico o chica durante doce meses; no se han ocupado de los gastos a que se enfrenta la familia; no se han ocupado de la baja laboral que ha supuesto esa lesión de tobillo, y menos aún de su rehabilitación; no se han ocupado de las necesidades logísticas del equipo y del club; y de los entrenadores…, bueno, a veces tengo la sensación de que estas personalidades desconocen la existencia de los entrenadores.

Eso sí, a cambio de un trofeo o una placa que no superará los 30′00 euros (IVA incluido) quieren compartir un momento de gloria con el campeón o campeona o campeones del pueblo o de la ciudad, que lo mismo da. Y les dicen a todos sus compañeros que el ayuntamiento premia la labor y la dedicación, el esfuerzo y el tesón que forjan el carácter de un deportista.

En algunas ocasiones son tan osados estos fotogénicos personajes (y ya no hablar del gerente ineficiente, que los hay por ahí, sí señor) que se atreven a arengar a las futuras generaciones de deportistas del pueblo. Si atendiéramos al sermón veríamos que es un discurso vacío de contenidos y lleno de frases hechas, en el que parecen no saber muy bien de que están hablando. ¡Ay! si alguno de ellos hubiera hecho al menos veinte abdominales seguidas alguna vez.

Despliegan un arsenal del que no han hecho gala hasta la fecha: reuniones a partir de las ocho e incluso las diez de la noche (en otro momento del año ni se le ocurra a usted, señor directivo, solicitar una reunión al concejal a esas horas), cartelería y reprografía (eso sí, los carteles del equipo hubo que pagarlos al contado con las cuotas de los socios y padres), megafonía en el salón de actos (local prohibido para los clubes, no se le ocurra a usted solicitar una reunión del club en la Casa de Cultura, y menos aún pretender jugar las partidas de liga regional de ajedrez ahí).

Se engalana el salón de actos, se llama a la Dirección General de Deportes, o al Gobierno autonómico o/y Diputación provincial, para que acuda otro político (amigo de la casa siempre, por supuesto), se invita a la prensa con tarjetones y todo, y, por último, el concejal y el alcalde aparecen en mangas de camisa (en la Casa de Cultura suele haber calefacción, en el polideportivo municipal no). Por contra, los tontitos de los deportistas, al principio, íbamos vestidos de traje y corbata para que nos dieran un premio: ¡se trataba de nuestra gala! En eso hemos espabilado.

Otra de las tácticas que se está haciendo habitual es contar con la presencia de un deportista de relumbrón. Si es olímpico o ex-olímpico mejor, pero si tiene algún título de Europa también puede valer. Si no tiene títulos, sirve perfectamente que sea deportista profesional, que esto viste mucho.

Pero no crean que el despliegue de medios llega al punto de pagar el caché de este deportista por su presencia en el pueblo. En las martingalas deportivas de los municipios siempre, siempre, el político de turno ha sabido aprovechar ese contacto que tiene el directivo, o el entrenador, o ese amiguete de la infancia. Hasta en eso se ríen de nosotros: se aprovechan de nuestros contactos, de los favores que nos son debidos, de nuestra capacidad de organización…

Ha habido ocasiones en que tras la entrega de premios los políticos se han ido de cena…, ¡ellos!; los deportistas, cada uno para su casa. Y no les falta razón. Al fin y al cabo la cena la pagan ellos. Eso sí, la pagan ellos con nuestro dinero. La cosa era tan de mal gusto que lo que se estila en estos momentos es que cada uno pague su cubierto (nunca menos de 21′00 euros). Lo que a mí me escama es que por tres mil quinientas pelas se coma tan poco. ¿No será que alguien no paga su parte? Y puedo asegurarles que sé de que hablo.

Y lo que más me duele: ver como año tras año los directivos de los clubes corren a la llamada del ayuntamiento para dignificar la gala deportiva del pueblo. ¡No vaya a ser que les retiren la subvención! Y encima cargan con la responsabilidad de hacer de jueces de sus propios deportistas. Esto ya es el colmo. Además haciendo el trabajo sucio.

Mire usted, señor ayuntamiento: los premios son suyos, y usted los entrega para que quien manda ahí en estos momentos por voluntad del pueblo salga en la foto al día siguiente. Así pues, déselos usted a quien crea oportuno. Averigüe usted quien o quienes han sido los mejores este año. ¿No está usted pagando un opulento sueldo a alguien con un cargo muy rimbombante? Pues no nos pida usted que hagamos el trabajo de él. Que después, si llueven las críticas, usted dirá aquello de “el ayuntamiento premió lo que le propusieron”, como hizo Pilatos (¿no era concejal este Pilatos? —concejal de Roma en Palestina, más o menos—).

En mi opinión los municipios no tienen autoridad moral para celebrar este tipo de eventos. Las galas de reconocimiento para deportistas deberían estar reservadas a la esfera de la Administración autonómica y a las federaciones.

Ahí sí podrían tener su baza los ayuntamientos. Si una federación organiza su gala deportiva anual tendrá que realizarla en una localidad concreta. No estaría de más que los ayuntamientos pujaran por atraerse el favor de la organización de esos actos paradeportivos.

Cuando digo pujaran me refiero a hacerlo en euros contantes y sonantes. Pero para que esto ocurra antes tendrá que arder Troya.

11 de diciembre de 2004