Comparecencia de ‘laaguja’ en el Congreso
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CUENTO
AGUARDABA SENTADO en un gran butacón de aquel amplísimo y vacío salón a que me llamaran para entrar en la sala de reuniones. Mientras bebía la infusión que me había servido un ujier percibí el silencio de la estancia. Las gruesas alfombras y los enormes cortinajes de aquella gran habitación ahogaban cualquier sonido involuntario.
Todo había sucedido muy rápidamente para mi gusto. Un correo-e emplazándome a responder, el ulterior contacto telefónico para ultimar detalles, el viaje en avión hasta Madrid pagado por el Congreso… Me había desayunado en mi casa de pueblo y a estas horas ya había comido en el lujoso restaurante de las Cortes españolas invitado por el Estado. El coche oficial que me recibió en el aeropuerto —negro, con cristales tintados— era una pequeña mansión rodante. A juzgar por la pesadez con que se cerró la puerta aquel vehículo debía llevar blindado hasta el tubo de escape. Joder, esta gente sabía vivir: ¡vaya boato! Ya habían previsto que durmiera en Madrid en un hotelazo cerca de la terminal, pues mi comparecencia sería la última de la tarde y no habría vuelo de regreso. Me molestó que no me consultaran sobre este punto pero —halagado por el lujo en el que me hallaba instalado— ahora me intrigaba cómo pasaría la noche.
Así repasaba en mi mente el discurrir del día mientras aguardaba el momento de mi comparecencia. Sus señorías han tenido a bien abrir una rueda de consultas a destacadas personalidades del mundo del deporte a fin de ir pergeñando la lissavetzkiana y descabellada idea de fabricar una ley específica para el deporte profesional. Y lo hacen desde lo que llaman la Subcomisión sobre el Deporte Profesional en España.
Esto de hacer una ley específica para los deportistas profesionales es un despropósito más del estado desquiciante en que ha caído la joven democracia española. Excretan leyes como si con ello se arreglaran los males de la sociedad, salvaguardando así la responsabilidad de los políticos. Es un absurdo propio de esas películas distópicas que nos muestran inciertos futuros a cual menos atractivo.
En esto gastan nuestros impuestos sus señorías. Porque a los comparecientes nos abonan las horas perdidas y los viajes, amén de las dietas, incluida la pernocta —si procediera— en la capital de este reino de pandereta, como dejo dicho arriba.
Es una forma de justificar su tránsito por la Carrera de San Jerónimo y en estos tiempos de crisis la imaginación está en paradero desconocido.
No me quedó muy claro cómo fui llamado a las Cortes en tanto que gris y anodino bitacorista (blogger). Barrunto que alguno de los técnicos encargados de proponer diferentes comparecencias, a fin de cumplir con su cupo semanal, rellenó la ficha con mi nick y la dirección de este blog, escribiendo por todo currículo el subtítulo que aparece en la mancheta. Y sus señorías se creyeron magnánimos y magnificentes llamando a consultas para ser escuchado a uno cualquiera de la calle.
Lo cierto es que a buen seguro ninguno de los diputados de la Subcomisión ha prestado atención a este blog.
Decidí presentarme a la cita con camisa, corbata y pantalón de pinzas. Después de todo uno no siempre tiene ocasión de hablar ante tan distinguido público. Quizá por este atuendo sus señorías me recibieron con la guardia baja, sin saber muy bien quién era aquel gigantón de última hora de la tarde.
Tras las escuetas presentaciones de rigor pretendieron despacharme con una pregunta genérica: “¿qué opina del estado del deporte profesional en España y de la confección de una futura ley para regularlo?”. Craso error…
Les espeté que no hace ninguna falta una ley para reglar el deporte profesional. Vi que se dibujaba un cierto hastío en el semblante de algunas de sus señorías.
Continué diciendo que lo que sí hace falta es aplicar la legislación vigente al mundo del deporte profesional, pues no se trata de ningún estamento aislado al que las leyes que nos tocan a todos los contribuyentes no deban alcanzar.
Noté entonces que algunos diputados dejaron de consultar la hoja del sudoku y que quienes garabateaban distraídamente levantaron la mirada. Incluso hubo quien se echó hacia delante en su asiento, apoyando sus muñecas sobre la gran mesa que daba marco a la comparecencia.
Proseguí mi discurso explicando que el deporte quizá sea cultura pero que el deporte profesional es industria, y que como tal tiene que regirse. Que no es de recibo proclamar que el deporte es beneficioso para la salud de los individuos y de los pueblos y aplicar esa fórmula a unos tipos cuyas fichas y sueldos sobrepasan el presupuesto de muchos ayuntamientos.
