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 Jugando a fútbol español

Jueves, 02 de Septiembre de 2004  |   la aguja  |   No hay comentarios
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Le he dedicado más de 25 años de mi vida a un deporte concreto. Hasta que me cansé de las intrigas federativas y de los mafiosillos que por ellas pululan y que aspiran a ejercer cierta cota de poder controlando todo lo que se mueve en su deporte hasta el punto de asfixiar cualquier iniciativa que se oponga a su idea de gestión, por primitiva que ésta pueda ser, con lo cual se sienten realizados e incluso yo diría que hasta sexualmente satisfechos.

En cierta ocasión oí que para que una democracia se consolide han de pasar cien años. En aquel momento me pareció una aberración, pero hoy considero muy acertado ese juicio. Incluso pienso que en algunos países donde reina la picaresca quizá deberán pasar algunos años más.

Tras 25 años de democracia las gentes aún no estamos preparadas para aceptar las críticas, sean o no sean constructivas. [Ahora que lo pienso, una crítica siempre será constructiva ya que si no lo fuera sería más propio llamarlo “opinión hostil”]. Y aceptar las críticas es un ejercicio democrático. Como lo es saberse defender de ellas hasta con cierto ingenio y no con ataques personales.

Lo que me hace escribir hoy es “mi nuevo deporte”. Hemos formado un grupo de entusiastas que nos dedicamos en nuestro tiempo libre a introducir lo que también es un nuevo deporte en nuestra Comunidad Autónoma. Se trata del fútbol americano, aunque en su especialidad sin contacto del flagfootball, más propia de escolares que de adultos, y con ciertas connotaciones novedosas que han supuesto el recibir una buena acogida por parte del profesorado de Educación Física en colegios e institutos.

El flagfootball también ha tenido buena aceptación en los medios de comunicación comarcales, fruto de lo cual toda la comunidad deportiva en nuestra zona de influencia conoce nuestras andanzas y es sabedora de que un servidor es la cabeza visible de este nuevo movimiento deportivo en Asturias.

He tenido que aceptar varias críticas por ello. Por una parte debido al apellido “americano” que lleva nuestro deporte; por otra debido a su nombre: “fútbol”. Cuando menos curioso, ¿verdad? Y es que las almas encogidas no son capaces de aceptar los cambios de paradigma con “talante democrático”. Mostraré un par de joyas con las que me han obsequiado sendos conocidos.

Resulta que nos cogió el reciente acontecimiento bélico de la Guerra de Iraq en plena campaña de iniciación al flagfootball en los colegios. Había yo bromeado con algunos amigos sobre la posibilidad de cambiar durante esas fechas el nombre de “fútbol americano” por el de “fútbol canadiense”, que al fin y al cabo es una versión diferente del mismo deporte.

Pues no tardó en llegar alguien, llamémosle señor P, a mi lugar de trabajo y descargó sobre mí todo su antiamericanismo. Muy valiente él, sabedor de que debo guardar compostura ya que trabajo para una Administración Pública, se explicó en términos muy claros, calificándome de cosas que él no sabe si son ciertas solamente porque practico fútbol “americano”.

Se da la circunstancia de que este señor P es militar en la reserva, situación laboral sobre la que habíamos departido en cierta ocasión (mucho antes de que soplaran aires bélicos que acabarían involucrando a nuestro país), informándome él, muy ufano, de que en cualquier momento podría ser llamado a defender a la patria, motivo por el cual cobraba una cierta cantidad mensual más que digna.

Pues sucedió que pasados unos veinte días desde que el señor P se había despachado muy a gusto conmigo me lo tropiezo en cierto local público. Y observé que el señor P exhibía una gran pegatina con la inscripción “NO A LA GUERRA”; así, en letras bien gordas.

Me puse como el que no quiere la cosa a charlar sobre la confección de la pegatina, informándome el señor P de algunos detalles muy interesantes. Hasta que le pregunté si el lema de la pegatina se refería a todas las guerras o solamente a la guerra que estaba teniendo lugar en Iraq.

Respondió que solamente a la guerra en curso, pues, muy marcial él, opinaba que algunas guerras son necesarias. Seguidamente le pregunté qué haría si el gobierno le llamaba a defender los intereses de la patria, allí donde el gobierno de turno pensara que estaban esos intereses. Y le pregunté sobre si en caso de negarse a acudir a esta guerra devolvería todo el dinero que ha estado cobrando como miembro de la reserva.

Yo tuve bastante con este desquite, y por lo visto el señor P también. No he vuelto a verle por mi lugar de trabajo desde entonces. Sí debo decir que me crucé con el señor P al día siguiente y observé que aquella gran pegatina había desaparecido de su chaqueta.

Este miércoles, primero de setiembre, cuando me encontraba paseando con parte de mi familia por el renovado parque municipal me topé con uno de los miembros del equipo escolar de flagfootball que he dirigido esta temporada, muchacho alto y fuerte para su edad y al que no había visto durante todo el mes de agosto.

Le pregunté en voz alta por como se encontraba, pues me saludó con una gran sonrisa sin dejar de jugar con sus amigos. Le pregunté también si había visto la foto del equipo que se publicó en un anuario local de mucho renombre y gran raigambre. Como quiera que no la había visto le seguí informando en voz alta, mientras proseguía mi paseo, de la página en la que aparecían todos ellos así como de que estaban retratados con los uniformes de fútbol americano.

Despedirme del muchacho y oír la voz del señor M todo fue uno. El señor M se encontraba repantigado en uno de los bancos del parque con otros amigos suyos a los que yo no conocía. Este señor M estaba diciéndome algo así como que de fútbol americano nada, que había que dejarse de cosas raras.

Sin detener mi paseo le saludé con una mueca de sonrisa y le recordé que este es un país libre y que cada cual podía practicar lo que le viniera en gana. No contento con esta contestación volvió a la carga diciendo que los chavales lo que tenían que practicar era “fútbol español”, lo que fue acogido con algo así como un asentimiento a coro de los allí congregados.

Ya supondrá quien me pueda estar leyendo que no dejé pasar la ocasión. ¿Fútbol español? ¿Y cuál era ese? Pues estaba claro, el que se juega en Europa (¡cómo no habría sido yo capaz de pensarlo por mí mismo!). Ese, señor mío, es fútbol inglés. Y no sé por qué los niños han de practicar fútbol inglés y no fútbol americano. Además, los ingleses nos tienen secuestrado el Peñón. Fin de la conversación y fin del coro de “aplaudidores”.

Este señor M tiene un hijo que juega a “fútbol español” y por el que yo siento gran simpatía. Es un niño muy majo: abierto, alegre, juguetón, que allí donde me ve esboza una pícara sonrisa y me saluda. ¿Qué habrá que decirle al señor M en caso de que su hijo dentro de unos años comenzara a jugar a flagfootball y fuera seleccionado para disputar el Campeonato de Europa de Selecciones? No es descabellada esta afirmación, pues esto ya ha ocurrido aquí en Asturias; tenemos a una chica que es miembro del equipo nacional de flagfootball sub-13.

Quizá al señor M no le guste que su hijo juegue a flagfootball en un futuro y esta circunstancia nunca pueda producirse en la práctica.

De todas formas será interesante intercambiar impresiones dentro de unas semanas con el señor M cuando, si la prensa nos vuelve a dar cobertura, se informe a la opinión pública de que nuestra jugadora internacional acude a su segundo europeo consecutivo. Por supuesto en flagfootball, no en “fútbol español”.

2 de setiembre de 2004



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