Han finalizado los Juegos Olímpicos (con lo que comienza ahora una nueva Olimpiada) dejando tras de sí un reguero de anécdotas a cual más variopinta.

Evidentemente la información que nos llega no puede ser exahustiva; nos informan de los hechos más relevantes, que en deporte han de ser los resultados.

Sin embargo quedan toda una serie de pinceladas que sí han sido recogidas por las cámaras de los reporteros. Muchos de estos guiños pueden ser todavía descubiertos buceando adecuadamente en la profundidades de la ReD. Algunos simpáticos e incluso divertidos, otros tristes e incluso dramáticos… Algunos son simples gestos, otros son grandes gestas. Así es el deporte. Pero el que yo quiero destacar ahora es uno de esos momentos que invitan a la reflexión.

Se produjo en taekwondo y lo he descubierto a raíz de mi último artículo, buceando en busca de fotos.

Primero mostraré la foto en cuestión, pero advierto de que me es imposible dejar constancia del documento gráfico con un “sin comentarios”.

 Juegos Olímpicos de Atenas 2004

Uno de los combates enfrentó a un iraquí y a un norteamericano. No he querido investigar. No sé en qué peso ni en qué ronda se enfrentaron. No he querido saber el resultado. Me da igual.

Tal vez ganara el norteamericano…, aunque tal vez ganara el iraquí. El nivel de ambos países en taekwondo no es de los más punteros. Esta es la grandeza del deporte. Se enfrentaron dos competidores de dos naciones hoy en guerra… Ya ha ocurrido en otras ocasiones; la diferencia es que esta vez lo hicieron en un deporte de combate.


Hace mucho, mucho tiempo, cuando las televisiones eran todas a blanco y negro (aunque sería más propio decir que eran en escala de grises) recuerdo haber visto una película cuya temática que era lo que creo que llaman futuro ficción (aunque el futuro siempre es ficción).

No recuerdo su título; eso sería pedirme demasiado dada la edad que yo pudiera tener entonces. Pero sí recuerdo el desenlace y el final por ser aleccionador.

Eran dos países en medio de algo así como una guerra fría. No puedo recordar por qué motivo pero entraron en confrontación abierta. Pero por una vez (es futuro ficción) imperó la cordura y llegaron a un acuerdo para evitar muertes innecesarias.

La guerra sería cosa de dos. Se dieron un plazo para que cada nación seleccionara a su mejor hombre y el día convenido (supongo que en un ataque de originalidad le llamarían día “D”) desembarcarían en lados opuestos de una isla desierta.

Estos supersoldados tenían que localizarse y eliminarse mutuamente, de suerte que el superviviente otorgaría la victoria a su país.

La moraleja es que luchando sólo dos hombres no habría mas que una baja; siempre y cuando el bando del eliminado respetara el pacto de aceptar la derrota de toda una nación sin tener que luchar.

La misma idea se transmite en la película Rocky IV, cuando Stallone, encarnando al “Potro Italiano”, coge el micrófono tras la pelea final en Moscú con Iván Drago. Es mejor que se maten dos personas a que lo hagan dos pueblos (o algo parecido) es lo que dice Rocky Balboa.

Supongo que estos mundos ideales son sólo eso: ideales. ¿Qué país aceptaría su destino tras un combate de taekwondo, de boxeo, o de pancracio?

En fin, los Juegos Olímpicos (que no Olimpiadas) han hermanado a los pueblos. ¿Hermanado? ¿Será también el mundo del deporte un mundo ficticio?

Por cierto, en la película mueren ambos soldados. Uno de un tiro y el otro envenenado.

Como decíamos en aquella época: “no quedó ni el apuntador” (hoy se diría: “no quedó ni dios”).

31 de agosto de 2004
San Ramón Nonato