Llevo ya tiempo observando la evolución de los patrocinios en deporte base. Según mis informaciones acontece lo mismo que referiré a continuación en cualquier región de nuestro país, sea zona rural o urbana. En nuestros pueblos se siguen los mismos patrones que en nuestros barrios metropolitanos a la hora de buscar recursos económicos para el deporte base.

Es como si los directivos de estos clubes modestos estuvieran abocados una y cien, y mil veces más, a repetir los mismos patrones continuamente.

No sé si aportaré alguna idea novedosa; tal vez me la guarde para mí. Lo que sí pretendo mostrar es que no es positivo copiar sistemas diseñados para otras esferas, y que es necesario pararse a reflexionar. Tal vez esa sea la clave: observar, analizar y sacar conclusiones propias.

Comienzo declarando que en nuestras zonas pequeñas, pueblos y barrios, los patrocinadores no existen; existen colaboraciones de los comercios ubicados en ese entorno.

Tengo claro que un comercio local no aumenta sus ventas por el hecho de patrocinar a un club local. Ni siquiera aunque se trate de uno de nuevo establecimiento.

Lo que sí hacen es colaborar con sus vecinos; pero ocurre que estos vecinos no perciben que los comercios locales son sableados, además de por ellos y por los demás clubes locales, por todo tipo de actividades: fiestas locales, viajes de estudios, cabalgatas, asociaciones pro-loquesea, etc. Y las formas son varias y continuadas: lotería, papeletas, cuotas profestejos, rifas, carteles…

Hace ya unos cuantos años que se pusieron de moda esos carteles murales que se ven por toda España en los que en el centro aparece el encuentro que se disputa, y que se encuentra rodeado de multitud de anuncios diversos (sobre media gruesa) que nadie lee.

Los promotores locales piensan que por ser clientes el dueño del comercio no les va a negar una colaboración de 30 euros. Y tienen razón; el dueño del comercio, antes de perder un cliente, afloja los “mil duritos”. Si no lo hace será tildado por el colectivo de ser un roncha; y lo harán por toda su zona de influencia con ánimo de desprestigiarle ante la comunidad. Una especie de chantaje tácito.

A los directivos locales se les podía ocurrir que el dueño del comercio está restando 30 euros del dinero que tiene para llevar a casa; los beneficios de esa pequeña empresa son eso, la ganancia que da de comer a los suyos.

No solamente les ocurre esto a los comercios. Se encuentran en igual situación los pequeños empresarios. Aquellos que tienen un negocio tal que pueden dar trabajo a dos o tres personas. Las “exigencias” a este grupo llegan al punto de pedirles patrocinar la ropa de paseo o de competición del equipo.

Patrocinar, lo que se dice patrocinar, no patrocinan nada. La cantidad que desembolsan para las equipaciones sólo puede desgravar el 10% que la legislación vigente prevé para gastos de publicidad de la empresa. Y eso si les llevan la factura, que sin ella no desgravarán esa inversión en publicidad.

Así y todo, muchos de estos nuevos directivos de pro, ignorantes de lo que dicen, siguen hablando de que tienen patrocinadores. Pero no existe ningún plan de patrocinio en el club, ni programa de patrocinio alguno en la empresa.

Generalmente se recurre a un pariente cercano de uno de los jugadores que tenga un negocio familiar medianamente fuerte para lo que supone el pueblo o el barrio. Del tipo que comentaba tres párrafos más arriba.

Poco importa la relación que se establece con el patrocinador; lo que importa es el dinero que suelta. Nadie se preocupa de que la acción de patrocinio vaya más allá. Por supuesto, el jugador o jugadora cuyo familiar colabora se asegura el puesto en el equipo. Es un sistema que se corrompe a sí mismo.

El directivo de turno acaba por pensar que el patrocinador se anuncia en su equipo, y que esa es toda la satisfacción que desea obtener. Pero, al menos para mí, es evidente que ningún cliente reclamará sus servicios por el mero hecho de anunciarse en las camisetas del equipo.

Nadie se anuncia; nadie patrocina nada en el deporte base. El capital privado, en mayor o menor cantidad, es aportado sin recibir a cambio lo que el directivo dice vender. Además, noto como si los clubes que les “sale un patrocinador” ascendieran en la pirámide social local. Se creen más importantes, más trascendentes, que los clubes de otras especialidades que les rodean.

E incluso adquieren cierto rango en los medios de comunicación locales (que también los hay). E igualmente en el ayuntamiento son considerados como de mayor valía que los demás, a tenor del incremento en la subvención municipal anual, cuando debería ser al contrario. Es una especie de profecía autocumplida.

La gente copia lo que ve, pero sin pararse a reflexionar si lo que copian puede ser trasladado (e incluso mejorado) al entorno en el que se mueven. Esta práctica, que se extiende más allá del mundo del deporte, no es muy inteligente. Sería más sensato informarse de los por qué e intentar asimilar las claves para proyectarlas en la realidad que a cada uno le ha tocado vivir.

Por otro lado, no me parece serio que la subsistencia del deporte base en nuestro país recaiga en buena medida en el pequeño comercio local sin un reconocimiento por parte de la Administración. Reconocimiento que ha de venir de la mano de una mayor desgravación fiscal cuando se aporta capital privado para actividades de interés general.

Y esta es toda mi “aportación” a este tema… por el momento. Espero haber despertado ese afán investigador en quien me pueda estar leyendo. Tal vez lo que haga falta sea más imaginación, mayores conocimientos, capacidad de análisis… Sólo con la buena voluntad me temo que no es suficiente para que el sistema mejore.

Y no veo la pega que puede tener el viejo sistema, en el que cada jugador busca un patrocinador para su chándal. Al fin y al cabo somos los padres los que acabamos comprando todas las papeletas sobrantes. Y ya que al menos compramos un chándal al año para nuestro deportista particular, bien podemos comprar el chándal del equipo.

Este sistema me parece mucho más ético para con nuestros convecinos comerciantes, esquilmados por toda una pléyade de voraces pirañas deportivas y culturales. Pero precisa de planificación anual.

Puedo asegurarles que al carnicero de la calle de atrás, el que ha desembolsado un dinero para la ropa deportiva de paseo del equipo, le trae mucho sin cuidado si los pequeños héroes del pueblo (o del barrio) ganan o no ganan partidos. Seguro que sus motivos distan mucho de ver la imagen de su empresa asociada a un equipo triunfador.

31 de diciembre de 2004
San Silvestre