Hace tiempo que vengo observando la forma de actuar de algunos de nuestros políticos. Cuando digo nuestros me refiero a aquellos cuyas decisiones repercuten directamente sobre nosotros. Pueden ser Alcaldes o Concejales, Consejeros o Presidentes, Directores Generales, Ministros u otros cargos que de una manera directa o indirecta hemos colocado ahí entre todos a través del voto. Cada cual tendrá “sus” políticos, y a algunos los “tendremos” todos.

He observado que algunos de estos políticos han sido atacados por una especie de bacteria maligna que consigue que caigan en un estado de sopor febril.

Estas fiebres se manifiestan con una periodicidad un tanto extraña. He constatado que los políticos objeto de observación son atacados por el virus cada cuatro años, y permanecen infectados durante un lapso de tiempo que va de los seis a los nueve meses. Y en casos de exposición reiterada al cargo puede llegar a manifestarse durante casi un año.

No sé muy bien bajo que artificio pero las fiebres cesan de golpe, coincidiendo siempre con esto de las elecciones, bien sean municipales, autonómicas o generales. Pero eso sí, siempre con las que afectan al cargo del político.

Si el político bajo observación sale despedido del cargo que ocupaba con motivo de los comicios, las fiebres dejan de afectarle, pues solamente es patente en aquellos que están en posesión de un cargo público.

Si por contra es renovado en lo que se ha convertido en su puesto de trabajo en los cuatro últimos años, el político en observación cae en un estado de letargo, de somnolencia, de sosiego, de tranquilidad… En una especie de modorra política que le tiene inactivo por espacio de unos tres años. Pasado este tiempo, y ante la inminencia de unas nuevas elecciones, esa actividad febril volverá a manifestarse con una antelación mínima de seis meses a las mismas.

En definitiva, he observado que solamente se manifiesta este cuadro clínico en aquellos que tienen un cargo público. Que se manifiesta cada cuatro años. Que el periodo de actividad febril oscila entre los seis y nueve meses, llegando en algunos casos a durar doce meses. Y que cesa de improviso tras unos comicios electorales. Quien acceda por primera vez a un cargo público se verá afectado indefectiblemente por estas fiebres ya descritas al cabo de tres años y medio.

Como no he conseguido encontrar información sobre este cuadro clínico lo he bautizado con el nombre de “Síndrome del 6 de enero”.

Sí, porque al igual que nuestros niños el día de Reyes Magos comienzan a abrir los juguetes a toda prisa y a jugar con todos para, al cabo de unos días, éstos quedar olvidados y en muchos casos rotos, los políticos observados comienzan a inaugurar instalaciones públicas con la misma infantil ilusión.

Pueden ser museos, aulas didácticas, parques o jardines, parques temáticos, piscinas o polideportivos, zonas recreativas, boleras o frontones, colegios, centros de salud, telecentros, canchas deportivas multiusos…

La diversidad de instalaciones y equipamientos inaugurados es muy amplia. Pero todas tienen un denominador común. Son instalaciones que de alguna manera se supone que van a mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos que han de votar la gestión del político de turno.

Pero, al igual que en el caso de nuestros niños, una vez pasado el encanto del momento, las instalaciones, inauguradas en muchos casos con gran estruendo y rimbombancia, son abandonadas a su suerte, careciendo de una dotación presupuestaria para su mantenimiento.

Señores, que las cosas necesitan de un mantenimiento, que los edificios con el uso se van deteriorando. Y no sólo se trata de presupuestar el gasto en mantenimiento, sino también el de los salarios que habrá que pagar a operarios y especialistas. Y tener en cuenta la nueva inversión que se irá haciendo necesaria con la demanda de los ciudadanos.

Que cuando se inaugura una dotación del tipo que he expuesto hay que contar con los gastos anuales que originará. Que no es posible el crecimiento indefinido de un ayuntamiento (¿será por esto por lo que están endeudados hasta las cejas?). Que hasta una nueva carretera acarrea un gasto anual que hay que tener previsto. Habrá que rozar las cunetas, repintar las marcas viales, arreglar la señalización vertical y volver a asfaltar cada cierto tiempo la calzada…

No se puede andar por ahí inaugurando cosas sin ton ni son con el único objetivo de que sus conciudadanos vuelvan a depositar la confianza en su equipo de gestores con usted al frente.

Que ustedes son eso: gestores accidentales. Y no es una buena gestión la inauguración de un equipamiento que va a necesitar anualmente una mano de pintura, y arreglos puntuales, y sueldos para las contrataciones de los operarios que allí trabajen si esto no queda garantizado de antemano.

No se puede aprovechar una subvención que garantice un puesto de trabajo por seis meses si después no va a haber una continuidad. Porque el dinero gastado en la inversión necesaria para iniciar la actividad es de todos nosotros.

No se puede gastar el dinero público para remodelar o construir un micromuseo o un aula didáctica que después deberá quedar cerrada por falta de presupuesto para el salario de los trabajadores.

No se puede inaugurar una piscina que va a gravar el presupuesto municipal en 90.000′00 € anuales debido al déficit que ocasiona si ese ayuntamiento no es capaz de absorber dicha cantidad.

No se puede crear una escuela taller y gastar en equipamientos, en tecnología o en maquinaria que quedarán abandonados al finalizar la financiación. Debe garantizarse la continuidad en el tiempo de las acciones que se emprendan. Lo contrario es entrar en políticas propias de gestores tercermundistas.

Creo que era Gandhi quien decía: “Dame un pez y comeré hoy; enséñame a pescar y comeré toda la vida”. Aplíquense el cuento de este hombre sabio.

El pueblo percibe las inauguraciones, pero también percibe la dejadez que ataca a todo aquello relacionado con la Administración. Y el dinero es de todos nosotros. Ustedes solamente son sus gestores accidentales. No lo utilicen para agrandar su imagen política a fin de mantenerse en el puesto o de ascender en el escalafón de su partido político.

8 de octubre de 2004    buzón de alcance