—bitácora cáustica e irreverente de un descreído del deporte—

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» Cómo sacar dinero a los padres (y 3)

Martes, 29 de Abril de 2008  |   la aguja  |   Hay 3 comentarios

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HACE UNOS años (cuando uno peina canas suele referirse a cualquier lapso de tiempo comprendido entre cinco y veinte años como hace unos años) el mundo del fútbol hizo un descubrimiento: las escuelas deportivas.

Lo que era práctica habitual en modalidades como tenis, artes marciales o equitación, se hizo popular en el mundillo del fútbol. Incluso hubo clubes de primera división (hoy llevan años en segunda) que presentaron su oferta como “algo novedoso”.

En realidad el cambio afectaba al bolsillo de los padres. Hasta entonces los niños jugaban en el equipo del barrio o del pueblo de forma gratuita. El club corría con los gastos de indumentaria, equipamientos, arbitrajes, desplazamientos… Hacían una excelente labor social.

El sistema no estaba mal pensado; el hijo del contratista y el hijo del peón tenían las mismas oportunidades de destacar en el equipo local y, con el tiempo, de llegar a promocionar hacia otras categorías de mayor relumbrón que el subsuelo regional ofrecido por el club de casa.

Al final era el contratista, quien mediante patrocinio, pagaba las equipaciones de los chavales. Y los directivos vendían papeletas, lotería, pedían la voluntad en los partidos, y se inventaban fórmulas de financiación. Cualquier peseta era bienvenida.

Desde que el mundo del fútbol descubrió —que no inventó— el sistema de escuelas deportivas, los padres han de cargar con el coste de los gastos que ocasionan sus retoños.

Lo cual tampoco está nada mal —cada padre se convierte en el patrocinador de su futuro crack doméstico— si no fuera porque hay padres que no pueden hacer frente al gasto que supone que su hijo juegue en un club de cierto renombre.

Pero en general los padres se lo toman como una inversión de futuro. Si su hijo lograra destacar en el fútbol nacional, las bolsas familiares comenzarían a llenarse y él podría dejar de trabajar (el sueño de cualquier currito) y dedicarse a administrar las finanzas domésticas.

Los clubes lo saben y tensan la cuerda. Y los padres se dejan ir tras ella temerosos de que sus vástagos, que prometen —a un padre no se le puede quitar la ilusión de que su hijo lo hace bien—, se queden por el camino cuando pudieron haber llegado a lo más alto del escalafón futbolero.

Así que se rascan el bolsillo para cada cosa que les piden los clubes en los que militan sus hijos. Pondré un ejemplo que me ha llegado recientemente y que ha dado origen a esta serie de artículos.

Un hábil empresario consiguió la franquicia de una marca de botas de fútbol de postín en la ciudad-barrio de la que he hablado en los primeros artículos de la serie. Eso suponía que en cien kilómetros a la redonda no habría una tienda despachando esa misma marca de botas.

El club pidió, so pretexto de la uniformidad, que todos los críos calzaran el mismo modelo de bota (de no hacerlo así no hace falta explicar que el niño no sería convocado a ningún partido). Se trataba de un modelo concreto de la marca franquiciada en la ciudad. El coste de las botas en esa tienda, según me cuentan, era de ciento veinte euros. No está mal, ¿eh?

Pero no todo aquel que sigue al redil es un borrego —¿o sí…?—. El caso es que alguien, a través de un familiar, averiguó que ese modelo de esa marca costaba sesenta euros en otra comunidad autónoma.

Los escasos e inteligentes lectores de esta bitácora no necesitan más datos para sacar sus propias conclusiones: sobreprecios, comisiones… Algunos dirían que es un timo o incluso una estafa. Lo cierto es que los niños estaban la mar de guapos, todos bien uniformados con los mismos botines.

Continuaron explicándome que uno de los equipos infantiles se desplazaba a un torneo de fútbol-7 durante un fin de semana. Los directivos dispusieron que todos los jugadores llevaran dos pares de botas iguales, por si llovía, que diera tiempo a secar las botas recién usadas.

Curiosa explicación cuando hay jugadores que saltan al campo con las botas mojadas en la creencia (y quizá certeza) de que así el calzado cederá y no oprimirá tanto el pie.

Tres cuartos de lo mismo ocurre con el chándal del equipo. Perdón, quiero decir los chándales. Porque los críos deben tener un par de ellos para entrenamiento (cualquier madre conoce por qué hay que tener duplicada la indumentaria deportiva) y otro chándal que llaman “de paseo”, para acudir a las convocatorias y concentraciones.

Y lo mismo rige para la camiseta y el pantalón de entrenamiento y de competición. Quedó en el pasado aquello de que el club facilitaba el uniforme de competición —y lo enviaba a lavar— y que cada cual entrenaba con la ropa que dios le daba a entender. ¿Chándal de paseo…? Esas frivolidades no existían.

