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 Que no falten los árbitros

Viernes, 27 de Agosto de 2004  |   la aguja  |   No hay comentarios

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Como digo en la presentación de esta bitácora deportiva he sido árbitro. Actividad ésta de la que me siento muy orgulloso.

Tal vez no haya sido árbitro de uno de esos deportes en los que se acostumbra a faltar al respeto al árbitro por el mero hecho de ser el árbitro. Pero sí conozco la dificultad de enjuiciar los lances en un encuentro deportivo.

No es que sea una tarea especialmente grata, pero tampoco es que sea una tarea ingrata. Simplemente es una labor más dentro del movimiento deportivo. El arbitraje se base en la toma de decisiones. Una constante toma de decisiones tanto externas como internas. Ser árbitro no es un trabajo para pusilánimes.

A nada que nos paramos a reflexionar nos daremos cuenta de que si no existieran los árbitros no sería posible la competición. Para que exista una competición reglada es indispensable un mínimo de tres personas. Dos competidores y un árbitro que dé fe de lo acontecido y resuelva sobre las posibles infracciones al reglamento.

Quizá quien esté acostumbrado a los deportes colectivos se sorprenda de esta afirmación. Piense el sorprendido que cada uno de los equipos es una persona y le cuadrará entonces el resultado de la ecuación propuesta en el párrafo anterior.

Es cierto que existen deportes en los que varios equipos compiten al mismo tiempo. Pero la afirmación lanzada más arriba trataba de reflejar tan sólo el mínimo de actuantes necesario.

Así pues, tenemos que la figura del árbitro, o juez deportivo, o juez-árbitro, es indispensable para la práctica del deporte de competición.

Pero, si es imprescindible la presencia de al menos un árbitro, ¿por qué entonces tanta crítica y vilipendio hacia las personas que deciden hacerse cargo de un silbato? A mi juicio es consecuencia de la incapacidad. De la incapacidad de los competidores, sean individuales o equipos, para afrontar una derrota.

[De la incapacidad de los seguidores para aceptar la realidad no hablaré en esta ocasión; diré, sin embargo, que la afición puede llegar a ser una masa ingente en la que se amparen los cobardes. Llegados a un cara a cara con algún energúmeno de los que se esconden en la masa nos daremos cuenta de que conoce el reglamento “a nivel de usuario”, como se dice ahora.]

Es cierto que los árbitros se equivocan. Por supuesto. Y es cierto que una mala apreciación arbitral puede tener consecuencias en el resultado. Pero eso es algo inherente al propio juego.

El prestigioso árbitro Jacinto de Sosa, retirado hace años, pronunció en cierta ocasión en un programa radiofónico una de esas frases lapidarias: “Hay que asumir los errores arbitrales igual que se asumen los propios”.

Parece como si los errores arbitrales fueran más importantes o trascendentes que los errores cometidos por los jugadores en defensa o en ataque, o que los errores tácticos del entrenador.

Veo, con envidia, como en algunos países la figura del árbitro es respetada por todos y protegida por los reglamentos. En la NFL, la liga por excelencia, un jugador local se encara con un árbitro (¡ay si le toca!) y es expulsado inmediatamente, ganándose además el abucheo de todo el público y de paso la recriminación de sus compañeros. Y es casi seguro que habrá una sanción económica de su club, que se sumará a la sanción económica de la NFL.

Cuando se disputa un encuentro tenemos que asumir que es posible que cometamos errores; y que es posible que otros los cometan. Los errores de nuestros compañeros nos perjudican; los errores de los adversarios nos benefician; y los errores arbitrales pueden beneficiarnos y pueden perjudicarnos. O aceptamos esta situación o mejor dediquémonos a otras actividades.

Si aceptamos la exposición realizada arriba, ya seamos jugadores, técnicos o aficionados, ¿por qué entonces cargamos nuestras iras en la figura arbitral?

Vale que en el “caliente” todos decimos cosas… Y vale que es humano exculparse e inculpar a otros. Es más fácil descargar sobre otra persona las culpas. Como no podemos cargarlas sobre nuestros rivales, y como no lo vamos a hacer sobre nuestros compañeros, pues no queda más que el bueno del árbitro que se ha prestado, remuneradamente o no, a dirigir nuestro encuentro.

¡Hombre!, cabe otra actitud. La que caracteriza a los verdaderos campeones. Cargan sobre sí las responsabilidades de una derrota.

El campeón sabe que si disputa un encuentro en el que demuestra su supremacía sobre el adversario no hay labor arbitral capaz de influir en el resultado. Por contra, el campeón sabe que si el encuentro está igualado es posible que una decisión desafortunada pueda influir en el resultado.

Que existen árbitros poco expertos es evidente; ¿o es que alguien es experto al iniciarse en una actividad? Y muy posiblemente la categoría del árbitro esté en función de la categoría del encuentro, por lo que no exijamos más de lo que nos podemos exigir a nosotros mismos. Un respeto para quien tiene el valor de asumir una tarea que no todo el mundo está dispuesto desempeñar.

Y como en todos los grupos humanos, en el colectivo arbitral posiblemente existan personas poco honorables. Entre todos, utilizando los reglamentos de régimen interno, esos individuos quedarán fuera de nuestro deporte.

Pero no se gana nada insultando, amenazando, e incluso agrediendo. Lo único que hacemos es mostrar nuestras frustraciones. Asistamos a un juego con la conciencia de que el árbitro puede equivocarse (como van a equivocarse nuestros jugadores o nuestro entrenador), y no presuponamos intencionalidad.

Por último, una cuestión: ¿qué ocurrirá el día que los árbitros se pongan en huelga? Reflexionemos sobre ello.

27 de agosto de 2004



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