En este momento volví a percibir el silencio de aquellas estancias. Todas las miradas estaban fijas en mí, expectantes. Algunas señorías se habían arrellanado en su butacón. Hice una larga pausa. Fui mirando a los ojos de todos los congregados en torno a aquella gran mesa ovalada. Recuerdo que pensé que de todas formas no me harían caso. Así que me lancé a la yugular del proyecto y de sus señorías:
—“Si ustedes quieren duplicar las leyes supongo que tienen derecho a justificar su puesto de trabajo de esta manera. Pero no es necesario. En una misma ley pueden recoger cómo debe regirse el deporte profesional y el aficionado.
»Es cierto que con su propuesta están reconociendo que existen dos realidades dentro del ámbito del deporte que deben ser tratadas de diferente manera.
»Pero me temo que ustedes por sí solos no encontrarán la diferencia. El deporte aficionado (competitivo) y el deporte para todos (no competitivo) deben ser protegidos por los poderes públicos; si embargo el deporte profesional debe tributar como la empresa que es.
»No es justo que la organización que vela por el deporte aficionado sea la misma que rige el deporte profesional, porque las estructuras del primero serán siempre fagocitadas por el segundo.
»La estructura de las actuales federaciones deportivas en sus diferentes ámbitos geográficos se crearon hace mucho tiempo para dar cabida a la demanda de aquellos años. Hoy en día el deporte profesional ha desbordado todas las expectativas que pudieron haberse previsto en aquel entonces.
»El deporte profesional necesita organizarse a sí mismo adaptándose a la legislación que ya existe en el país para la gestión mercantil. ¿O harían ustedes salvedades para las industrias cárnicas, las cementeras, las transportistas…?
»Existe una legislación marco para todas las empresas, y las deportivas deberán ajustarse a ella. Es lo que la Unión Europea vino a decir en el caso Bosman.
»Piensen ustedes en una liga de profesionales y una liga de aficionados sin ligazón entre ellas. Quienes deseen acceder a la competición profesional sólo deberán satisfacer los requisitos económicos que el organismo rector en cada modalidad imponga.
»Sin ascensos ni descensos, una liga profesional en la que exista un organismo director en el que estén representadas todas las entidades asociadas. Ahí sí pueden ustedes crear un organismo estatal a imagen de la CNMV o la CMT.
»Deben ser profesionales quienes dirijan las estructuras profesionales. El Estado sólo debe vigilar para evitar que estas empresas defrauden. Y dejar hacer sin interferir.
»Piensen de paso en deportes profesionales en los que el sistema de liga no es viable: el boxeo, el ciclismo, el tenis, el automovilismo y el motociclismo, el golf…
»Todos estos ya disponen de un circuito profesional internacional. (Noten que todos ellos son deportes individuales). El profesionalismo en el deporte tradicionalmente significa calidad técnica. El corte a partir del cual se define esa calidad técnica lo hace el dinero. El dinero que cuesta obtener una licencia profesional.
»Siempre habrá profesionales con licencia internacional que serían superados por aficionados a los que el dinero no les alcanza más que para obtener una licencia amateur. Es en esa tierra de nadie donde no existe diferencia basada en la calidad técnica, sino en el dinero. No deben ustedes preocuparse por ello. La propia competición va poniendo a cada uno en el lugar que le corresponde.
»El paso de una a otra es algo natural, sin que el Estado deba forzarlo. Igual que un profesional de cualquier gremio decide sacarse una licencia fiscal, sin que ello garantice su calidad profesionalidad. Será la competencia quien dirá qué profesional triunfa y quién no lo hace.
»No deben ustedes influir en el deporte profesional. Tan sólo canalizarlo. Crear cauces para que discurra y no se quede anquilosado.
»Los poderes públicos deben amparar y tutelar a quienes no tienen medios para organizarse, y velar por la higiene del deporte aficionado y el deporte para todos, que son fuente de salud, tanto social como individual.
»Las viejas estructuras —las federaciones al uso— deben ser quienes rijan el deporte aficionado, tuteladas por la Administración para coadyuvar en la verdadera y única competencia de los poderes públicos en materia de deporte: el deporte para todos”.
Podía haberme seguido explicando, pero me pareció que aquellas mentes aficionadas a sudokus y cotilleos entre pasillos tenían más que suficiente. Así que mientras pronunciaba las últimas palabras me había ido levantando y aprovechando que en ese momento abría la puerta un ujier para dispensar unos botellines de agua me fui sin despedirme.
Mientras me alejaba por aquel gran pasillo me fijé en que el repique de las suelas de mis zapatos no era apagado por el murmullo de sus señorías.
30 de junio de 2009
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(Goethe)




















