Había yo propuesto hace unos meses una idea novedosa a cierta persona que por avatares de la vida tiene ahora en sus manos un cargo de gestión deportiva.
Antes de hacerlo me había ocupado yo de averiguar si técnicamente la idea fuera viable. Y lo es. El técnico me informó de que es posible y de que no conocía ningún caso en España. Lo llamó, simplemente, “una buena idea”.
La persona en cuestión no tiene por qué confiar en mí, pues hasta ahora no habíamos cruzado palabra más que una ocasión, según ella tuvo el gusto de recordarme en nuestra primera entrevista desde que ostenta su actual cargo.
Pero la idea pareció agradarle, supongo que por lo novedoso y por la posibilidad de ser ella quien la llevara adelante.
Lo cierto es que la idea puede reportar unos dineros a quien la exponga convenientemente. Se trata de un patrocinio publicitario. Lo novedoso es el soporte. La cantidad que la empresa interesada debería aportar estaría en torno a los 60.000 euros, dado que la naturaleza de este soporte hace que la publicidad sea inamovible como mínimo durante 10 años, pudiendo alcanzar los 15 años.
De momento no voy a concretar cual es la idea, pues como dijo una vez un buen amigo: “las ideas valen dinero”. No es una idea que me pueda reportar a mí ni un solo “duro” (como todas las mías), pero sí podría aumentar el poco o mucho prestigio que pueda tener en deporte.
Advertí a mi interlocutor de que la empresa publicitaria debería tener un perfil tan específico que ninguna empresa del municipio, ni alrededores, alcanza (lo cual se colige de la cantidad a desembolsar en concepto de publicidad).
Incluso añadí que tal vez hubiera que buscar más allá de las empresas, en algunos entes institucionales, los cuales perviven en el tiempo.
Y le avancé un puñadito de nombres, sabiendo que uno de ellos podría estar interesado en publicitarse en ese espacio.
La semana pasada he vuelto a ver a este gestor deportivo accidental. Me ha comunicado, con lo que me ha parecido algo de pompa, que mi idea no es viable.
Pero no me ha dado ningún argumento técnico, ni económico, ni personal. Por lo visto había elevado consultas.
Sus asesores, como los llamó, le habían informado de que no es posible permitir que una empresa se anuncie en ese espacio porque dada la longevidad del medio “pudiera ser que en ese lapso de tiempo la empresa desapareciera“.
Y se quedó tan pancha…
¿En manos de quien estamos?, me pregunto yo.
Vaya asesores… Vaya consulta… Vaya respuesta…
He de reconocer que la estupidez me enerva. Con los años voy aprendiendo a controlarme, pero esta vez a duras penas pude.
¿Asesores de mente estrecha, asesores envidiosos de ideas ajenas, o asesores timoratos de todo lo que suponga un hecho novedoso? ¿O todo ello amalgamado en diferentes proporciones?
Analicemos. Número uno, si la empresa ha desembolsado el dinero y pasados, digamos, tres años desaparece… ¿cuál es el problema?
En segundo lugar, ¿no había avanzado yo la índole de la empresa que puede hacerse cargo de semejante patrocinio?
¿No había dejado claro que la empresa, que bien pudiera hacerse acreedora de unos incentivos fiscales, dada la cantidad de la que estamos hablando será una empresa consolidada en el tiempo?
¿No había sido uno de mis ejemplos Cajastur como paradigma del perfil que se debe buscar?
En fin, permítaseme no adelantar más del asunto, pues otra persona que ha creído en la idea bien pudiera sacar partido de ella. Quizá con una mentalidad más emprendedora.
Pero mi reflexión queda aquí para quien quiera hacerse eco de ella. Mientras en Asturias, y en España en general, nos sigan pareciendo ciencia ficción las ideas que rompen moldes, estamos abocados a seguir en el furgón de cola.
(Otra cosa sería que una buena idea sea ninguneada por… dejémoslo en celos).
20 de agosto de 2004
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(Jean Dolent)














