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deporte base | deporte profesional
León, encarnado por el “duro” Jean Reno (nacido en Casablanca de padres andaluces que huyeron del franquismo a Marruecos), es el protagonista de este título cinematográfico que he elegido para intitular mi artículo de hoy.
Esta reflexión va dirigida a (más bien debería decir contra) esos padres que sueñan con que su hijo o hija sea un profesional del deporte el día de mañana.
Hasta hace poco yo creía que ese tipo de padres eran únicamente los que centraban sus esperanzas en torno al fútbol. Existían media docena de historias futboleras conocidas por todos en España sobre muchachos de origen humilde que habían dado el mismo día el salto al éxito deportivo y a la fama, lo que llevaba aparejado un monto económico “galáctico”.
De la noche a la mañana (como suelen ocurrir las cosas en España, incluso los derrocamientos reales) un muchacho se había convertido en un número uno. De repente todos conocían su exigua biografía y compraban revistas que contaban sus inicios en el balompié, e incluían fotografías que a mí se me antojaba como si alguien ya supiera que el muchacho tenía una estrella en el pie y se hubiera dedicado a retratar todos los acontecimientos significativos en la vida de un deportista: su primer balón, su primer uniforme de fútbol, su primer gol en el colegio de los curas de turno, con su primer carné federativo…
Todo ello creaba una falsa sensación de facilidad y de sencillez en los logros obtenidos por el futbolista en cuestión. No se hablaba del esfuerzo, de las sudadas y de las mojaduras, de las lesiones y de las dudas, de las broncas padres-hijo por no estudiar… Todo estaba olvidado. El niño había triunfado con 19 años y todo el mundo en el barrio conocía a este talento deportivo (barrio, todo hay que decirlo, más populoso que algunas capitales de provincia).
Esto hizo que los padres de otros niños, que solamente percibían la parte final de ese viaje triunfal, veían que si su niño sobresaliera exitosamente en el equipo del pueblo o del barrio alcanzarían ese sueño universal (y contrario al mandato divino) de vivir sin trabajar y así dedicarse a administrar las finanzas de su vástago. Igualito que en la “tele”. Pero lo basaban en la suerte, en una especie de lotería: si el niño saliera bueno.
En las zonas rurales quizá esto se acentúe. Es una cualidad humana juzgar tan sólo por lo que vemos. Y si el niño de López Pérez era el mejor del pueblo es que estaba llamado a triunfar. Nadie pensaba en que en el pueblo vecino el método de escuelas deportivas (del que ya hablaré en otra ocasión) funcionaba, y existían allí docenas de críos jugando al mismo juego.
Y así en los pueblos del entorno. Y en todos los pueblos del país. Pero destacar entre un puñado de niños no presupone tener aptitudes naturales para la práctica del deporte. Para eso están los Programas de Detección de Talentos Deportivos, los gabinetes médicos de las federaciones españolas y los Centros de Alto Rendimiento Deportivo; el esfuerzo, la planificación y el método. Y los enchufes, por supuesto, en un país con tanta electricidad estática como éste.
Así, he visto y he hablado con padres que se desplazaban más de 60 km tres días a la semana para llevar a su hijo a jugar al fútbol a otro pueblo donde se decía que los ojeadores de un equipo de la región que jugaba en Primera División solían aparecer de vez en cuando.
No sé muy bien por qué, pero estoy seguro de que no hubieran nunca realizado ese kilometraje para llevar a su niño a clases particulares de inglés, por poner un ejemplo. Y la señora me decía: “el niño tuvo un accidente y aún cojea, pero si me sale bueno…”
Ya; le dije yo. Si te sale bueno te retiras, aunque para eso tengas que pasar por encima de la salud de tu hijo.
El caso es que el deporte…, perdón, el deporte profesional, que es otra cosa diferente, parece que se está convirtiendo en una salida fácil para esos españolitos que ven demasiado esfuerzo en eso de los estudios.
O tal vez es que les parezca un camino muy largo y nada fiable; hasta el punto de abandonar lo que puede ser un seguro profesional, como es una titulación académica, por la quimera del deporte profesional.
En la zona en la que vivo han surgido algunos campos de golf. Hace muy pocos meses me decía una madre que ella había recomendado a su hija de 12 ó 14 años que se centrara en el golf, que si aprendía a jugar bien podía ganar mucho dinero.
Supuse que era una exageración y le seguí el juego hasta que esta señora aseveró que se podía vivir holgadamente del deporte. Fue entonces cuando comencé a llevarle la contraria a la señora, quien se indignó conmigo. Añadió además que, como la vida del deportista es corta, su hija podría retirarse con unos 30 años y tener la vida resuelta.
¡Qué ignorante! ¡Qué ignorantes todos esos padres que permiten primero el relajamiento, después la dejadez y por último el abandono de los estudios por parte de sus hijos e hijas!
Ya no son sólo los padres de los niños del fútbol. Ahora hay que añadir los del golf, los del tenis, los del baloncesto… Y hablo con amigos y compañeros de diversos puntos de España y descubro que por todos los lados existe la misma cantinela.
Yo pensaba, ingenuamente por lo que veo, que este tipo de esperanzas quedaban para los pueblos cultural e industrialmente atrasados. Veo que o bien no es así o bien España no está tan adelantada económica y culturalmente como pensaba. En cualquier caso he de reconocer que yo estaba equivocado.
En fin, que tengan suerte estos padres tremendamente indocumentados sobre la realidad deportiva. Yo he sido competidor, quizá en un deporte muy duro físicamente. Y no quiero que mis hijos practiquen ningún deporte de competición. Si deciden hacerlo, aquí tienen un profesional que les ayudará. Pero mejor que se dediquen a estudiar y a practicar deporte como complemento a una vida sana.
10 de setiembre de 2004
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