Los clubes cabecera de provincia tienen estas cosas, más si tienen suscritos convenios con una de las SAD grande entre las grandes.

Y así, amables lectores, se les saca el dinero a los padres. Eso sí, con su consentimiento y alegría.

29 de abril de 2008

» Cómo sacar dinero a los padres (2)

Martes, 22 de Abril de 2008  |   la aguja  |   No hay comentarios
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EN EL ANTERIOR artículo dejaba en el aire la conclusión de una historia. Se trataba de explicar cómo se saca dinero a los padres desde el entorno del fútbol, pero antes debo ir presentando el funcionamiento del sistema. Hoy me adentraré en alguna particularidad para más adelante explicar algún detalle hasta donde me sea posible sin que nadie se sienta señalado.

Recuerden la ley del timo: los “aguilillas” cuentan con la connivencia de los padres de los futuros ídolos del balompié.

La semana pasada situaba la acción en una ciudad de unas características determinadas. En esta ciudad, como en el resto de la Península, el deporte mayoritario es el fútbol. Y hasta allí se han desplazado los intereses de uno de los equipos grandes. Han creado una red piramidal —quizá para algunos sea un nuevo concepto de infraestructura— de vasallos balompédicos deseosos de descubrir un nuevo talento del deporte de las patadas al balón que también ponga fin a sus penurias económicas.

El club local no tiene rivales deportivos en cien kilómetros a la redonda, y a pesar de que juega en la última de las divisiones nacionales, es una punta de lanza en su comarca. Esto ha llevado a que ese gran club, uno entre los grandes, se fijara en el equipo de esa “ciudad-barrio” para situar allí uno de los escalones del proceso selectivo de los jóvenes valores.

La directiva local, orgullosa de haber firmado un convenio deportivo con el grande, ha aprovechado la situación para arrimarse al Consistorio y vender imagen, que al fin y al cabo es lo que busca el político. La foto de ambas directivas con el alcalde y el edil de deportes ha sido una baza muy bien aprovechada por las tres partes. Proyección nacional para los locales, popularidad regional para los políticos, y presencia mediática en la ciudad para los grandes del fútbol.

La base del acuerdo, grosso modo, radica en que la entidad grande se compromete a llevarse —a invitar, más bien— periódicamente (cada dos temporadas viene a ser lo habitual) a sus centros privados de alto rendimiento futbolístico a uno o dos jugadores de las categorías de base del equipo local. Y eso se va a cumplir por contrato.

No quiere ello decir que quienes sean invitados tengan la calidad necesaria para ser elevados a la categoría de futuros astros del balón. En la práctica sólo supone que los dos mejores del plantel van a ser invitados.

Evidentemente si en una hornada hubiera más de dos y de tres futuros cracks del deporte rey, la SAD no sólo les invitaría, sino que les pondría delante un contrato blindado comprometiéndose a resolver el futuro económico de los padres.

Pero los humanos tendemos a creer que lo que vemos es todo lo que existe. Para esta pequeña ciudad, esos dos vecinos que acuden en régimen de internado al campus futbolístico son los mejores de su tiempo. Son tan buenos que han sido convocados por el equipo grande. Y si ellos lo han conseguido, la lotería genética le puede tocar a cualquiera de los otros padres y alguno de sus retoños podrá ser elegido dentro de unos años.

El hecho de que dos hijos de la ciudad estén en aquellos campos deportivos, compartiendo vestuarios con otros futuros grandes, fija en el colectivo la certeza de que el acuerdo existe, se está respetando y los chicos con calidad pueden llegar lejos en la carrera futbolística.

Estos equipos grandes llevan la criba con gran profesionalidad. Una vez que tienen allí buenos mimbres, hacer buenas cestas con buenos cesteros es tarea que tan sólo requiere coordinación.

Los residuos que llegan al centro deportivo como consecuencia de estos acuerdos de mínimos no pueden ser desechados a las primeras de cambio. La imagen de la entidad en la pequeña ciudad y la imagen del acuerdo, se resentirían. Les recuerdo en estos momentos que el motivo de mantener un acuerdo permanente con el club local es meramente preventivo para evitar que el rival deportivo en el ámbito nacional, en caso de surgir algún valor verdaderamente interesante, disponga de él.

Con estos chicos que nunca debutarán en primera división —pero que de ningún modo son torpes— se trabaja con otros objetivos, con la esperanza de recalar en los equipos profesionales de segunda y los semiprofesionales de todos los grupos de segunda B.

Y así funciona, grosso modo, el sistema. Pero…, ahora que me doy cuenta, no he relatado cómo se les saca el dinero a los padres. Veré si en un tercer artículo explico el procedimiento por el que los padres, además de aceptar todo tipo de condiciones con tal de que el niño juegue al fútbol, ponen dinero de sus bolsillos para mantener este sistema casi perfecto.

22 de abril de 2008

artículos de opinión
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